22 de junio de 2026
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Para pensar

Ser padres en un mundo extraviado y hostil

Se realta la solitaria experiencia de la crianza actual, bajo un paisaje desolador bosquejado por licencias escasas, abuelos ausentes y jornadas laborales que no terminan nunca y, en especial, por la pérdida del sentido de tribu que hacía posible descansar en un otro.

Por Sección Cultura

El llanto inaugural de un recién nacido que se esparce como un relámpago por la sala de parto mientras sus padres se besan en ritual eufórico es el comienzo de una experiencia indeclinable que con el correr de los días mostrará el lado menos amable de la maternidad: hay ansiedad y alegría, cierto, pero también soledad, cansancio y sobreexigencia.
 
"El problema no son nuestros hijos, pero tampoco somos nosotros. El problema es una sociedad cuyas exigencias son radicalmente incompatibles con las necesidades de los bebés y también con las de quienes cuidan de ellos", suelta Del Olmo, filósofa de profesión y madre de Guillermo y Adela.
 
"¿Dónde está mi tribu?", editado por Capital Intelectual, tuvo sin duda un origen catártico derivado de las impresiones que la autora recogió en sus primeras días como madre, pero a medida que la escritura avanzaba se transformó en una indagación sobre una dinámica social hostil a la crianza y una crítica a una  estructura económica depredadora de los lazos solidarios.
 
"Si no hubiera tenido un niño seguro no hubiera surgido este tema. Lo que tiene de particular el libro es cómo se vincula la  experiencia de tener un hijo con mi bagaje anterior crítico al capitalismo, cómo se relaciona el acontecimiento fundamental que te cambia la vida con una visión crítica del sistema que venía trabajando desde antes" apunta del Olmo a Télam desde Madrid.
 
"El otro disparador fue el relativo enfado que sentí con los libros de crianza que leí cuando nació mi hijo. Sentía que no me ayudaban y por el contrario me dejaban con una especie de regusto, de cierta culpa y ansiedad -relata-. Había enfoques tan opuestos que parecía imposible encontrar allí un camino. A su vez me molestaba la manera desaprensiva los autores y la desatención con la situación de la madres y padres de carne y hueso".
 
Del Olmo carga contra la entronización de la figura del "experto" que desembarca cual gurú para trazar vectores de crianza pero cuyos aportes, confrontados a las disparidad de enfoques que se aniquilan entre sí, aportan más confusión que alivio.
 
Esta liturgia maternal se mueve en torno a dos grandes circuitos antagónicos: el de los enfoques "adultocéntricos" que exaltan la naturaleza salvaje del recién nacido y promueven espartanas rutinas de adiestramiento y el de los llamados modelos de apego, condescendientes con las fases de desarrollo del niño y a su vez menos rígidos con los atribulados padres.
 
¿Cómo se explica el actual aluvión de libros dedicados ya sea a hurgar en los matices menos complacientes de la maternidad como a trazar líneas de acción para encarar la crianza? ¿Están los padres más desorientados que en generaciones anteriores o es la sociedad que intenta convencerlos de que deben ser socorridos desde el afuera para criar a sus hijos?

Del Olmo testimonia en primera persona la solitaria experiencia de la crianza actual, bajo un paisaje desolador bosquejado por licencias escasas, abuelos ausentes y jornadas laborales que no terminan nunca y, en especial, por la pérdida del sentido de tribu que hacía posible descansar en un otro, cuidar a los ajenos y vivir bajo un sentido de pertenencia comunitaria.
 
"Somos una generación de padres que deben lidiar todo el tiempo con la culpa. Con una vida como la que llevamos, es difícil estar a la altura de lo que en el fondo sentimos que deberíamos estar haciendo. Lo que necesitamos es recuperar una suerte de red, un tejido social que nos proteja y nos ayude y en el que aprendamos a apoyar, a cuidar, una instancia que obviamente va más alla del cuidado de los niños", propone del Olmo.

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