Teatro Gran Rex, Mendoza, allá por el 1990 y pico. Sala repleta a oscuras, expectante, y sale él con su figura elegante, su pose seria y su carpeta roja.
Teatro Gran Rex, Mendoza, allá por el 1990 y pico. Sala repleta a oscuras, expectante, y sale él con su figura elegante, su pose seria y su carpeta roja.
"Cuando Johan Sebastian Mastropiero...", alcanzó a decir. La algarabía nació instantánea y recorrió cada butaca del teatro. Risas, aplausos, "bravos", todo se unió en un segundo sin que nadie lo hubiese planificado. Marcos Mundstock, voz y cerebro de Les Luthiers, nos miró y apenas levantó una ceja.
Cuando el teatro entero calló, ensayó una tosesita que era casi un "desubicados", y recomenzó. "Cuando Johan..." y nuevamente, ahora ya una marejada de carcajadas y aplausos, lo frenó en seco. Para la tercera, rápido como era para las palabras, Mundstock nos cerró la boca con otra carcajada: "Cuando el... artista anteriormente nombrado..." y dio comienzo a un nuevo sketch.
Cómo vamos a extrañar al hombre que ponía palabras en la genial inventiva de Les Luthiers. El Mundstock que junto a su amigo Ravinovich hacían ese dúo implacable e impecable que mantenían diálogos que ni al mejor corrector de la RAE se le hubiesen ocurrido intentar meter en un diccionario. Porque, recuerden, si cuando habla uno solo es un "monólogo" cuando hablan dos es un "biólogo".
Pasaron apenas días del triste día en que Les Luthiers, los argentinos y el mundo entero tuvimos que decirle adiós a Marcos Mundstock y recién hoy, como si fuese una película en cámara lenta (el slow motion es para los millennials), caí en la cuenta que despacito, como para que nadie se diera cuenta, Johan Sebastian Mastropiero estaba haciendo mutis por el foro.
Tal como si lo indicara algún guión, de los tantos que pasaron por los 50 años del grupo que recibió el Princesa de Asturias, el galardón más apreciado en el mundo del habla hispana, lento pero constante el alma de Mastropiero va convirtiéndose en palabras y escondiéndose, nuevamente, en esa carpeta roja que todos esperábamos ver aparecer en escena.
Para siempre quedará la inteligencia y la rapidez de Mundstock para salir de apuros. Cuenta su amigo Carlos Lopez Puccio que "una noche, en una función, estaba interpretando a un político que, en nombre del Presidente, le pedía a un músico una modificación del himno nacional. De pronto se escuchó en el teatro una sirena policial que venía desde afuera. Con total naturalidad, Marcos dijo al músico: 'Apure, que ya está llegando el Presidente'".
Para siempre quedarán las risas de generaciones de argentinos festejando el buen humor. El humor inteligente. Y también, para siempre, las palabras que aportó a nuestro vocabulario como cinecólogo, médico de actrices de Hollywood, que podían llegar a sufrir actritis, o aprendizajes como que "suicida" no es el que mata a un suizo, sino alguien que se quita la vida "a sui mismo". Y, claro, extrañaremos su voz legendaria que entre tanta risa escondía lecciones de vida, porque como Mundstock decía: "time is money", ya saben, "el tiempo es un maní".
