24 de junio de 2026
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literatura

El poema como unidad de silencio

En "Como un iceberg", la poeta y ensayista Anahí Mallol trabaja sus piezas como una orfebre, habitadas por muchas voces y muchas historias sostenidas en un breve sustrato narrativo.

Por Sección Cultura

En "Como un iceberg", la poeta y ensayista Anahí Mallol trabaja sus piezas como una orfebre, habitadas por muchas voces y muchas historias sostenidas en un breve sustrato narrativo que dará lugar a un silencio, sus ecos y resonancias.

El libro, publicado por la casa Paradiso, está dividido en cuatro partes que comparten un tono y una manera de trabajar la puntuación (o su falta) y que definen también una política de la lengua.
 
Mallol participó de los proyectos editoriales “Siesta” y “Plebella”. Publicó, entre otros libros, Postdata, Polaroid, Zoo y un ensayo, El poema y su doble.

 
Esta es la conversación que sostuvo con Télam
 
T : Quería que me contaras tu experiencia como editora en Siesta y luego en Plebella en el contexto de la "poesía de los 90".
M : Estuve en los inicios de Siesta, cuando Marina Mariasch fundó el sello. Estábamos Carolina Cazes y Vanna Andreini. Después se nos unió Santiago Llach. La idea de Marina fue brillante: hacer libros bien editados, pequeños, objetos de diseño, de autores noveles, que se presentaban por sí mismos, sin respaldo de figuras de autoridad.
 
Por un lado estaba la intención de desmitificar un poco la publicación del “primer libro de poemas”. Y no sólo importaba el precio de la edición y el precio de tapa sino también desmitificar al hecho en sí mismo para que los poemas que leíamos en los ciclos que había en ese momento, y que eran muchos y muy buenos, pudieran estar impresos. Así salieron los primeros títulos. Fue un momento maravilloso para todos: nos reuníamos, discutíamos de poesía, política, hablábamos de nuestros padres,  nuestros amores, nuestros proyectos, de otros poetas, de los llamados “de los 90” y también de nuestros mayores. Íbamos a lecturas, a cenar, a fiestas, a festivales. Las ideas circulaban mucho, se hablaba abiertamente, se argumentaba. Cada uno reformulaba sus posiciones en un diálogo que fue siempre respetuoso y amistoso.
 
El proyecto Plebella está dirigido por Romina Freschi, quien siempre ha tenido una actitud muy generosa y abierta, ha promovido debates, ha querido activar la escena de la poesía con comentarios, entrevistas, reseñas, ediciones, lecturas, la revista, etcétera. La he acompañado con algunas colaboraciones porque admiro su poder de agitación, su fuerza para abrir nuevas posibilidades poéticas.
 
T : ¿Cuánto cambiaron las cosas desde esa época?
M : Los trabajos de crítica literaria que definieron lo que se dio en llamar “la poesía joven de los 90” consagraron  algunos nombres y soslayaron otros, así como favorecieron algunas estéticas y olvidaron otras. Eso pasa siempre. La elección fue ideológica, cultural, estética. Del lado universitario surgió muy próxima a una lectura de la literatura de tipo sociológica, pero no muy rigurosa.
 
Del lado de los poetas vino más bien de la mano de ciertas afinidades que reproducen la discusión de la década anterior entre neobarrocos y objetivistas.
Ahora algunos de los poetas que recibieron una rápida aprobación inicial ya no escriben, o cambiaron la poesía por la narrativa, y otros que eran casi invisibles están haciendo obras muy interesantes.
 
Como señalás, más allá de esas estéticas de grupo medianamente unificadas, ahora cada uno decantó por un lado más propio, lo cual le da mayor riqueza a la poesía argentina, un espectro de posibilidades más amplio. Lo que se llamó poesía chabona o realismo sucio no fue sino la parte más visible y legible de un abanico de estéticas muy amplio e interesante. Hubo apuestas por un tono más íntimo, que ponía en tela de juicio la juntura entre lo social y lo político, hubo otros que siguieron caminos más experimentales, hubo quienes se inclinaron por el ejercicio de una voz que opta por la claritas, la perspicuitas y la humilitas, con una dicción directa, casi minimalista, pero no banal, y hubo otras corrientes más populares por su efecto de shock. Hoy el efecto de shock, las malas palabras en el poema, las impostaciones subjetivas, están agotadas.
 
Lo mejor que dejó esa experiencia fue, por un lado, la cantidad de editoriales independientes, la cantidad de posiciones que se fueron diferenciando del mainstream, la discusión que llevó a una mayor conciencia sobre el trabajo artístico, algunas voces muy valiosas y sobre todo, el hecho de que se le haya vuelto a prestar alguna atención a la poesía.
 
T : Cantidad de mujeres escriben (escribieron siempre) poesía. ¿Por qué pensás que en las antologías siempre aparecen los mismos nombres (Storni, Orozco, Pizarnik, Silvina Ocampo, Bellessi, Bignozzi, Rosenberg, etcétera) pero no las poetas más jóvenes?
M : Supongo que es un rasgo general de las antologías empezar por nombres más o menos consagrados. Hay que ver quién hace la antología, por qué y para qué. Hay una lucha de género dentro del campo de la poesía, y es una lucha muy interesante por lo que implica a nivel poético, como política de la lengua. Esta lucha está respaldada por muchos prejuicios que vienen de la universidad pero también de los medios.
 
Según eso, la poesía que escribe cierto grupo es más valiosa porque tiene como temas las cuestiones sociales y políticas, mientras que la mayor parte de lo que escriben las mujeres hablaría sólo de cuestiones íntimas o menores. Esto no es así, primero porque esa poesía abarca mucho, igual que la de los varones; segundo, porque la poesía no está hecha de temas sino de poemas; tercero, porque quienes defienden esta lectura hacen caso omiso de lo que se llamó el giro lingüístico en las concepciones literarias y filosóficas del siglo XX. Es como si no hubieran escuchado hablar nunca de Foucault ni de Deleuze ni de Althusser: las relaciones interpersonales, la familia, son dispositivos que están tramados políticamente; el lenguaje es una trama política e ideológica. De modo que no hay tal cosa como una división tajante entre lo privado y lo público, entre lo doméstico y lo civil.
 
Hay poetas mujeres con textos muy valiosos, sorprendentes, que esperan y que merecen ser leídos, como los de Liliana García Carril, Julia de Ruschi, Liliana Ponce, Ana Wajszczuk, Claudia Prado, Silvina López Medín, María Eugenia López, entre otras.
 
T : En tu nuevo libro, el uso del lenguaje, sus juegos, repeticiones, ¿sirven para contar también una historia, cualquiera sea, o una historia de una voz?
M : En este texto, como en otros, no hay ni una historia ni una voz, sino muchas voces y muchas pequeñas historias. Yo las imagino más como escenas o postales mínimas. Trabajo siempre reduciendo, quitando, tachando. Me interesa que no quede nada que se sienta como superfluo.
 
Suprimo la grandilocuencia. Me imagino que el que habla es alguien tímido, a quien le cuesta poner en palabras una imagen, una sensación, una idea, un sentimiento, y que lo hace con cuidado. También me interesa la idea de que el yo del poema es siempre un yo ficticio, es un personaje, y ese personaje puede variar.
 
El sustrato narrativo mínimo es para mí una forma que tiene el poema de aferrarse al mundo. Hay siempre un pensamiento, tal vez como pensamiento no pensado, de la relación del sujeto con los objetos, con los otros y con el mundo.
 
T : La poesía que escribís parece más para ser escuchada que leída. En cualquier caso, ¿con cuál de tus colegas sentís afinidad?
M : No sé por qué te parece eso. He trabajado en los dos últimos textos la crisis del fin del verso y la ambigüedad de las atribuciones a sintagmas que aparecen como aislados por los cortes, y suprimí los signos de puntuación casi por completo. Creo que son para ser leídos y releídos. La levedad y la facilidad son siempre engañosas.
 
Cuando tengo que oralizar mis poemas en una lectura subrayo sí ese silencio del final del verso, para que se muestre el momento del procedimiento, la crisis del sentido y el sonido: son poemas. Y además la poesía es tiempo escandido en unidades de sonido y sentido. Me interesa que cada poema se perciba como una unidad rodeada de silencio. El poema erizo o el poema caracol, antecedido y seguido de silencios que den libertad y lugar a las resonancias de los lectores o escuchas.
 
Las afinidades cambian en distintos momentos. En ciertos aspectos me considero próxima a Joaquín Gianuzzi, a Juan L. Ortiz, pero también a Mirta Rosenberg, a Arturo Carrera, a Marina Mariasch, a Laura Wittner, a Silvio Mattoni.

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