Que 30 años no es nada en términos históricos es absolutamente cierto. Sin embargo en el devenir de una historia moderna como la Argentina, treinta puede ser el número que marque la llegada a una madurez institucional importante.
Que 30 años no es nada en términos históricos es absolutamente cierto. Sin embargo en el devenir de una historia moderna como la Argentina, treinta puede ser el número que marque la llegada a una madurez institucional importante.
Este décimo quinto acto electoral consecutivo, alguno más si agregamos el plebiscito por el Beagle y las elecciones de convencionales constituyentes del 94, parecíauna utopía cuando la derrota de Malvinas y el desgaste de la dictadura cívico-militar abrían la puerta a la primavera democrática.
El ciclo de estaciones democráticas estuvo plagado de amaneceres cálidos, inviernos crudos y devastadores y renaceres primaverales que nos depositaron suavemente en el clima necesario del disenso y la lucha de ideas y modelos.
Este proceso -que hoy muchos creemos consolidado- fue paralelo a importantes cambios sociales no solo en la Argentina sino en el mundo. La irrupción de tecnologías, de nuevas formas de comunicación y participación que a su vez cambiaron las formas de construcción política y del discurso.
Néstor Kirchner fue uno de los primeros que leyó esos cambios, y abrió la ventana a una juventud que estaba postergada en la participación política. Algo que por más que en lo discursivo lo detesten, la oposición también capitalizo viendo como jóvenes se sumaban a su militancia a través de un nuevo espacio llamado Internet o, si se quiere circunscribir, redes sociales.
El modelo político necesitaba de un pragmático como Néstor Kirchner, que no tuvo tapujos en entender que el poder se podía mantener si desde la misma política tradicional se encontraba un espacio de participación y compromiso para los que desde las calles desorganizadamente y con alta anarquía habían hecho tambalear el modelo tradicional en Diciembre de 2001.
El muy mal libro de La CámporadeLaura Di Marco tiene una solo acierto y es mostrar como los jóvenes de las calles y los movimientos barriales, universitarios, piqueteros fueron contenidos por el incipiente kirchenerismo.
El resto de los partidos políticos se benefició también con este esquema con jóvenes que se sumaban a la militancia y ocupando sectores de participación que habitualmente estaban reservados a la izquierda.
Parece raro o quizás osado pero a partir de ese quiebre se pudo reconstruir la relación de los políticos tradicionales con la sociedad. Una relación complicada que está plagada de altibajos y de contratos que se rompen fácilmente.
La profundización del antagonismo político que desvela a algunos referentes políticos económicos, sociales y a los medios (en esa rara definición de que medios son solamente aquellos opositores al Gobierno) no necesariamente es mala o perjudicial. En sociedades que vienen del infierno, que están en una etapa de construcción, de decisión de cómo se plantarán frente al futuro que va más allá de una elección o incluso una década, las tensiones son tan importantes como lograr un consenso. Sin tensión, sin antagonismo no hay modelos en pugna y hoy el mundo está en pugna.
La crisis europea, la estadounidense, los espionajes sistemáticos a líderes; dan pautas que lo que aquí se plantea como una tragedia es el signo de esta época.
No es posible generar cambios sin rupturas, no es posible reinventar sociedades en crisis si no hay modelos en pugna. Muchos de los cambios logrados en la Argentina desde el Juicio a las Juntas Militares hasta la AUH o el cambio de paradigma de endeudamiento, la mejora ostensible al sistema jubilatorio etc, solo son posibles haciendo de esa tensión un elemento político de construcción.
Hoy iremos a votar, hay tensión sana, hay política, hay pugna por la construcción del futuro. Lo mejor que nos puede pasar; aunque a algunos no les guste por la sencilla razón de que sin pugna, sin tensión hay dominación.