Adriana Varela canta lo que quiere, lo que siente, lo que tiene ganas. El tango es una pulsión y así lo vive. Sin vueltas, sin caretas, planta su voz sobre el escenario para hacer hablar sólo a aquellas letras que la movilizan. Nada en ella admite copia. Sus gestos, ademanes y hasta su forma de hablar es única. Mezcla exacta entre el arrabal y la irreverencia del rock.
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Noche de tango a lo Varela
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La noche arrancó con el tango Toda mi vida y siguió con Cristal, Fruta amarga, Fuimos y Pasillo de la vida, dedicada a la porteña calle Corrientes. Todas composiciones que La Gata no suele interpretar en vivo y que la gente agradeció.
A pesar de que una indisposición el día anterior no le permitió cantar de pie, no fue excusa para que Varela no le brindara al encuentro lo que este necesitaba de ella. La artista se sentía como en su casa muchas veces ha declarado la relación de afecto que la une a Mendoza y esa familiaridad se contagió a todo el espacio. Quizá las chapas del galpón ferroviario traían un algo de atmósfera portuaria que colaboró también.
La urbanidad de la propuesta tampoco dejó afuera parte de su ADN de rock nacional y le imprimió el ritmo compadrito al tema de La Berusit: Al olor del hogar. Una gran versión que fue superada por Tumbas de la gloria, de Fito Páez. Aquí, la cantante oriunda de Avellaneda, simplemente quitó el aliento.
Garganta con arena, De la canilla, Los Mareados, Naranjo en flor, Afiches y La Gata se convirtieron en los infaltables de un repertorio que se prolongó por casi dos horas.
Fue una noche vibrante, donde el tango se palpitó a 'lo Varela'. Como tan acertadamente escribió sobre su estilo Cacho Castaña en la canción que la describe: Los que cantan a los gritos/seguirán siendo aprendices/porque el tango no se canta/porque el tango se lo dice/con la pausa y el silencio/al que aluden los poetas/despacito, poco a poco/para que entiendan la letra.