En el Día de la Madre, los recuerdos y las emociones son inevitables. La maternidad, en sus diversas formas, puede despertar cuando una persona especial llega a la vida de una mujer: hijos, sobrinos o niños cercanos a su entorno. Muchas mujeres la viven con especial intensidad tras la llegada de un hijo, ya sea por nacimiento o por adopción.
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Día de la madre: tres historias de vida que celebran la maternidad en todas sus formas
En el marco del Día de la Madre, tres mujeres mendocinas comparten sus historias llenas de amor, desafíos y esperanza. El amor hacia sus hijos es incondicional.
La figura materna se manifiesta de múltiples maneras. Hay madres jóvenes que se sorprendieron con la llegada de sus hijos, madres que recurrieron a tratamientos médicos para concebir, madres que adoptaron y madres que, sin pareja, enfrentan cada día el desafío de brindarles lo mejor a sus hijos.
Cada maternidad tiene su historia, única e irrepetible. En este sentido, tres mujeres mendocinas (Florencia, Verónica y Marianela) comparten algo en común: siempre desearon ser madres y hoy enfrentan el desafío diario de cuidar, acompañar y disfrutar de la crianza de sus hijos.
Florencia y la maternidad siendo joven
Florencia González tiene 32 años y hace un año fue mamá de una pequeña llamada Olivia. Su pareja es Facundo Flores, y juntos se ocupan de la crianza de su hija. Florencia vive en Mendoza y le quedan algunas materias para recibirse de docente de nivel primario, pero por el momento se dedica al cuidado de su hija junto a su pareja.
La joven siempre soñó con ser madre, y al quedarse embarazada enfrentó miles de miedos e incertidumbres sobre cómo llevaría adelante el proceso, ya que existen varias patologías que pueden surgir durante el embarazo.
Ella recuerda aquel día con mucho amor y nostalgia. “Recuerdo que cuando vi las dos líneas rosas bien marcadas, sentí que el corazón se me iba a salir, pero de alegría”, contó en diálogo con Sitio Andino. Luego, se comunicó con su pareja para contarle la noticia y ambos se abrazaron y lloraron de felicidad. “Creo que esa noche no teníamos conciencia de todo lo que se venía”.
“Mi cabeza estaba a mil entendiendo que tenía un ser dentro mío, un ser que crecía, y no podía entender cómo es que las mujeres podemos llevar dentro nuestro una vida; diría que es un milagro”, añadió.
“Sé que todas tenemos cuerpos diferentes y cada una lo vive a su manera, pero creo que mientras más joven sos, el embarazo es distinto”, explicó Florencia. Además, destacó que llevar un embarazo es una gran responsabilidad, porque cada cuerpo responde de manera distinta y pueden presentarse diversas situaciones.
Hoy, Olivia es una niña de un año que crece sana, con una familia que la acompaña en todos sus pasos y que vive su niñez al máximo. “A mi hija le diría que llegó a mi vida para salvarme, para complementarme; que me hace muy feliz y que espero algún día devolverle el amor que ella me hizo sentir cuando nació”, expresó Florencia.
Sin embargo, también afirmó su admiración por las madres que no tienen el apoyo de una pareja. “Ser madre conlleva un montón de responsabilidad, no es fácil, y una deja de ser prioridad para dársela al 100% a nuestros hijos”.
Marianela: ocho años de espera y un sueño cumplido
En Mendoza, entre aulas, perros salchicha y sueños compartidos, una docente de 38 años vivió uno de los caminos más intensos y desafiantes de su vida: el deseo profundo de ser mamá.
“Después de casarnos y con la casa ya lista, sentí que era lo único que faltaba”, afirmó Marianela en diálogo con este medio. Junto a su marido comenzaron la búsqueda de ese hijo tan deseado. Pero lo que parecía un proceso natural se convirtió en un largo camino marcado por estudios, tratamientos y esperas.
Al principio confiaron en que todo fluiría. Sin embargo, tras un año sin resultados, decidieron buscar una segunda opinión médica. “Ahí empezó la odisea de los tratamientos”, comentó. Fueron tres inseminaciones artificiales y luego cuatro fertilizaciones in vitro, en medio de la pandemia, los protocolos y los plazos interminables de la obra social.
Cada intento fallido dolía un poco más. “Al principio lo contábamos a todos, pero después ya no. La gente te acompaña, pero cuando llevás varios fracasos, se vuelve muy duro. Los Días de la Madre eran tremendos: uno trata de sonreír, pero por dentro duele”, confesó.
Aun así, nunca perdió la esperanza. Hasta que un día, después de ocho años y siete tratamientos, llegó la noticia más esperada: el test dio positivo. “Estuve una hora llorando, riéndome, no lo podía creer. Esperé a que mi marido llegara para contarle”.
Ese día marcó un antes y un después. “Cuando lo tuve en mis brazos sentí que había llegado a la meta. Todo lo que había hecho, todo lo que había sufrido, había valido la pena”. Hoy, Marianela vive la maternidad con plenitud. “Nada me pesa, la disfruto cada día, porque sé lo que costó llegar hasta acá”.
Su historia refleja la de muchas mujeres que enfrentan silenciosamente la infertilidad, pero también la de quienes eligen no rendirse. En cada abrazo y cada mirada de su bebé, esta mamá mendocina encuentra la recompensa más grande: el amor que tanto soñó.
Verónica: una familia que nació del corazón
Las historias de maternidad se tejen de muchas formas: algunas nacen del deseo de tener un hijo biológico, otras del sueño de abrir las puertas del corazón a la adopción. Ambas comparten la misma raíz: el amor incondicional.
Verónica tiene 48 años, es psicopedagoga, y hace 10 años formó su familia junto a su esposo a través de la adopción. Hoy son seis: mamá, papá, cuatro hijos y tres mascotas. “Cuando conocí a mi esposo, empezó a despertarse en mí la idea de ser mamá. Hicimos algunos tratamientos, pero también comenzamos a pensar en la adopción”, contó a este medio.
Estuvieron inscriptos durante diez años en el registro, un período que aprovecharon para prepararse emocionalmente. “Llamamos a eso una espera activa: preparar la casa, el corazón y la cabeza para esta nueva manera de maternar”.
En marzo de 2015, la llamada tan esperada finalmente llegó: el registro de adopción les ofrecía la posibilidad de recibir a cuatro hermanos de 6, 4, 2 años y un bebé de dos meses. “Nos dieron hasta el mediodía para responder. Llamamos a nuestros padres, y todos nos dijeron lo mismo: que nos animáramos a la aventura de ser papás de cuatro”, afirmó.
El proceso no estuvo exento de desafíos. “Tuvimos que aprender a ser padres multiplicado por cuatro, con mucha paciencia, amor, acompañamiento terapéutico y fe”. Hoy, sus hijos tienen 16, 14, 12 y 10 años, y la familia se consolida cada día más.
Verónica asegura que su fe y su trabajo en la escuela la ayudan a transmitir los valores que considera esenciales: la empatía, la responsabilidad, la generosidad y la honestidad. “Estamos convencidos de que no hay mejor herencia que dejarles que ser buenas personas. En la familia todos nos educamos entre todos: ellos también nos enseñan y nos transforman”.
Las historias de Florencia, Marianela y Verónica reflejan que la maternidad no tiene una única forma ni un único camino. Puede llegar tras una prueba positiva, después de años de tratamientos o al abrir las puertas del corazón a la adopción.
Ser madre es acompañar, guiar, cuidar y aprender, incluso cuando el camino es incierto. Es descubrir en lo cotidiano una fuerza que nace del amor y que transforma para siempre.