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La historia de Víctor

Crónica de fin de semana: El "nadie" del Acceso

Por Florencia Rodriguez

Sin reparar mucho en lo que sucede alrededor, se agacha para recoger otra piedra, una más que va a tirar lo más lejos que pueda para que uno de los cinco convivientes que tiene- su favorito, por cierto- vaya corriendo a buscarla. Apenas escucha un sonido ajeno al habitual, se da vuelta y se acerca con paso lento, nadie lo apura, ni siquiera la premura de los cientos de autos que pasan a pocos metros de donde vive hace un tiempo: a la vera del Acceso Este.

No parece amenazante tampoco arrebatado, al contrario: tiene los ojos marrones claros enmarcados en un antifaz de esos que delatan a quien vivió mucho en poco tiempo. La sonrisa tranquila, tiene puestas unas zapatillas grises, un pantalón de jogging negro, remera y campera deportiva. Corona el outfit con una gorra porque por esta época, el sol es más sinvergüenza después de las 11.

Al llamado no acude solo sino que lo acompañan cinco perros, ninguno podría ser miembro de alguna fuerza de seguridad si apenas están enteros pero, eso sí, no dudan un segundo en mostrar lealtad. Cuatro atrás y uno camina a la par. Ese es "Colita", un callejero rubiecito, acaso el más joven de la jauría, con la energía suficiente para mantener siempre el ánimo y las ganas de jugar.

"No, muchas gracias, yo no estoy en situación de calle, no necesito ayuda", responde a la primera pregunta mientras Colita ladra como asintiendo lo que dice. Tampoco quiere fotos, mucho menos videos. Desconfía de la persona que tiene enfrente e invita protocolarmente a perder el interés en él y en su historia: "No soy nadie", afirma. "Estoy de paso acá y en unos días me voy otra vez", suma.

Lo cierto es que Víctor sí es alguien, es alguien que pocos ven pero está ahí, instalado en una carpa bajo un arbolito junto a la ruta de Acceso Este y Arturo González. Es un punto rojo en la línea que divide a Maipú de Guaymallén pero ahí está, hace días, hace semanas, hace meses.

Foto: Yemel Fil.

Víctor tiene 45 años y es de Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires. Allá tiene 3 hijos- dos varones y una mujer- de 20, 23 y 25 años. "Pasa que me junté chiquito", aclara rápidamente sobre su paternidad a los 20 años. "Están muy bien los tres, solo uno vive en Buenos Aires, otro está en Córdoba"- hace una pausa para recordar- "estamos todos esparcidos por el país y el mundo, tengo una hermana que vive en España, yo tendría que sacarme los papeles y apenas me los den, irme afuera a seguir recorriendo".

"Me enamoré de Mendoza", sentencia sin dudar. "Vine a trabajar a la cosecha, antes estuve en San Luis", termina de decir cuando interrumpe solo su relato. Sonríe y baja la cabeza: "Voy a buscar un cigarrillo" y se dirige hacia la carpa. Un caminito delimitado por cuatro macetas con especies en perfecto estado conducen hacia su casa temporal, dos o tres tienen luces de esas que se recargan con el sol. A la derecha, una mesita y dos sillitas, son pequeñas pero cumplen su tarea.

La mirada no tiene que recorrer mucho más para encontrar una pequeña parrilla con una pava con agua para el mate que espera. Está negra, seguramente ya se había jubilado cuando Víctor la encontró junto a otros medios de vida en los container que están cerca de su morada. "He sacado todo de ahí, es increíble lo que la gente tira. Las sillas estas son de ahí, las silletas, la pava, me he traído varias cosas".

La mañana empieza con los sonidos de los primeros autos que ingresan a la rutina diaria por esa congestionada ruta y mientras algunos/as van insultando y otras/os aún sin espabilarse lo suficiente como para regalar energía, Víctor está arrancando el día con la pava negra en mano. Junto a la jubilada caminan hacia al vivero que hay en las cercanías, cruzando la ruta, va solo: no va a arriesgar a ninguno de sus soldados caninos por un poco de agua para el mate.

"Agua y leña. Lo primero del día", indica con el cigarrillo encendido en la boca y llenando un termo rojo sin tapa, es momento de la de segunda tanda de verdes. En la camaradería que sabe propiciar esta costumbre argentina, Víctor cuenta que en realidad a Mendoza lo trajo un celular y lo mantuvo de visita durante años el amor de una mujer.

Primero se ríe, después recorre con los ojos el predio de tierra y piedras como si ella fuera a aparecer repentinamente. "Durante catorce años estuve yendo y viniendo por esa relación. Normalmente, vengo en verano para la cosecha pero en esta ocasión vine antes porque me invitó pero llegué y ya no está, se ha ido y es poco lo que sé de ella", cuenta y saca del bolsillo del jogging un celular, uno de los primeros. "A veces nos comunicamos por acá, está todo bien, yo venía porque ella tenía una vida difícil con su familia. Yo venía jurando que la iba a sacar de todo eso y creo que lo hice. Era obvio que en algún momento iba a irse".

Se hizo un silencio sólo musicalizado por los autos que no alteran la tranquilidad en el predio de la carpa. "Bueno y se ha acercado gente a ofrecerme ayuda. Vino la Municipalidad de Maipú y también la de Guaymallén, me preguntaron si quería ir a un refugio pero les dije que yo no estoy en situación de calle, que ayudaran a la gente que lo necesitara. Yo estoy de paso, mi hermano es camionero, este viernes o el próximo me pasa a buscar por acá para volver a Buenos Aires y allá veré que hago, seguro regreso para la cosecha", justifica rápidamente. Y sigue: "Hago changas en el vivero que está acá cerca, yo trabajo por el plato de comida y los cigarrillos, vivo el día a día nomás".

Silencio otra vez. Los cuatro perros forman un círculo alrededor en una suerte de cierre perimetral. Colita provoca a otro blanco que le falta la mitad de una pata, quiere jugar, el otro hace caso omiso, descansa en el día para la vigilia de la noche. "No les he puesto nombre a los otros, sólo a este, porque siempre está moviendo la colita, se cayó de una camioneta y nunca volvieron a buscarlo. Suele venir un hombre que parece que le gustan mucho estos bichos y esa bolsa grande de ahí tiene alimento, la trajo él para que les pueda dar de comer, para que los cuide pero en realidad ellos me cuidan a mí".

Una brisa muy suave apenas mueve el arbolito que cobija la carpa de Víctor bajo el sol mendocino mientras él comenta que de esa paz no se puede disfrutar en Buenos Aires. En la puerta de entrada se apilan zapatillas, algunas en mejor estado que otras, se asoma una gruesa frazada de la cama que todavía no ha sido hecha. No hay nada más.

"Yo la conocí ahí, en la cosecha", retomó. "En realidad, estaba en San Luis cuando un flaco se acercó y me quiso vender un celular, me dijo que necesitaba la plata para pagarse el pasaje y venir a Mendoza a trabajar en la viña. No, no. Le dije, hagamos algo: yo te pago el pasaje pero cuando lleguemos, me llevas a la cosecha porque quiero conocer y trabajar ahí. Ese fue el trato y así llegué a Lavalle, ella vivía ahí y... acá estamos, ¿viste que mi historia no le interesaría a nadie?".

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