En un contexto atravesado por la incertidumbre de la economía domestica y la persistencia de variaciones en los precios y caídas de los ingresos, las familias argentinas enfrentan una realidad cada vez más exigente en términos financieros. La situación es tan delicada que un posteo de una conocida tarjeta del Grupo Galicia no solo generó polémica, sino que también volvió a poner en primer plano una preocupación latente.
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Economía doméstica y tarjetas de crédito en alerta: cómo evitar el endeudamiento en tiempos de inflación
La morosidad se dispara y crece el uso riesgoso de tarjetas. Claves para ordenar la economía familiar y personal en un nuevo contexto.
El mensaje que encendió la polémica
La publicación en redes sociales de Tarjeta Naranja advertía a sus clientes que, antes de usarla, recuerden que ya la utilizaron y deberán pagar. El mensaje, tan llamativo como inusual, parece destinado a quedar entre los más insólitos: una tarjeta de crédito que sugiere no usarla.
Si bien existen factores que escapan al control del ciudadano (como las fluctuaciones globales o el nivel de empleo), la fragilidad de las economías domésticas suele agravarse por decisiones tomadas dentro del propio hogar: falta de previsión, desorden financiero y arrastre de deudas. En ese marco, la advertencia de la tarjeta encuentra una explicación concreta: según consultoras financieras, la morosidad en ese segmento estaría superando el 20%.
La falta de organización como principal riesgo
El consultor y especialista en finanzas Darío Loforte, en diálogo con Sitio Andino, señala que el principal factor de riesgo en los hogares es la ausencia de organización: “No hay presupuestos familiares, no hay una economía ordenada”.
Frente a variables macroeconómicas incontrolables, Loforte recurre a una lógica empresarial para explicar la dinámica del hogar: “Las amenazas están afuera, no las puedo gestionar. La inflación, la incertidumbre, la guerra, todo eso está afuera. Pero sí puedo gestionar lo que pasa de la puerta para adentro”.
Ante un shock externo (como un aumento del 20% en los combustibles en apenas dos semanas), la respuesta no debería ser la queja pasiva, sino la adaptación. “Si la nafta aumenta, pensemos cómo reorganizamos la logística en casa”, propone, sugiriendo reducir traslados innecesarios en lugar de buscar culpables externos.
El riesgo del financiamiento en cuotas
Uno de los hábitos más extendidos y riesgosos es la financiación en cuotas de bienes de consumo inmediato, como la compra semanal del supermercado. “El problema es que te financiás en tres meses lo que consumís en una semana”, advierte Loforte.
Esta práctica agota rápidamente el límite de las tarjetas de crédito y obliga a recurrir al efectivo para cubrir gastos corrientes, reduciendo la liquidez necesaria para afrontar el resumen. El resultado es un círculo de endeudamiento crónico, donde los intereses crecen por encima de los ingresos: “Terminás perdiendo al final del día”.
Parte de esta desorganización responde a una distorsión generada por la inflación. Los aumentos salariales nominales pueden generar una falsa sensación de alivio, cuando en realidad pierden sistemáticamente frente al costo de vida.
El fenómeno también impacta en el sector privado. “Estamos reaprendiendo a trabajar sin inflación”, relatan algunos empresarios, según el consultor. La dificultad para proyectar contratos o actualizar precios en un contexto incierto evidencia el nivel de desorientación general.
Educación financiera: una necesidad urgente
En este escenario, la educación financiera se vuelve urgente. Pero no desde la lógica de la inversión sofisticada, sino desde lo cotidiano. “Cuando hablamos de educación financiera no es enseñar a invertir en bolsa, sino ordenar la economía doméstica”, aclara Loforte.
En ese sentido, recomienda inculcar hábitos desde la infancia: asignar presupuestos limitados mediante billeteras virtuales para que los chicos comprendan que los recursos son finitos. “Cuando se termina, no hay más, hay que esperar al próximo ingreso”, explica.
En la adultez, la falta de esta formación se traduce en decisiones ineficientes. Atrapados por promociones agresivas, muchos consumidores inmovilizan su dinero en productos no esenciales y pierden liquidez para cubrir necesidades básicas. “El tres por dos no es un beneficio para vos, es una estrategia del supermercado para aumentar el ticket”, advierte.
La falta de análisis crítico se refleja en indicadores preocupantes, como niveles de morosidad cercanos al 21% en algunas entidades de crédito.
Ordenar el presupuesto como eje central
Frente a este panorama, la recomendación es clara: ordenar el presupuesto. Registrar gastos en detalle, ya sea en una planilla o en aplicaciones móviles, permite proyectar compromisos a mediano plazo y trabajar con estimaciones conservadoras de ingresos. “Si no sabés en qué gastas, no podés ajustar nada”, resume Loforte.
También aconseja destinar ingresos extraordinarios, como el aguinaldo, al ahorro, evitando caer en consumos impulsivos que luego derivan en deudas.
Otro punto crítico son los gastos ocultos. La digitalización de los resúmenes bancarios hizo que muchos usuarios dejaran de revisarlos con atención. “Abrí el resumen y revisalo: ahí aparecen cargos que no tenías en cuenta, intereses, suscripciones”, señala.
Detectar consumos innecesarios (muchas veces en dólares) puede significar un alivio importante para el presupuesto mensual.
Disciplina para recuperar el control
Administrar las finanzas personales en un contexto adverso exige disciplina. Registrar gastos puede resultar incómodo, incluso frustrante, pero es el único camino para recuperar el control.
Como concluye el consultor, enfrentar los números reales, aunque incomoden, es el primer paso indispensable para reconstruir una economía doméstica ordenada y resistente frente a la incertidumbre.