Los datos que difundió el INDEC sobre la Encuesta Permanente de Hogares del primer trimestre podrían leerse, a primera vista, como una buena noticia. Los hogares del decil más bajo —los de menores ingresos— obtienen hoy el 39% de sus ingresos a partir del trabajo, tres puntos porcentuales más que en 2017. Al mismo tiempo, la relación entre personas ocupadas y no ocupadas dentro de esos hogares mejoró: pasó de 316 personas inactivas por cada 100 ocupadas a 242.
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El costado incómodo de la nueva geografía del ingreso en Argentina
Los datos del INDEC muestran un cambio en la composición de los ingresos familiares. Pero detrás de esa mejora aparecen dudas sobre la calidad del empleo.
La fotografía parece mostrar una sociedad que recupera su vínculo con el empleo y depende menos de las transferencias del Estado. Sin embargo, antes de celebrar, nosotros creemos que conviene hacerse una pregunta más importante: ¿qué tipo de trabajo explica esa mejora? Porque una mayor participación del ingreso laboral no necesariamente implica una mejora del bienestar.
Lo que dicen los números del salario
Según el último informe del IARAF, el salario privado registrado todavía se ubica 3,5% por debajo de su nivel real de noviembre de 2023. En el sector público la pérdida alcanza el 17,2%, y en la administración nacional supera el 36%. Incluso en la comparación interanual, tanto los privados registrados como los públicos siguen mostrando caídas reales.
A la vez, el INDEC informó que la inflación de junio fue del 1,9%, la más baja de los últimos once meses, con un acumulado de 16,8% en el primer semestre y 33,5% interanual. Es un dato alentador porque confirma la desaceleración. Pero nosotros pensamos que estabilizar los precios no significa que el problema del ingreso ya esté resuelto: una familia tipo necesitó en junio más de 1,53 millones de pesos para no ser considerada pobre.
Los precios aumentan menos que antes, pero siguen aumentando, mientras la recuperación del poder adquisitivo continúa siendo parcial.
En ese contexto aparece otro dato que nos parece central. Un análisis del Centro de Estudios sobre Trabajo y Desarrollo de la Unsam, elaborado sobre los microdatos de la propia EPH, muestra que durante el último año se incorporaron unos 213.000 nuevos ocupados. Sin embargo, en el mismo período los subocupados crecieron en unas 192.000 personas: casi por cada nuevo ocupado apareció alguien que necesita trabajar más horas o buscar otra actividad para completar un ingreso suficiente.
Más changas, no necesariamente mejores empleos
Nosotros leemos ahí una historia distinta a la que sugiere una mirada superficial: no hay necesariamente empleos mejores, sino más integrantes de la familia buscando alguna fuente de ingreso. Más changas. Más cuentapropismo. Más empleo informal. Más horas trabajadas para sostener un nivel de vida que todavía no logra recuperarse.
En otras palabras, aumentó la intensidad laboral de los hogares, y eso es un dato muy diferente al de "más trabajo, mejor calidad de vida".
Una familia puede depender menos de los programas sociales porque ahora trabajan dos personas en lugar de una, o porque quien ya trabajaba suma horas extra o acepta un empleo de menor calidad. Estadísticamente el ingreso laboral gana participación, pero eso no implica que haya aumentado el bienestar. La informalidad sigue siendo uno de los rasgos centrales del mercado laboral argentino: cuando buena parte del crecimiento del empleo ocurre en actividades de baja productividad, sin estabilidad ni protección social, el esfuerzo de los hogares crece mucho más rápido que sus ingresos.
La verdadera discusión pendiente
Nosotros creemos que celebrar que más hogares obtienen una mayor proporción de sus ingresos a partir del trabajo es razonable. Naturalizar que ese resultado se consigue trabajando más horas, sumando integrantes de la familia al mercado laboral o aceptando empleos precarios ya no lo es.
La discusión no debería centrarse únicamente en cuántas personas trabajan, sino en qué calidad de empleo genera la economía y cuánto poder adquisitivo produce ese trabajo. El desafío no es simplemente crear empleo: es crear empleo productivo, formal y capaz de sostener una mejora real en la calidad de vida. Solo entonces la nueva geografía del ingreso será un verdadero progreso, y no simplemente una nueva estrategia de supervivencia.