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Trabajo

Cuatro de cada cinco trabajadores sufre privación alimentaria durante la jornada laboral en Argentina

Un informe de la UCA revela que el 83,5% de los trabajadores sufre privación alimentaria durante la jornada laboral por el deterioro del salario real.

Por Marcelo López Álvarez

La caída del poder adquisitivo de los trabajadores argentinos comienza a reflejarse con crudeza en un aspecto básico de la vida cotidiana: la alimentación de quienes trabajan. Un informe reciente del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la Universidad Católica Argentina, elaborado en colaboración con la firma Edenred, revela que el 83,5% de los asalariados sufre algún tipo de privación alimentaria durante su jornada laboral por motivos económicos.

El dato describe un fenómeno que excede la pobreza estructural y alcanza a amplios segmentos del mercado de trabajo formal. Según el estudio, apenas el 16,5% de los trabajadores se mantiene al margen de cualquier forma de restricción alimentaria durante su horario laboral, lo que configura un diagnóstico claro sobre el deterioro del salario real y la insuficiencia de los ingresos para sostener estándares mínimos de bienestar.

La investigación, basada en una encuesta realizada sobre 1171 trabajadores de distintas ciudades del país, indaga en los hábitos alimentarios de los asalariados y en las condiciones laborales que influyen sobre su rutina diaria. El panorama que surge de ese relevamiento es el de una fuerza laboral que, incluso estando empleada, enfrenta crecientes dificultades para cubrir necesidades básicas.

Un fenómeno extendido

El informe identifica dos formas principales de privación alimentaria en el ámbito laboral. Por un lado, la reducción en la cantidad de comida consumida; por otro, la elección de alimentos de menor calidad nutricional por motivos económicos. En muchos casos, ambas situaciones se combinan.

De acuerdo con los resultados, el 27,3% de los asalariados resigna cantidad o calidad en su alim

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Los trabajadores cada día se alimentan peor en sus trabajos

entación, mientras que el 56,2% enfrenta simultáneamente las dos carencias: comer menos y peor. Esta doble privación constituye la manifestación más crítica del deterioro en los ingresos laborales.

La investigación también detecta fuertes desigualdades según variables demográficas, educativas y territoriales. El riesgo de experimentar ambas privaciones resulta significativamente mayor entre las mujeres, donde alcanza al 60,1% de las trabajadoras. Entre los jóvenes de entre 18 y 29 años la proporción se eleva al 66,8%, lo que revela una particular vulnerabilidad en los segmentos que recién se incorporan al mercado laboral.

Las brechas regionales también resultan marcadas. En el Noroeste Argentino (NOA) el 65% de los trabajadores padece privaciones alimentarias combinadas, mientras que en el Noreste (NEA) el porcentaje asciende al 62,3%. En ambas regiones la crisis de ingresos aparece más profunda que en los grandes centros urbanos.

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Trabajadores: El peso del ingreso y la calificación

La investigación confirma además una correlación directa entre nivel educativo, calificación laboral e inseguridad alimentaria. A medida que aumenta el nivel de estudios alcanzado por los trabajadores, disminuye la proporción de asalariados afectados por restricciones alimentarias.

Desde la perspectiva del empleo, las mayores dificultades se registran en las unidades productivas más pequeñas y entre los trabajadores no calificados. En cambio, profesionales y directivos presentan menores niveles de privación, lo que refuerza la idea de que el puesto de trabajo sigue siendo un divisor clave dentro del mercado laboral.

El ingreso mensual constituye, naturalmente, una variable determinante. Entre los trabajadores que perciben hasta 800.000 pesos mensuales, el 68,8% enfrenta simultáneamente ambas privaciones alimentarias. En los salarios superiores a los 2.000.000 de pesos ese porcentaje cae al 31,6%.

Incluso dentro del sector formal aparecen diferencias llamativas entre ámbitos de empleo. El estudio detecta una fragilidad particularmente elevada en el sector público: el 70% de los empleados estatales padece las dos formas de inseguridad alimentaria, mientras que en el sector privado la proporción desciende al 50,3%.

Cambios en los hábitos cotidianos

El deterioro de los ingresos no solo impacta en la cantidad y calidad de los alimentos consumidos, sino también en las rutinas de alimentación durante la jornada laboral.

Seis de cada diez trabajadores admiten que se saltean comidas por razones económicas. El 46,7% afirma hacerlo ocasionalmente, mientras que el 14,4% reconoce que esa práctica se ha vuelto habitual. Entre los trabajadores más jóvenes la situación resulta aún más marcada: siete de cada diez empleados de entre 18 y 29 años declaran que omiten comidas con regularidad.

En paralelo, el 78,5% de los trabajadores admite elegir alimentos de menor calidad nutricional por motivos económicos. Entre quienes perciben ingresos más bajos, ese porcentaje se eleva al 86,7%.

Los hábitos alimentarios durante el horario laboral también reflejan las condiciones materiales de cada ámbito de trabajo. El 41,5% de los trabajadores come en su propio escritorio o puesto laboral, mientras que el 38,9% lo hace en el comedor de la empresa, cuando existe esa infraestructura.

La mayoría de quienes comen durante la jornada lo hace acompañada por compañeros de trabajo (61,9%), aunque un tercio opta por hacerlo en soledad. Otros recurren a espacios públicos, bares o restaurantes cercanos, mientras que una pequeña proporción regresa a su domicilio.

El rol de las empresas

El informe también analiza el impacto que pueden tener determinadas políticas empresariales sobre la alimentación de los trabajadores. Cuando el empleador provee directamente viandas o cuenta con comedor en el lugar de trabajo, los hábitos alimentarios tienden a mejorar de manera significativa.

En ese contexto, el 69% de los asalariados considera que sería muy útil recibir una contribución diaria cercana a los 10.000 pesos destinada específicamente a la alimentación durante la jornada laboral. Ese monto coincide con el gasto promedio que los trabajadores enfrentan actualmente para cubrir una comida fuera del hogar.

La mitad de los encuestados afirma que utilizaría ese aporte principalmente para comprar alimentos de mejor calidad y prepararlos en su casa, lo que sugiere que las decisiones de consumo se orientan más hacia el cuidado de la salud y la economía doméstica que hacia el gasto inmediato.

El interés por este tipo de beneficios también responde al aumento sostenido del costo de la comida fuera del hogar, que ha registrado incrementos superiores al promedio de los alimentos en los últimos meses.

Consecuencias para la salud y la productividad

Más allá de las implicancias económicas, los especialistas advierten sobre las consecuencias sanitarias que puede generar este fenómeno en el mediano y largo plazo. La inseguridad alimentaria en trabajadores está asociada con problemas de salud cada vez más visibles, entre ellos el aumento de la obesidad, enfermedad estrechamente vinculada con dietas de baja calidad nutricional.

Desde esta perspectiva, las políticas destinadas a mejorar la alimentación en el ámbito laboral no solo tendrían efectos sociales, sino también productivos. Según el estudio, la incorporación de asignaciones específicas para la alimentación podría incrementar la productividad hasta en un 20%, al tiempo que contribuiría a reducir el ausentismo y los accidentes laborales.

El diagnóstico final del informe es contundente: la inseguridad alimentaria vinculada a los ingresos ya no constituye un fenómeno marginal. Se trata, por el contrario, de una realidad extendida que afecta a amplios sectores del mercado de trabajo y que golpea con mayor intensidad a los eslabones más vulnerables de la cadena laboral.

En un contexto de salarios debilitados y persistente presión inflacionaria sobre los alimentos, el hecho de que solo uno de cada seis trabajadores esté completamente libre de restricciones alimentarias durante su jornada laboral refleja hasta qué punto la crisis económica comienza a trasladarse al terreno más elemental de la vida cotidiana: la posibilidad de alimentarse adecuadamente incluso mientras se trabaja.

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