columna política

La influencia de los medios, el caso Trump y las visiones conspirativas

El resultado electoral en los Estados Unidos ha desplomado la idea de que cuando los medios hegemónicos y poderosos van hacia un lado determinado y todos juntos, siempre encuentran lo que quieren dirigiendo como ganado a la voluntad popular.

Para el extraordinario proceso electoral de los Estados Unidos que acaba de finalizar con el sorprendente triunfo del magnate Donald Trump, Hillary Clinton, la candidata demócrata, la candidata del oficialismo, recibió el apoyo de 229 diarios y 131 semanarios, mientras que el triunfador Trump cosechó las adhesiones de sólo 9 diarios y 4 semanarios.

El dato, revelador para la sociedad argentina que todavía se debate, en gran medida por los apoyos o las oposiciones que la corporación mediática le ha dado a los últimos gobiernos argentinos, en especial a Cristina Kirchner en su carácter de cuestionada por los grandes medios y a Mauricio Macri, supuesto receptor de una descomunal campaña a su favor por los principales medios gráficos y audiovisuales concentrados del país, ha sido brindado por el periodista Pablo Boczkowski para la revista Anfibia que edita la Universidad Nacional de San Martín, artículo o ensayo que el periodista tituló "Los diarios con Hillary, los fans con Trump". El artículo resultó predictivo y revelador, porque se publicó un día antes de las elecciones norteamericanas, las que como todo el mundo ha visto tuvieron un resultado que pocos pudieron prever.

Si nos atenemos a la visión conspirativa que ha tenido buena parte de la dirigencia política de nuestro país, especialmente la que nos gobernó hasta diciembre del 2015, la demócrata Hillary Clinton debió recibir a lo largo de una extenuante campaña electoral el invalorable apoyo de la corpo periodística de los Estados Unidos, mientras su rival, el inclasificable Donald Trump resultó duramente hostigado por su perfil sexista, xenófobo, racial y fascista.

La teoría de que cuando un grupo de medios concentrados se unen a favor o en contra de un proyecto político, de un candidato o de una medida de gobierno determinada, debe culminar, indefectiblemente, por imponerse, quedó sepultada por completo con el caso norteamericano.

Hace ya tiempo que los medios de comunicación han dejado de dirigir la voluntad de las masas. Quizás en nuestro país ese fenómeno tuvo vigencia hasta fines del siglo XX, cuando los grandes medios poseían un poder de influencia notable en los ciudadanos. Alfonsín, en los albores de la democracia, lidió contra lo que hoy se conoce como la "prensa hegemónica". También le sucedió a Carlos Menem sobre el final de su largo mandato de gobierno y cuando los grandes medios dejaron de sacarle el jugo a grandes negocios que pudieron atar con el poder político de entonces. Fernando de la Rúa también sufrió una embestida agresiva en su contra durante su efímera, torpe y altamente corrosiva gestión que nos depositó frente al período de degradación social, económica e institucional más crítico de nuestra historia. Cuando el kirchnerismo lanzó su plan para acorralar al campo, entre el 2007 y el 2008, y recibió una cerrada oposición mediática, logró imponer a la vez con una habilidad notable que sus males provenían por el bombardeo de la prensa que lo hostigó sin piedad. Tan es así que los culpó por la derrota electoral de aquellas elecciones de medio término del 2009 señalándolos como los que inocularon en los ciudadanos desprevenidos el veneno maldito del voto en contra.

Dos años más tarde, Cristina obtenía casi 55 puntos de adhesiones en las presidenciales en las que lograba la reelección. Y lo hacía con los mismos medios en contra y con sólo un puñado de nuevos medios a favor financiados con fuertes partidas de dinero público. El discurso político oficial de aquellos tiempos daba cuenta de que la política, de que el gobierno popular y nacional, había logrado vencer a la prensa canalla, cipaya, capitalista y desprovista de intereses comunes, sociales y generales para abastecer la angurria de sus CEOs y personajes siniestros que la sostienen. Cuando Macri le ganó por 700 mil votos a Scioli, el kirchnerismo y algunos personajes del propio peronismo echaron a rodar esa verdad revelada de que tras doce años de gobierno habían sido despojados del poder por la inhumana e inmoral campaña en contra de los medios hegemónicos asociados a uno de los empresarios más ricos de la Argentina el que ahora, por obra y gracia de esos mismos medios, pasaría a comandarla.

La elección presidencial de Estados Unidos le ha dado una descomunal cachetada a tales teorías conspirativas. Un ser tan despreciable para la inmensa mayoría de medios de comunicación norteamericanos que le hicieron una salvaje campaña en contra, es el nuevo presidente de la nación más poderosa de la tierra.

En Estados Unidos, desde el martes, los confundidos analistas e intelectuales buscan respuestas a semejante fenómeno. En la volteada caen también las encuestadoras, pero éstas, en verdad, hace ya varios años que no son tomadas muy en cuenta por los pueblos. Las élites dirigenciales se nos muestran absortas frente al nuevo fenómeno. Y ya ven, con pruebas al canto, que los denominados medios sociales, o las redes sociales como aquí las conocemos, más cercanas a la misma gente han ganado un protagonismo inusitado. El mismo Trump, que recibió 1 apoyo de grandes medios por sobre 27 de su contrincante, supo usar de manera más inteligente y práctica herramientas como Facebook y Twitter; mucho más que su experimentada contrincante política Hillary, a las que sus asesores más cercanos la hicieron descansar, ahora se sabe de manera equívoca, en el apoyo que recibía de los poderosos influyentes medios de su país. Trump, en verdad, siguió la experiencia de Obama, a quien sucederá en el poder desde el próximo 20 de enero. El primer presidente negro de la historia de Estados Unidos basó gran parte de su campaña que lo depositó en el poder en aquel 2008 en los jóvenes y en Twitter que ya hacía maravillas entre los grupos más inquietos de la sociedad americana.

Aquí en nuestro pago chico, en nuestra Mendoza, todavía hay quienes desde la política y desde el poder económico temen a niveles extremos una posible nota de tapa en contra de cualquiera de los medios gráficos que se editan en papel. Y en el periodismo tenemos, hay que decirlo también, a algunos colegas que gozan de un prestigio elevado a niveles estrambóticos que creen que desde la tapa de un diario se puede decidir el futuro de la provincia, la remoción de tal o cual ministro o provocar el tambaleo de tal o cual administración de gobierno.

Los medios contamos y estamos obligados a inmiscuirnos en las cuestiones turbias del poder político. Lo que contamos y decimos quizás sirva a nuestros lectores, oyentes o televidentes para hacerse una idea de algo que desconocen, quizás para ratificar una posición individual, una opinión, una idea ya tomada en el fuero más íntimo de esas personas. Y en medio de procesos electorales, como el que vivió nuestro país el año pasado, o como el que acaba de protagonizar un país tan poderosos como Estados Unidos, los medios y sus opiniones sólo sirvan para afianzar cualquier pensamiento que cada uno tenga, hacia un lado u otro. No creo que desde los medios, a esta altura de las circunstancias, provoquemos giros inesperados que la misma sociedad no haya digerido en la intimidad más sagrada e inviolable de las personas.

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