13 de abril de 2026
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por Marcelo Torrez

La epidemia de “ojo seco” en Alvear y la Ley de Ética Médica

Hace un tiempo que en General Alvear una extraña epidemia de afecciones ofstalmológicas tienen a maltraer a personas adultas, abuelos ellos, de más de 70 años. El diagnóstico es, para una mayoría, sorprendentemente siempre el mismo. “Usted padece de ojo seco”, les dice a todos por igual uno de los especialistas que, en Alvear, atiende a las obras sociales OSEP y PAMI que prestan el servicio de cobertura a casi el cien por ciento de la población.

Los pacientes se van pasando de boca en boca el comentario. Todos, o su gran mayoría, salen del consultorio con la misma sentencia: “ojo seco” y todos, por igual, con el mismo tratamiento: tres dosis de una inyección mágica que, con el tiempo, debiese atacar los síntomas de la afectación que no es otra cosa que una degeneración de la mácula ocular, una capa amarillenta de tejido sensible a la luz que está ubicada en la parte posterior de la retina. Con el paso del tiempo y el envejecimiento, la mácula va perdiendo hidratación y con ello la ceguera avanza al punto de dejar casi sin visión a quienes son afectados.

Lo curioso es que son muchos los casos y se van multiplicando, siempre diagnosticados por el mismo profesional. La consulta, por obra social, oscila para los pacientes que portan OSEP, la obra social provincial, el valor de 70 pesos. Según la enciclopedia popular Wikipedia, para detectar la enfermedad “pueden realizarse distintas pruebas. Entre ellas la angiografía fluoresceínica y angiografía con verde de indocianina, así como la tomografía de coherencia óptica que permitirán determinar la extensión y el carácter de la lesión y el tratamiento más idóneo. Mientras más a tiempo se realice en diagnóstico más posibilidad existirá de detener esta enfermedad”.

La misma Wikipedia sostiene, en cuanto al tratamiento que “hasta hace poco no existía un tratamiento eficaz de esta enfermedad degenerativa. Desde hace unos años existen varios fármacos para su tratamiento. Son medicamentos denominados antiangiogénicos que se inyectan directamente en la cavidad de ojo y que pueden ser de diferentes tipos”.

En Alvear, el tratamiento que suelen recibir los pacientes está compuesto por tres inyecciones de antiangiogénicos. La OSEP cubre los costos en un 60 por ciento. El valor del fármaco alcanza los 30 mil pesos: 18 mil son absorbidos por la obra social, los 12 mil restantes corren por cuenta del paciente. Hay quienes juntan forzosamente peso por peso los miles que necesitan para acceder a la supuesta cura. Muchos son ayudados por sus hijos, hijos a los que a su vez no les sobra nada.

Uno de esos pacientes llegó hace unos días a Mendoza para recibir otra opinión especializada. Un oftalmólogo de una clínica reconocida, al ver los estudios y al observar el ojo del hombre afectado, cercano a los 80 años, se espantó. “Usted no tiene que colocarse estas inyecciones. A usted hay que operarlo de cataratas”, le dijo. Algunos que han recibido las dosis de inyecciones que lograron comprar desangrándose han sufrido consecuencias no deseadas. Además del dolor que han debido soportar, algunos no han logrado mejoras y otros, los peores casos, afirman que han llegado a perder la visión de uno de sus ojos.

“Con estos nuevos medicamentos se consigue estabilizar e incluso mejorar la agudeza visual en un pequeño porcentaje de estos pacientes, si bien en la mayor parte se sigue deteriorando la función visual”, afirma, como una sentencia temeraria Wikipedia.

Ayer, el gobierno de Francisco Pérez envió a la Legislatura un proyecto de ley que está haciendo mucho ruido. Se trata del proyecto de Ética Médica, resistido corporativamente por buena parte de los médicos mendocinos. El escrito tiene 29 capítulos y 220 artículos y uno de los objetivos centrales apunta al trato digno, a estar informado de forma oportuna y veraz, al respeto a la voluntad del paciente al derecho al acceso a su historia clínica y al consentimiento informado.

El proyecto puede que no ser la solución definitiva a los negociados que se extienden a lo largo y ancho de la provincia, especialmente en aquellos lugares más alejados de la capital mendocina. Pero es indudable que hacía falta, porque para una buena parte de los médicos mendocinos ni siquiera el juramento hipocrático les alcanza.

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