El tipo no debe entender bien que pasa. Mire que ha recorrido caminos en esto de la aventura que suele denominarse a vivir del fútbol, pateó sus primero garabatos con la redonda en la cuenca del Plata y se hizo Leproso - que destino su futuro - hasta el cansancio; se mudó rápidamente por sus condiciones de férreo volante a uno de los brazos de la Costa Azul, allí en Marsella y en un santiamén le tocaron timbre para subir a la azotea del Principado en Mónaco, siendo un príncipe con corona y logrando que lo llamaran: Messie.
Bernardi: el príncipe que una noche se convirtió en sapo
El tipo tampoco vivió la vida de un cuento, su final feliz lo busco como usted o como yo y seguro en eso anda como vos o como ellos, se lesionó, se golpeó íntimamente y fue herido como todos; el made in Argentina lo repatrió y Newell´s le abrió una puerta que nunca cerró, llegó y se fue campeón por el túnel del tiempo que jugaba para su equipo.
Su amor por la pelotita lo guió para sentarlo en un banco y transmitir lo que "mamó". Y un buen día Godoy Cruz lo llamó para que su principesca figura se hiciera caminos entre las viñas, abriendo surcos con un equipo de presupuesto acotado, pero eso sí; con chicos y sueños en racismos que la cantera tombina cosechó. Llegó casi de "noche" y él solo quería trabajar, conocer que tenía, con que se encontraría. Al tanto de todo puso manos a la obra y empezó a moldear un "chiche nuevo". Los pibes de la cantera felices.
Venía por delante un par de competencias con actividad poco normal, jugar la Libertadores era uno de los torneos "anormales" y el contrato firmado seguramente no especificaba que debía salir a perder esos seis partidos, que para uno o muchos en el club, eran solo una "basurita" que no entorpecería la cita con lo que realmente pretendían: apuntalar el Torneo de Primera y no perder terreno en los "promiedos".
Y ese ángel que nadie quiso en el cuento, de repente aterrizó en el Predio de ensueño en Coquimbito y decidió estacionarse y convivir con los espíritus nobeles a los que Bernardi guiaba. Y el aleteo comenzó a desbordar y a fijarse entre el cielo y el infierno.
La Copa, que era solo verla pasar sin tocar se apoderó de la "Masia Bodeguera" y los "canteranos" explotaron ante brasileros, bolivianos y paraguayos, lucían protegidos por una luz sin sombras y sumaban cada noche entre semana baja una nueva luna sin menguantes.
Y en el torneo asignado por el proteccionismo del "elegido para la causa" no cuadraba la orden impartida, y se dejaban escapar algunos puntos que no eran para dramatizar e inexplicablemente hacían dudar a la voz oficial.
Y la Copa: Gestión Bernardi. Se miraba de frente y no se podía tapar lo que el continente exclamaba de un equipo chico vestido de grande y con pilchas de joven.
Y entonces el tipo, con el pecho inflado de tanto orgullo, con las lágrimas de los purretes que se enjuagaban con la de los hinchas una vez concluida la proeza y con el ángel guiñándole mas arriba que el palco VIP salió desaforado y satisfecho a abrazarse con la historia.
Pero algo lo detuvo en su carrera. Se plantó como lo hacía ante cualquier volante y frente a quien quisiera y abrió los ojos respetuosamente pero atónito a metros de la raya que divide a los que juegan con la lengua que a los que lo hacen con los pies y los escuchó: puteandolo, silbandole, exigiendole, agrediendo su postura de principe... endemoniados, estupidizados, frenéticos y zarpados.
Justo a él. Injusto a él.
Desconcertado y desconsolado actuó como lo educaron y se educó. Media vuelta a los imbéciles. Alzó a los pibes y marchándose con la frente en alta bajando los escalones se metió en el túnel que el tiempo alguna vez fue de él y sin mas esa noche supo que los príncipes pueden convertirse en sapo cuando los besos que recibe son lanzados por demonios y no ángeles.
No haga caso Bernardi. Siga siendo como es. Mal no le va, aunque eso quieran hacerle creer. Mendoza no es tan mala, por más que existan menos príncipes que mendigos. Y dirigentes por favor es tiempo de jugar al fair play, identificar y sancionar a tanto alarmante agresor verbal dando vueltas por ahí.