Esos veranos de vendimia, cuando la cosecha unía a la familia
En mi niñez, la vendimia era todo un acontecimiento. Familias y trabajadores se unían en los surcos, buscando el preciado tesoro blanco y tinto
La vendimia es tiempo de cosecha. Más allá de lo político y lo turístico, hay todo un entramado social que se debe recuperar que tiene que ver con el trabajo
Es época de vendimia y el camión cosechero se mete en el centro de la ciudad y bloquea por un instante la locura urbana de un jueves por la mañana. Padres que llevan a sus hijos al colegio tocan bocina apurando el trámite; micros cargados con trabajadores y gente que viene a atenderse al hospital abren sus puertas una cuadra antes de destino, descargando pasajeros malhumorados que pasan increpando al conductor.
El camión -magnífico dentro de su antigüedad- hace maniobras y se mete marcha atrás en una casa. Los conductores, liberado el paso, aceleran y se adelantan no sin antes marcar su descontento con un bocinazo estruendoso.
La casa tiene un parral altísimo, exquisito y cargado de racimos tintos. El camión, que viene de una pequeña finca, aún tiene espacio para llenar su caja. Y las bodegas, este año, tienen un apetito voraz por la uva que sea La casa tiene un parral altísimo, exquisito y cargado de racimos tintos. El camión, que viene de una pequeña finca, aún tiene espacio para llenar su caja. Y las bodegas, este año, tienen un apetito voraz por la uva que sea
Me pregunto, ¿qué hace un camión cosechero en pleno centro? Viene cargado de uva y con cosechadores que se bajan a ayudar al conductor en la maniobra. Y en cuanto la dueña de casa abre el gran portón, la maravilla de la vid abre una luz hasta mi cerebro explicándome absolutamente todo: el verano austral; el cambio climático; la sequía extrema; las heladas tardías; y la claridad de que este 2023 no hay uva suficiente para hacer vino mendocino.
La casa tiene un parral altísimo, exquisito y cargado de racimos tintos. El camión, que viene de una pequeña finca, aún tiene espacio para llenar su caja. Y las bodegas, este año, tienen un apetito voraz por la uva que sea.
Mientras dos hombres y una mujer cosechan la preciosa uva, caigo en la cuenta que eso no era tan raro antes: cuando había parrales en todas las casas y las bodeguitas aceptaban gustosas esos cientos de kilos de uva.
Ahora sí. Ahora todo es distinto, hasta la falta de personas que quieran cosechar.
Un productor sureño contó, durante una nota, que mantiene con sueldo durante todo el año a las cuadrillas de cosechadores, dándoles labores de invierno para que no se le vayan.
Año tras año va perdiendo gente. Como si existiesen invisibles paradas de colectivos, cada tanto se le baja algún trabajador del contingente y se le queda amarrado a los planes sociales. Así me lo dice y así lo cuento. No es novedad. Quienes vivimos en la zona rural o quienes trabajan fincas y campos lo saben bien. Cada vez hay menos mano de obra para la cosecha, a pesar que -dicen- se paga cada vez mejor.
La vendimia era otra cosa en tiempos de mis abuelos. La cosecha era un buen motivo para un montón de cosas como juntarse, almorzar en familia y darle una mano a los tíos para levantar la uva.
Los padres nos llevaban a los críos a jugar entre los surcos, mientras toda la familia ayudaba. Al igual que en los carneos, las tareas eran divididas: los hombres cargaban los tachos; alguna tía administradora se encargaba de entregar las fichas y llevar las cuentas; las mujeres proveían agua fresca a las cuadrillas mientras otras iban preparando el almuerzo para tantas bocas. Los padres nos llevaban a los críos a jugar entre los surcos, mientras toda la familia ayudaba. Al igual que en los carneos, las tareas eran divididas: los hombres cargaban los tachos; alguna tía administradora se encargaba de entregar las fichas y llevar las cuentas; las mujeres proveían agua fresca a las cuadrillas mientras otras iban preparando el almuerzo para tantas bocas.
Escucho a miles de personas decir cada día que no hay trabajo en la Argentina. Y sí lo hay. Siguen existiendo familias completas que se dedican a la cosecha y trabajan desde diciembre con damascos y duraznos tempranos, hasta abril con la uva. Muchos de ellos siguen luego en los galpones de empaque y fábricas con ajos, tomates y salsa.
El trabajo de la tierra es arduo y suele ser desesperanzador. Este año, las heladas se llevaron mucho de la ciruela y gran parte de la uva por lo que, lo poco que hay, debería valer su precio justo. Pero sabemos que esto tampoco ocurrirá. La vieja ley de la oferta y la demanda se cumple siempre para un mismo lado.
Es bien triste ver cómo hasta quienes han hecho inversiones increíbles con riego presurizado, tela y sistemas antiheladas están sufriendo la variabilidad del clima. La sequía está acabando hasta con los pozos de riego y los turnos se redujeron hasta un mínimo imposible.
La gente está dejando la producción, una vez más.
Antes de cumplir los 12 años pude ver cómo mis propios tíos y primos rumbearon hacia el Atlántico buscando una mejor vida. Eso ocurrió en alguna de las muchas crisis productivas que afectaron a Mendoza. La fruta ya no valía y, lo digo siempre con un nudo en la garganta, fue dolorosísimo verlos cerrar las tranqueras e irse, con mis primos llorando y mi abuela envejeciendo con los adioses.
Por eso creo que vendimias eran las de antes, cuando la esperanza todavía abrillantaba los ojos de jóvenes y viejos. Cuando no importaba el modelo que iban a usar las celebrities en la terraza del Hyatt, ni quien estaba -presente o ausente- en el palco oficial del Carrusel, pero sí importaba que los niños aprendieran que del esfuerzo de sus mayores provenía todo lo bueno: la uva que sería vino; el trabajo que sería dinero; el dinero que sería el pan y la comida en la mesa de cada día.
Así de simple, así de hermoso.
Jamás olvidaré esos veranos en que con mamá y papá, que lidiaban entre sus trabajos y la casa, nos "mudábamos" a la finca para participar de la cosecha y ayudar a la familia.
Y es que la buena memoria y los recuerdos nobles son como los buenos vinos... nunca se olvidan.