Columna política: Suba de precios constante, el país de la inercia inflacionaria

En 1989, cuando la hiperinflación de Alfonsín marcó para siempre la historia de la Argentina, yo estaba estudiando en Mendoza. Para sobrevivir a esos años difíciles vivíamos seis amigas en un departamento de una habitación y ya, a los 19 años, teníamos hábitos que hoy dudo tengan los jóvenes. Con el poco dinero que podíamos reunir íbamos con bolsos y mochilas a un supermercado que cada inicio de mes ponía frutas y verduras en ofertas increíbles. Volvíamos cargadas de bolsones de 15 kilos de verduras y las mochilas con lo básico no perecedero para un mes. Por supuesto, las familias nos ayudaban con las preciadas encomiendas. En ellas llegaban lujos como dulces caseros; alguna torta; y paquetes de salchichas que atesorábamos. 

Fueron épocas difíciles para los argentinos. 

En Europa y Estados Unidos están preocupadísimos por el 5% de inflación que han tenido el último mes. No están habituados a ello. Desde el norte miran la experiencia argentina como a un bicho raro. ¿Cómo hemos hecho para sobrevivir a tantos procesos inflacionarios y seguir intentándolo?

Desde hace 50 años a esta parte ningún gobierno pudo dominar los precios en Argentina. La inflación constante y cada vez más alta es una amenaza temible contra el desarrollo.

El país, y dentro de él cada uno de nosotros con sus pequeñas o enormes realidades, se debate continuamente entre las "ganas de ser" y la penosa carga de ser uno de los países con mayor pobreza y menor inversión privada en el planeta.

Aquí hay dos grandes problemas: uno es el enorme tamaño del Estado. El empleo público es lo único que ha crecido durante décadas, y hablamos del estado nacional, provincial y municipal. El otro es que los argentinos no confían en su moneda y están continuamente protegiéndose en los dólares, lo que conlleva una devaluación.

El sistema político argentino, que cambia cada 4 u 8 años, ha demostrado ser tan mediocre en sus soluciones que cada gobierno que ingresa borra todo lo hecho y se empeña en encontrar una nueva salida. Así, Argentina vive reseteándose cada 4 años sin lograr una solución real.

El año pasado los precios aumentaron un 50%; en el 2019 último año de Macri ya habían rozado el 54% de inflación. Chile tiene un 7% anual, y Brasil un 10%. No debe ser tan difícil.

Hay algo que los economistas marcan como "inercia inflacionaria". O sea, habituadas a que esta sea la constante las empresas se cubren anticipándose a posibles aumentos en sus costos y suben los precios "por si las dudas".

Los sindicatos también exigen alzas en los salarios basándose en la inflación del año anterior. Todo es la semilla de un tornado que comienza a principios de año y termina en diciembre con los precios por las nubes.

Argentina no puede seguir pagando precios internacionales por productos que nacen en sus tierras. Ni sosteniendo políticas mediocres e inútiles que no marcan un cambio ni en nuestra calidad de vida, y menos aún en el país que estamos dejando a nuestros hijos.

Se impone un cambio. Y es un cambio que debe abarcar todos los estamentos sociales, económicos, empresariales, educacionales y políticos.

Argentina debe volver a ser un país que brinde oportunidades a quienes seguimos optando por creer en ella. 

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