Desde el mismo anuncio del Mendoza Sax Fest, la atención recaía sobre un hombre: Branford Marsalis. Es que el saxofonista norteamericano es una de las grandes estrellas que brilla en el mundo del jazz y llegaría por segunda vez a nuestra provincia (la primera vez lo hizo junto a Sting, en el Amnesty de 1988).
Esta vez, Marsalis se sumó a una enorme cantidad de músicos que mostraron su talento en conciertos y masterclases que se desarrollaron desde el jueves hasta este lunes. Así, los doctores en música Jonathan Helton y Griffin Campbell (EE.UU.); el Dr. Carl-Emmanuel Fisbach (Francia); los saxofonistas Agustín Moya y Denisse Serrano (Chile); el cuarteto de saxofones Isthmus Sax (Panamá) y los saxofonistas Walter Casciani, de Mendoza; Mariana Cuadra, de San Juan; y Jorge Retamoza, Ricardo Cavalli, y Mauro Ciavattini, de Buenos Aires mostraron todo su talento a una interesante cantidad de inscriptos para este evento.
La apertura fue el viernes en el teatro Mendoza con la presencia de Jonathan Helton, Griffin Campbell, Carl-Emmanuel Fisbach, Jorge Retamoza y el mismísimo Marsalis junto a la Orquesta Sinfónica de la UNCuyo.
Y en la noche del domingo se dio el esperado concierto a cargo de Branford Marsalis acompañado por un trío de lujo formado por Ernesto Jodos (piano), Gerónimo Carmona (contrabajo) y Oscar Giunta (batería).
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Vale resumir el espectáculo en una palabra: formidable. Y podemos agregar una más: inolvidable.
Marsalis creció en el ambiente fértil de Nueva Orleans, como el hijo mayor del pianista y docente Ellis Marsalis. Su primer instrumento fue el clarinete, después el saxo alto y luego tenor y soprano cuando de adolescente comenzó a tocar en bandas locales. Su creciente fascinación por el jazz al entrar a la Universidad le otorgó las herramientas básicas para obtener sus primeros trabajos importantes. Y todo eso se notó en la noche del domingo, cuando entre los cuatro surgió una especie de magia sonora que cautivó a los presentes.
Standares del jazz y composiciones propias fueron pasando durante casi dos horas con un nivel altísimo de instrumentación que pocas veces se da en vivo. Y así fue el final: una tremenda ovación de casi 10 minutos para uno de los mejores músicos del mundo que -al decir por él mismo- quedó prendado con Mendoza y no descartó nuevas visitas.