Una reflexión sobre el rol de los partidos políticos, su estado actual, su importancia y la necesidad de recuperarlos.
Estamos a tres semanas de un importante acto electoral, que si bien es de primera instancia, es indudable que el resultado que arrojen las urnas el próximo 19 de abril puede condicionar de una manera determinante el resultado de las elecciones generales. Los candidatos lo saben y por eso trabajan con intensidad por estos días para establecer sus posiciones, auscultando con ojo avizor lo que hacen sus rivales.
Pero al ciudadano común que asiste el espectáculo político desde una cierta distancia lo asaltan algunas dudas que se hacen cada vez más notorias en las conversaciones cotidianas. Si bien es cierto que un importante acuerdo se ha consolidado en nuestra sociedad desde 1983 hasta hoy, en el sentido de que ya nadie acepta como válido en nuestro país otro sistema que no sea la democracia republicana, no menos claro es que la democracia y la República tienen una deuda ostensible con la ciudadanía. O quizás sea a la inversa, lo veremos.
Julia Pomares y Marcelo Leiras, investigadores del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento, dicen en un estudio que publicaron para el Observatorio Electoral Argentino en diciembre del año pasado que desde hace tres décadas que en la Argentina se celebran elecciones en forma periódica, con altos niveles de participación, en paz, y sin que se generen controversias respecto de los resultados. No obstante, durante ese mismo período la competitividad de las elecciones se fue deteriorando, especialmente en el nivel subnacional, donde los oficialismos ganan cada vez con más frecuencia y por diferencias más amplias.
Esta tendencia viene resultando en un poder político poco distribuido, que complica el funcionamiento del sistema de pesos y contrapesos, deja a los gobiernos sin interlocutores para discutir política, construir acuerdos y compartir responsabilidades, y hace que las instituciones de gobierno sean cada vez menos eficaces para contener el conflicto político.
Aunque los mecanismos de acceso al poder son solo una parte del problema, generar las condiciones para una mayor y mejor competitividad electoral es crucial para avanzar hacia esquemas de gobierno donde el poder y las responsabilidades estén más distribuidos tanto entre los poderes del Estado como en la alternancia entre las fuerzas políticas.
Este último párrafo y las complicaciones económicas e institucionales que de tiempo en tiempo nos asaltan, hacen que surjan inquietantes las preguntas que todos nos hacemos. ¿Qué falla en este sistema? ¿Sirven los partidos políticos como herramienta para mejorar como sociedad o seguirá siendo la política un ambiente al que sólo acceden los que están preparados para ello y se avocan a esa actividad ocupando su tiempo completo y desempeñándola como si fuera una profesión?
La campaña que abrió sus compuertas el 19 de marzo pasado demuestra de manera palmaria que si bien los partidos no han desaparecido, han mutado drásticamente su función y de ser escuelas de liderazgo y ámbitos de discusión conceptual, han pasado a ser simplemente el sello y el número que permiten a ciertos candidatos identificarse con una supuesta bandería, pero en donde es contundentemente más importante la impronta personal de los postulantes que la estructura ideológica del partido.
El kirchnerismo hoy muestra al menemismo de los 90 como su némesis y percute con insistencia en el discurso de sus principales referentes sobre el riesgo que supone la propuesta identificada con Macri y el PRO de regresar a aquellos años de desastroso neoliberalismo y hasta los acusan de cobijar a la derecha represora. Pero el tema es que tanto Menem como Néstor y Cristina Kirchner se han autodefino siempre como justicialistas y el propio Macri, con un robusto liderazgo en su sector, no tiene partido y ha debido crearse el suyo con el PRO, que le sirve en Buenos Aires, pero lo deja sin estructura y sin fiscales a lo largo y ancho del país.
Algo parecido pasa en el radicalismo, en donde las posturas esgrimidas por Ernesto Sanz, Julio Cobos y Gerardo Morales parecen tener diferencias de la magnitud de las que hay entre capitalistas y marxistas, y sin embargo todos se precian de ser radicales de prosapia. En otra dimensión y huérfano de estos personalismos, la lánguida agonía en la que está subsumido el Partido Demócrata demuestra la verdad de este aserto.
Los partidos políticos ya no son lo que eran y ni siquiera se puede distinguir muy bien qué son.
Evidentemente las PASO favorecen estos liderazgos basados en los perfiles de personalidad y no es malo que así suceda. Lo que se necesita recuperar es la fortaleza de los partidos políticos como estructuras que sirvan para cobijar conceptos ideológicos claros y coherentes, a la vez que ofrezcan abrigo a los voluptuosos impulsos de los jóvenes que con curiosidad y con utópicas intenciones se acerquen a la política, del mismo modo en que premien la coherencia en las propuestas y trayectorias, consolidando liderazgos referenciales que se montan en estructuras sólidas, vivas y que cubren el territorio pletóricas de militancia.
Los partidos políticos deberían ser la herramienta que permita amalgamar esa fuerza y cierta ingenuidad que la juventud conllevan, con la experiencia de los más avezados en las lides políticas.
Las democracias más sólidas en el mundo muestran a través de los tiempos que tener dos grandes vórtices de concepción ideológica es el sistema prácticamente más estable y a veces, el más eficaz para transformar positivamente la calidad institucional y mejorar la situación de los pueblos que así se organizan.
También la experiencia demuestra que en ellos, una posición de centro izquierda y otra de centro derecha son las opciones más comunes para esos dos grandes polos de atracción. La Argentina tiene en el justicialismo y en el radicalismo espacios que se identifican con esas tendencias y justo es reconocer que en sus primeros años de gestión, Néstor Kirchner insistió en esto de crear dos grandes tendencias, aunque luego también dejó ver que su verdadera idea era tender más hacia un sistema unipartidista, como el PRI mejicano. La remanida transversalidad que llevó a Cobos a la fórmula con Cristina es testimonio de eso.
Más allá de estas anécdotas, claramente se aprecia que décadas de contubernios y un ejercicio amañado de la actividad han reducido esos partidos a casi nada. Si no hay liderazgos que les den carnadura, queda un esqueleto yermo e ineficaz.
El gran desafío de la hora no es renegar de estas circunstancias, sino optimizar y transparentar la política como actividad cívica, recuperar la alternancia y la transparencia como valores en el ejercicio y sobre todo asumir las responsabilidad de preservar a los partidos como la escuela de formación de las que surgirán los nuevos liderazgos que nos llevarán hacia ese futuro venturoso que todos anhelamos y que se nos muestra tan esquivo.
Esa es una tarea que debemos acometer los ciudadanos ya sea desde una militancia activa o desde una expectación crítica, porque es altamente improbable que los políticos hoy instalados y usufructuando estas estructuras vayan a motorizar esos cambios.
Este modo de ejercer la política no nos ha servido mucho a los ciudadanos para solucionar los problemas que nos aquejan como sociedad y de manera cada vez más acuciante, pero sí ha demostrado ser óptimo para cambiar las vidas de los que ejercen la política y les ha permitido acceder a un nivel de vida al que difícilmente hubieran llegado desde otras profesiones o actividades.
No hay razón para esperar que ellos hagan algo nuevo.
¿Habrá llegado la hora de que lo hagamos nosotros?
Esperar resultados distintos del mismo procedimiento es el principal rasgo de la locura, decía Einstein.