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Vino

El consumo de vino en Argentina cae 5,5% y profundiza la crisis del sector

El consumo de vino en Argentina cayó 5,5% en febrero. Inflación, menor poder adquisitivo y más importaciones presionan al sector vitivinícola.

Por Marcelo López Álvarez

En febrero de este año, las ventas de vino en el mercado interno argentino totalizaron 504.918 hectolitros, lo que representa una contracción interanual del 5,5% frente a los 534.478 hectolitros registrados en igual mes de 2025. El dato, publicado por el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), revierte la leve mejora que había mostrado enero y confirma que un inicio de año contractivo: en el acumulado enero-febrero, el volumen comercializado cayó 2,2% y el consumo per cápita retrocedió 2,3%.

El descenso no es uniforme entre categorías. En febrero, los vinos sin mención varietal (que concentran el 73,3% del volumen total) cayeron 4,3%; los varietales, 10,2%; y los espumosos, 7,9%. En el acumulado bimestral, sin embargo, los vinos sin mención varietal logran sostenerse con una variación levemente positiva del 0,6%, mientras que varietales y espumosos retroceden 9,3% y 8,6% respectivamente.

La disparidad muestra un vuelco de los consumidores hacia los segmentos de menor precio relativo, un comportamiento que cruza todas las categorías de alimentos y bebidas según vienen señalando las cámaras de comerciantes, supermercados y consultoras. El crecimiento de las segundas y terceras marcas y de productos de menor valor en góndola.

La caída del poder adquisitivo como variable central

La caída del consumo no responde exclusivamente a cambios en los gustos o preferencias generacionales, aunque ese factor existe y es creciente. La explicación principal es macroeconómica. El consumo per cápita de vino en la Argentina pasó de 23,8 litros anuales en 2015 a 15,77 litros en 2025 (una reducción de un tercio en una década), y en febrero de 2026 se ubicó en apenas 1,09 litros por habitante, con una caída interanual del 5,7%.

El perfil del consumidor más afectado resulta revelador. Históricamente, el principal motor de demanda del vino argentino ha sido el segmento etario de entre 40 y 60 años, compuesto mayoritariamente por profesionales y trabajadores de ingresos medios y fijos. Según estudios sectoriales, los consumidores mayores de 45 años representan más del 69% de la preferencia por el vino tinto.

Este grupo ha sido particularmente vulnerable a la inflación y al estancamiento de los salarios reales. Al reducirse su capacidad de compra efectiva, el vino dejó de ser un bien de consumo frecuente para convertirse en uno ocasional, lo que explica en gran medida la magnitud y la aceleración de la caída reciente.

A ello se suma una transformación estructural del mercado de bebidas. En las últimas décadas, el segmento de vinos varietales ganó terreno frente a los vinos de mesa, elevando el valor promedio de la canasta y, con ello, la sensibilidad del sector a las fluctuaciones del ingreso. Hoy, ese mismo proceso de sofisticación actúa como amplificador de la contracción: los productos de mayor precio son precisamente los que más caen.

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El vino argentino sigue perdiendo espacio entre los consumidores argentinos. Crece la cantidad de variables que acumulan complejidad al caso

Importaciones de vino, la nueva competencia en góndola

Un elemento que merece atención particular es la transformación del patrón de importaciones. En 2025, el volumen total de vino importado se redujo 60,2% respecto de 2024, alcanzando 18.274 hectolitros.

Sin embargo, esa cifra agrega realidades opuestas. Las importaciones de vino a granel se desplomaron de 43.031 a 5.340 hectolitros (provenientes en su totalidad de Chile), lo que refleja que los elevados niveles de stock interno no requirieron abastecimiento externo.

Pero en sentido inverso, los vinos fraccionados (productos listos para el consumo final) registraron un crecimiento del 406,9% interanual.

Este dato reconfigura el escenario competitivo. Mientras el volumen total importado cae, crece precisamente el segmento de mayor valor agregado y presencia directa en góndola. Chile (52,6%), España (13,6%) y Francia (6%) lideran el origen de estas importaciones.

La paradoja es visible: en un mercado interno en retracción, con consumidores que migran hacia opciones más económicas, se incrementa el ingreso de vinos extranjeros que compiten en los segmentos de mayor precio con los productos nacionales. Las importaciones no responden aquí a una restricción de oferta, sino a una reconfiguración de la competencia.

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Concentración y fragilidad

La crisis no afecta a todas las provincias productoras por igual. Mendoza registró en febrero un crecimiento interanual del 5,2% en sus despachos al mercado interno y acumula una variación positiva del 8,6% en el primer bimestre, consolidando una participación cercana al 91% del total comercializado.

En contraste, San Juan acumula una caída del 61,5% en lo que va de 2026, Salta retrocede 20,6% y La Rioja, 10,9%.

Esta heterogeneidad territorial profundiza brechas regionales y consolida procesos de concentración productiva que debilitan el entramado vitivinícola fuera del núcleo mendocino.

Un mercado que no encuentra piso

El complejo vitivinícola no parece dar señales de reversión en el corto plazo. Dado que aproximadamente el 70% del vino producido en el país se destina al mercado interno, la sostenibilidad de la industria depende en forma crítica de la recuperación del consumo doméstico.

Sin una recomposición sostenida del ingreso real, ese motor difícilmente pueda activarse.

El desafío central no es únicamente recuperar volumen, sino defender el valor promedio de comercialización. Una recuperación sustentada exclusivamente en los segmentos de menor precio puede sostener parcialmente los despachos, pero no garantiza mejoras en la rentabilidad ni incentivos para la inversión sectorial.

La divergencia entre volumen y valor tiende a comprometer la viabilidad de los productores de menor escala y a acelerar la concentración de la cadena.

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