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Opinión

Columna política: Un desafío enorme pero posible

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13 de febrero de 2022 - 00:00

La discusión en torno al acuerdo con el FMI y la gira de Alberto Fernández por Rusia y China (que seguramente será la más importante de su mandato a pesar de que aún le quedan dos años) dejan al descubierto, una vez más, el infantilismo que poseen en el análisis y el manejo de la información gran parte de la dirigencia política y los pseudo referentes del periodismo y los medios nacionales y provinciales.

Neocomunismo zarista, Unión Soviética (por Rusia), cambio de régimen político, la deuda es de Cristina o de Alberto, que China nos va a dar la plata para pagarle al FMI y una larga de lista de afirmaciones, una más disparatada que la otra, se acumularon en los últimos días.

Claro que a esa batería de palabras necias colabora con creces los errores del Gobierno, sobre todo en la comunicación. Está claro que es difícil cuando hay un dispositivo montado para trabajar 24/7 en limar cualquier iniciativa del oficialismo, pero es cierto también que los errores políticos, los egoísmos y el mal uso de los espacios propios colaboran a la confusión general.

La negociación con el FMI continua y de la lectura de lo poco que se conoce y difunde y del análisis serio de las declaraciones de los funcionarios del organismo y argentinos la primera impresión es que falta mucho por acordar aún. También pareciera (siempre con la prudencia del caso) que el Fondo corrió el arco en cuanto a lo que se dijo de ambos lados a la hora de anunciar el acuerdo.

Las declaraciones Georgieva y el vocero del Fondo parecen indicar que el organismo internacional está presionando en la negociación de la letra chica por un acuerdo dentro de los standares tradicionales del FMI; ajuste y ajuste. Formula ya conocida y fracasada en reiteradas oportunidades. En ese marco hay que leer las declaraciones del presidente en Rusia y China que generaron el revuelo y que, como decíamos, fueron analizadas con un infantilismo llamativo pero no sorprendente.

Las negociaciones con el Fondo son como ir a jugar al poker en una mesa llena de tahúres que no tienen el mínimo escrúpulo en secar la billetera del recién llegado. La gira del presidente a los dos países que hoy son el contrapeso de Estados Unidos en el orden mundial es una carta fuerte en un momento donde la Argentina no solo está necesitada de inversiones y desarrollo sino también de equilibrar fuerzas.

Como dijo el presidente este sábado en declaraciones a un medio radial (cuando no porteño) el principal socio comercial de Estados Unidos es China. Y la verdad es que si Argentina y gran parte de los países del mundo miran a China y a su Ruta de la Seda es porque los chinos invierten (y financian) fuertemente en infraestructura y desarrollo algo que precisamente nuestro país necesita imperiosamente.

Entre 2020 y 2021 China invirtió en los 145 países con los que ya firmó la Iniciativa de la Franja y la Ruta de la Seda 120 mil millones de dólares (60.5 mil millones en 2020 y 59.5 mil en 2021). El año que pasó de esos casi 60 mil millones, 13,9 mil millones fueron en inversión directa y 45,6 mil millones en créditos para desarrollo e infraestructura donde los chinos juegan un papel clave.

Como también dijo el Presidente en sus declaraciones periodísticas, el comercio internacional de nuestros hermanos chilenos y peruanos cambio sustancialmente a partir de su incorporación al tratado internacional. Después está en cada país sacar el mejor provecho de las oportunidades y la inteligencia para hacerlo productivo para su territorio y economía.

Un panorama similar se da con Rusia, si bien en valores mucho menores que China, pero también es un país que con su capitalismo de ciertas particularidades es proclive a las inversiones en infraestructura y energía. La única verdad es la realidad y hoy no hay país del mundo, sobre todo en desarrollo -no importa la ideología o sesgo de su gobierno- que no busque hacer o haga negocios con Rusia o China. Que 145 países (ahora 146 con Argentina) hayan firmado la iniciativa de la Ruta de la Seda con el país asiático es fiel muestra de ello. Los únicos que pueden pensar que sumarse a ese acuerdo no es un beneficio para nuestro país son los políticos, analistas y economistas, todos ellos serios, que en años jamás acertaron un solo pronostico o análisis de la realidad.

Mientras el Gobierno debe bajar al barro (porque quiere no porque deba) a debatir todo el infantilismo comunicacional también debe atender la diaria de los ciudadanos que son los que en el fondo sufren las consecuencias de estos debates estériles y de los movimientos para limar la capacidad política y de gobernanza del oficialismo.

El descalabro de los precios y la acción de sus formadores para que no haya paz no para. Esta semana los panaderos de Buenos Aires y Capital anunciaron un aumento del 25 al 30 por ciento ya sin margen ante el interminable aumento de los costos de sus materias primas, mientras los comerciantes e incluso las grandes cadenas de supermercados denuncian que las modificaciones de los precios por parte de los grandes productores y elaboradores de alimentos son constantes.

Así como el Ejecutivo plantea una negociación y acuerdos a largo en el orden internacional, debería ponerse a trabajar firmemente en un proyecto a mediano plazo en el orden local para comenzar a trocar las estructuras de concentración productiva. Y no se trata de correr por izquierda a las grandes corporaciones y concentradoras quizás el camino sea el de comenzar a empoderar en serio a los productores y a las PYMES para que pueda crecer y desarrollar proyectos propios de valor agregado y competitividad que les permitan ganar nichos y espacios en el mercado para que sean competitivos y atractivos para el consumidor.

Pero para lograr eso y poner limites a la concentración no solo hace falta ideas e imaginación sino también voluntad política y comunicacional para encarar un cambio cultural que dispar en los consumidores de los recuerdos y beneficios de otras épocas. Alguien puede sostener que por ejemplo las pastas que hoy compramos industrializadas y envasadas en la góndola son mejores que las de la fabrica de pastas que compraban nuestros abuelos y padres.

En el cambio hacia un proyecto de inclusión, desarrollo y crecimiento hay un desafío enorme pero posible. 

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