Conciertos

El encantamiento de una flor

Loli Molina trajo por primera vez a Mendoza su equipaje de canciones. Mística, belleza e inspiración.

Por Eugenia Cano

Hay alrededor de 120 personas en la sala. Las canciones de Daniel Vinderman y el violín de Víctor Silione han dejado flotando en el aire su estela onírica y melancólica. Pasan unos minutos hasta que finalmente aparece con su guitarra en la mano y su vestido floreado. Es de contextura pequeña y rostro aniñado. Se sienta en el centro de un escenario que la contiene sólo a ella y canta. Los aplausos no tardan en llegar y se palpa en el ambiente la euforia de quienes por mucho tiempo han estado esperando su aparición. Es Loli Molina. Y es su debut en Mendoza.

Los músicos Vinderman y Silione en la previa. Foto: Yemel Fil.

Para aquellos que por estos pagos aún no la conocen, se perfil artístico se traza instantáneamente al bucear en la Web. Sagitariana, nacida en Buenos Aires, 29 años. Es cantante, guitarrista y compositora. Su debut oficial fue de la mano de Juana Molina en el 2007 cuando la convocó a participar del Festival Buenos Aires Folk. A los 20 años firmó contrato con el sello Sony Music y llegaron los álbumes “Los senderos Amarillos” y “Sí y no” (este último con la producción de Tweety González. “Rubí” es su última creación musical gestionada de forma independiente. Dentro de este recorrido forma parte del selecto grupo de jóvenes iluminados bajo el aura ‘indie’ y lo que es más importante: es dueña de una voz tan angelical y dulce como una infusión de vainilla y caramelo.

Loli Molina ha viajado mucho, pero el sábado fue su primera parada en la provincia. “Hola gracias por estar acá. Ya me voy a ir desinhibiendo, estoy con un poco de vergüenza”, confiesa al terminar de interpretar el primer tema. A decir verdad, su comentario no fue equivocado, porque a lo largo del recital, el público no sólo que termina descubriendo su exquisito talento en vivo, sino que se llevará a casa la foto de una mujer espontánea y con un humor sorpresivamente ingenioso.

Loli Molina tuvo su debut frente al público mendocino. Foto: Yemel. Fil.

Las canciones de Rubí fueron el punto de partida para este primer contacto. Los días, En la noche, Viajando, Brillo y Relieve, trajeron la delicadeza de trasportarse a una dimensión de ensueño donde las emociones se pasean en libertad. Hay tristeza y hay belleza. Y se siente tan bien como una caricia que llega en el momento justo. Melodías amables y misteriosas brotan de la guitarra y juegan con las palabras. Resulta en vano describir más: Loli Molina hace música para sentir. Es ese perfume que emana de un flor en el que hay que cerrar los ojos para disfrutar la fragancia.

Foto: Yemel Fil.

Durante el recital la compositora porteña también desandó temas de sus discos anteriores y algunas joyas que sólo se encuentran curioseando en Youtube. Contó que la última placa está atravesada por el ‘morir y revivir’, esa constante que plantea la vida. Que las canciones surgieron luego de atravesar experiencias personales y conocer distintas culturas, y que tiene ganas de volver a Mendoza ‘cuando haga más calor’ junto a su banda. Por último, le recordó al público que un concierto cobra sentido porque existe la conexión entre uno que necesita expresarse y un otro dispuesto a escuchar. “Esto lo hacemos juntos”, dijo y agradeció.

Éstas fueron las postales de una noche intimista y llena de misterio que no fue indiferente para ninguna de las personas que colmaron la Mediateca de Godoy Cruz. Es seguro que habrá mucho más para narrar sobre ella por estas latitudes, porque ‘si el gorrión canta, que su canción no termine nunca’. Bienvenida. 


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