miércoles 28 sep 2022
Estado de Sitio

La violencia como eje de actitud política

Los mal llamados escraches y animadores de TV destilando odio y clamando justicia por mano propia son un escenario cotidiano de violencia preocupante.

Alcanzaste el límite de 40 notas leídas

Para continuar, suscribite a Sitio Andino. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.

SUSCRIBITE
Por Marcelo López Álvarez 8 de agosto de 2022 - 09:39

El espiral de violencia simbólica, y no tan simbólica, prohijada por el furor de la redes sociales que disfrazan de héroes a quienes están al borde del delito de agresión se ha hecho una situación común.

Hay responsabilidad compartida de dirigentes, importantes actores sociales, medios de comunicación y ciudadanos que creen que el mundo puede resolverse por mano propia, en la configuración de este fenómeno de creer que un pseudo justiciero anónimo es un héroe por sobre los resortes legales y de convivencia que tiene nuestra sociedad.

José, Margarita, Roberto o Josefina pueden estar enojados con cualquier representante de la sociedad y existen los canales para que puedan expresar ese rechazo o enojo. Lo que tienen que entender esos ciudadanos enojados es que ellos no son el 100 por ciento de la sociedad y conviven en un sistema democrático con otros millones de ciudadanos como ellos que también tienen derecho a expresarse y a elegir y que además probablemente elijan a quien no le simpatice a José, Margarita, Roberto o Josefina.

Entonces llegamos a un espacio donde los enojados y exaltados de celular, video e insulto fácil no están agrediendo a tal o cual sino que agreden a la porción de la sociedad (no importa si chica o grande) que no piensa o siente como ellos.

Lo que comúnmente se llama escrache no lo es, es simplemente violencia ejercida contra un dirigente que no le gusta al agresor o contra un ciudadano que simplemente no piensa como él o ella.

image.png
La violencia por parte de algunos manifestantes en la llegada de Sergio Massa a la Casa de Gobierno para su jura como ministro.

La violencia por parte de algunos manifestantes en la llegada de Sergio Massa a la Casa de Gobierno para su jura como ministro.

Hace algunas horas la epistemóloga y filósofa Esther Díaz publicó una columna con el título El derrame político de la violencia, allí expresa que “Vivimos tiempos violentos. Pero, ¿acaso hubo alguno que no lo fuera?, según lo que se entienda por violencia. La definición canónica es amplia pero no suficiente. “Violencia: uso de la fuerza para conseguir un fin, especialmente para dominar a alguien o imponerse a algo””.

Y agrega que “El monopolio del uso legítimo de la violencia, en la modernidad, pertenece al Estado. Se cumple la teoría del derrame, aunque no en sentido económico sino puramente político. Solo el Estado está habilitado para ejercer la violencia en ciertos casos y para administrarla siempre. Si ejerce su derecho a la violencia con discriminación, venganza, abuso o amiguismo, la justicia se transmuta en violencia”.

Más adelante expresa que las estrategias de odio también pueden provenir de poderes constituidos convertidos en desconstituyentes y generan violencia diseminada por jueces y fiscales falaces, por diatribas políticas odiadoras, así como por ciertos medios de comunicación. Quienes eyectan odio mediante difusión masiva son grandes eyaculadores de violencia que embarazan de agresividad a la población.

Y concluye que “La irritabilidad se instala a flor de piel y explota en situaciones cotidianas; nadie diría que su causas y consecuencias son políticas. ¿Es una crisis posencierro pandémico o es endémico? Una crisis es por definición finita, en cambio la agresividad política y social amenaza con ser infinita. La captamos en ciertos discursos públicos, en agresividad vial e interpersonal, en intolerancias y -algo que está siendo carcomido por la banalidad del mal- en la utilización de símbolos criminales en las manifestaciones de derecha: guillotinas y otros símbolos criminales, agresiones ad hominem en lugar de debate de ideas y fetiches de opositores asesinados”.

El texto es una fresca pintura de lo que vivimos en estos días donde algunos animadores televisivos, que hace rato dejaron el periodismo para adscribirse la show, destilan un odio interminable queriendo reemplazar con sus palabras los instrumentos democráticos de administración de los conflictos de la sociedad y convocan como si lo hicieran terceros imaginarios a expresar la violencia en las calles contra cualquier sujeto que no piense como que ellos o lo que es peor aún que crean que no piense como ellos.

El grado de violencia y de irracionalidad es tal que no hace mucho se viralizó un video de energúmenos que se decían defensores de una postura política apurando y agrediendo a un legislador de su propio espacio por las dudas que tuviera un voto que a ellos no les gustara.

Los dirigentes políticos, no importa su grado de responsabilidad, y los medios de comunicación son quizás las dos cabezas que más responsabilidad deben mostrar en estos tiempos para no convalidar ni acrecentar un espiral de situaciones que como bien dice Díaz amenaza con ser infinita y de consecuencias difíciles de imaginar.

Te Puede Interesar