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Calidad de vida

Cultivar el don del aprendizaje

Cuando incorporo algo nuevo a mi patrimonio de conocimientos, me siento diferente.
Por Marcela Heras - Instructora Método DeRose

“Quien tiene ganas de aprender, aprende”, decía categóricamente una de mis profesoras del extinto BOD (bachillerato con orientación docente). Y me sumo a la idea.

Agudizando los sentidos, prestemos atención a las sensaciones corporales, emocionales y mentales luego del acto en que elegimos aprender. Sí, como leyó… elegimos aprender. En edad escolar, el aprendizaje es impuesto: alguien –un adulto– eligió por nosotros: colegio, modalidad, horario, etc. En la segunda fase de la formación académica ya somos más partícipes del proceso: por lo general, somos nosotros quienes decidimos a qué colegio asistir… Y así, hasta llegar a ser profesionales… o no, no importa. No es ese el quid de la cuestión.

Me refiero aquí al don de aprender de absolutamente todo. Aprender de situaciones cotidianas, de la observación de colegas, familiares, amigos. Aprender de lecturas, de películas. Aprender a través del estudio, pero también de la experiencia. Por supuesto que además abrazo con vehemencia el aprendizaje institucionalizado: descubrir y conocer un idioma, aprender a bailar o cocinar a través de cursos, instructores y profesores.

Personalmente, cuando incorporo algo nuevo a mi patrimonio de conocimientos, me siento diferente. Y esa sensación está desligada del calibre de lo aprendido: siempre resulta algo gratificante, como si, literalmente, hubiese subido un escalón más. Prestando atención, hasta puedo percibir el sonido de mis axones y dendritas creciendo, reestructurándose, alimentándose. Agradeciendo el estímulo a través de esa sinfonía.

¿La idea final? No dejar nunca de aprender. No decir: “No estoy para esas cosas; la tecnología no es para mí; yo estoy bien así, no necesito saber más…” Sumergirse en la gran aventura de aprender. Para mí, por ahí está la pista para descubrir el elixir de la eterna juventud.

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