27 de junio de 2026
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Cultura

La ficción ilumina las zonas más escabrosas de la realidad

En "Cámara Gesell", Guillermo Saccomanno alcanza su cenit como narrador de largo aliento en un texto coral, "atravesado por la hipocresía y las bondades inservibles".

Por Sección Cultura

En "Cámara Gesell", Guillermo Saccomanno alcanza su cenit como narrador de largo aliento en un texto coral, "atravesado por la hipocresía y las bondades inservibles" que convierten a un pueblo de la costa atlántica "en la cifra de un territorio más amplio que puede ser el país o algo más".

El libro, publicado por la casa Planeta, es un tour de force de una violencia y un ritmo que no deja respiro y que le llevó a su autor años de trabajo; ambientada en una villa imaginaria, a kilómetros de Mar Azul, poblada de personajes casi incontables, cada uno arrastra una historia, pocas edificantes.

Acaso Saccomanno sea un escéptico o un descreído o un realista, pero es difícil tomar distancia de los personajes: todos tienen algo del urbanista lector o del trasplantado en busca de una naturaleza imaginaria, pero pocos pueden armar una vida en común.

El escritor nació en Buenos Aires en 1948, y entre otros libros publicó "Situación de peligro", "El buen dolor", "El oficinista", "Un maestro", "77" y "Bajo bandera".

- ¿Podría decirse que en esta novela "pintaste tu aldea"?

- Más de uno en el pueblo se veía venir la novela. Una vez que le contaste a alguien, se disparó la información. En un pueblo, los rumores -tal como lo planteo en el relato- circulan y rápido. Antes de que la novela arribara, ya había discusiones sobre ella. Tenía su gracia borgeana: se discutía a partir de un texto tan secreto como inexistente.

Apenas llegó a librerías empezó a venderse. Hasta ahora las reacciones son dos y antagónicas. Están quienes celebran que contara en la ficción lo que nadie se anima a decir. Y le otorgan de este modo una potencia a la ficción que supera lo periodístico.

Y en la vereda de enfrente están también los fenicios timoratos que piensan que -además de afectar la imagen de la Villa- atentará contra la temporada.

Las dos lecturas son bastante miopes. "Cámara Gesell" no es más que una novela. Es cierto que la ficción puede ir más lejos que el periodismo, pero no deja de ser ficción. Y no cambia la realidad aunque pueda iluminar algunas de sus zonas más tenebrosas.

- Es una novela coral, quizá la voz de Dante es la que uno podría asimilar a la tuya... ¿cómo controlaste la deriva de los personajes y cómo se te ocurrió la idea de que un pueblo pudiera representar, si se quiere, al país o más allá?

- La voz de Dante puede y no tanto ser la mía. En todo caso, es la voz de quien cuenta y conjetura sobre lo que escucha. No me lo propuse como protagónico sino como una excusa, el cronista que presta atención a todas las voces.

Lo que me importaba era justamente eso: las voces. Que fuera una novela "escuchada", más que "escrita". Que pudieran alternarse voces altas y bajas, cultas y plebeyas, que urdieran una alternancia y que en esa intermitencia participaran esquirlas de noticias del periódico local, de lecturas diversas, sin que importara demasiado si su origen era impuro.

En la medida que iba escribiendo a un ritmo de una carilla por día -y esto durante seis años-, me obligaba a trabajar con una poética de la restricción, contar lo justo, controlar el exceso coral. Mi intención era que participaran todas las voces, provenientes de las más diversas extracciones de la sociedad pueblerina.

En esa medida, en tanto incorporase la diversidad, la novela dejaría de ser local y podía adquirir otra dimensión más amplia, más "universal". Ahora, publicada, me resulta fácil tener en claro su genética, pero no fue así. Desde un comienzo y hasta el final experimentaba que la novela me era "dictada", que esas voces me hablaban, me pedían ser registradas.

- ¿Por qué hablás de la influencia de Faulkner y Onetti?

- Si hay una marca fuerte -al menos en lo conceptual- es Faulkner, la creación del condado de Yoknaphatawpha. Onetti, es su traducción. Estoy convencido de que crear un pueblo narrativo es un sueño tan ambicioso y cercano al papelón, pero que vale la pena intentarlo.

En este sentido, ese pueblo opera como el Pequod, el barco que persigue a Moby Dick, la ballena blanca. El condado de Faulkner es el barco ballenero de Melville. Faulkner lo logró, creó un territorio, creó sus seres, sus pasiones y describió ese paisaje. Es el gran maestro. También el padre de muchos de nosotros. Y Briante, sin ir tan lejos.

- La Villa de la novela ¿se ha degradado tanto en veinte años?

- Una vez más voy a subrayar que escribí una novela y no una crónica, pero es verdad que la ficción no puede hacerse la distraída con respecto al contexto que la genera.

Cuando vine tenía presente un dicho de Dal Masetto: "Todo lugar al que uno llega es un espacio a conquistar". En más de 25 años este espacio siempre me proporcionó historias. Contarlas era una estrategia de afincamiento. Este es para mí el lugar de creación.

Cuando llegué había cerca de 15.000 almas, ahora hay más de 40.000. El crecimiento se debe a que con las privatizaciones del menemato, aquellos que laburaban en el estado y se encontraron con dos billetes, imaginaron posible una utopía en un espacio con naturaleza.

 

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