Es noche de sábado y mientras intento terminar mi columna, Gerardo Rozín, quien acaba de morir hace pocas horas de una maldita enfermedad, se mete una y otra vez en mi cabeza. La gente despide a Gerardo en la tele y en las redes; famosos y desconocidos por igual hablan del buen tipo que era.
Imposible no conmoverse ante alguien que luchó hasta el final de la manera que lo hizo. Y me digo, con esa idea que seguramente no tiene demasiados adeptos, que la política, la economía o la crisis pueden esperar.
Rozín tuvo la chispa de saber meterse en el corazón de los argentinos con programas que, como él decía, sacaba un ratito de la soledad a la gente llevándola al baile o a la peña. Un tipo del que se necesita muchísimo en la televisión, con esa creatividad y empatía para generar contenidos que hacen bien al espíritu y que peleen un poco de espacio a los clásicos noticieros amarillos y programas de chimentos.
Quien está acostumbrado a viajar sabe que es necesario partir algún día. Paulo Coelho
Incluso hoy, mirando hacia atrás, nos damos cuenta que fue despidiéndose de los millones de argentinos que lo seguían desde el cálido y emotivo rincón que le confería La Peña de Morfi.
"Me voy quedando solo, lejos del cielo y el tiempo", cantó en vivo en julio del 2021 acompañando a una banda joven que hacía folclore del bueno y que, como a otros tantos, él ayudó a que se hiciera conocida. "Me voy quedando libre, sin arribos ni regresos. Está sobrando el alma para cantarle a los huesos, curiosos de rumbos que linden sabores eternos", decía Rozín ese día, poniendo voz a la letra del Cuchi Leguizamón.
Es que decir adiós debe ser difícil.
Paulo Coelho escribió que quien está acostumbrado a viajar sabe que es necesario partir algún día.
Y la verdad es que mientras Argentina despide a un tipo de la tele que supo hacerse querer, el mundo dice adiós a miles de personas muriendo por misiles del otro lado del mundo, allí donde hay una guerra devastando a la vida. Por eso me es fácil unir los por qué y decir que tal vez hay gente muriendo por las bombas, mientras otros -seguramente- mueren de tristeza.
Gabriel García Márquez hablaba, allá por los 80, de la guerra. "La guerra es contraria a la inteligencia. Y no sólo de la inteligencia humana, sino de la inteligencia misma de la naturaleza cuya finalidad escapa inclusive a la poesía", escribía.
"Desde la aparición de la vida visible en la Tierra debieron transcurrir 380 millones de años para que una mariposa aprendiera a volar, otros 180 millones de años para fabricar una rosa sin otro compromiso que el de ser hermosa, y cuatro eras geológicas para que los seres humanos fueran capaces de cantar mejor que los pájaros y morir de amor. No es nada honroso que tal proceso milenario pueda regresar a la nada por el arte simple de oprimir un botón", explicaba en un texto en Revista Semana.
Un paso más acá en la memoria y hallo otro pensamiento de García Márquez, esta vez sobre la muerte: "Para mí es perfectamente claro: es como si de pronto se apagara la luz. Sin embargo, surge la duda de que a lo mejor me equivoco. Otro punto importantísimo con respecto a la muerte, que es lo que más me duele como escritor, es que es la experiencia más importante de la vida de uno sobre la cual no podré escribir una novela".
De todos los adioses, un adiós. De todas las palabras, una palabra. De todas las canciones, una canción.