El ministro Luis Caputo ensayó esta semana que termina una defensa del endeudamiento familiar, argumentando que el acceso al crédito es un síntoma positivo que permite a los ciudadanos adquirir bienes durables y dinamizar la actividad.
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Crédito, inflación y mora: el dilema estructural que enfrenta la economía argentina
El impulso al crédito reabre el debate económico: sube la morosidad y persisten desequilibrios estructurales que limitan un crecimiento sostenible.
Sin embargo, esta visión optimista colisiona en la práctica con una preocupación creciente: el incremento de la morosidad en los hogares. Este escenario reabre un debate fundamental en la economía argentina sobre la viabilidad de expandir el crédito en un país que aún no ha logrado consolidar el valor de su propia moneda.
El rol del sistema financiero y las tasas de interés
En términos teóricos, el crédito funciona como el mecanismo por excelencia para la intermediación del ahorro. El sistema financiero capta los fondos del público pagando una tasa pasiva y los canaliza hacia préstamos por los cuales cobra una tasa activa; el diferencial entre ambas puntas constituye la rentabilidad bancaria.
El problema estructural de la Argentina radica en que, durante largos periodos históricos, el sistema ha remunerado los depósitos con tasas de interés negativas frente a la inflación.
Esta política desincentiva el ahorro en pesos, dejando al ahorrista atrapado en la dicotomía de volcarse al consumo o buscar refugio en el dólar, siendo esta última la verdadera unidad de medida del valor en el país.
Históricamente, el depositante solo ha encontrado incentivos para mantener su capital en el sistema financiero local cuando la tasa de interés ha logrado ganarle a la evolución del tipo de cambio, el famoso carry trade.
Argentina vs Brasil: dos modelos opuestos
Para comprender la magnitud de esta anomalía y la consiguiente destrucción de la moneda, resulta sumamente revelador el contraste con las políticas implementadas por Brasil. A la salida de las crisis a principios de la década del dos mil, ambas naciones compartían un punto de partida similar, con sus monedas cotizando a cuatro unidades por cada dólar.
No obstante, los rumbos adoptados fueron diametralmente opuestos. Mientras que en Argentina se consolidó la política de pagar al ahorrista tasas que representaban la mitad de la inflación para fomentar artificialmente el consumo a corto plazo, Brasil optó por mantener tasas de interés positivas.
A lo largo de veinte años, esa disciplina le permitió a la economía vecina construir una moneda robusta: el real pasó de cuatro a cinco unidades por dólar, mientras que el peso argentino sufrió una depreciación sistemática que lo llevó a cotizar a cien por dólar en ese mismo periodo de análisis.
Brasil complementó este esquema canalizando el crédito productivo a través de la banca pública, evitando así interferir con la política monetaria general.
Inflación, licuación de deudas y fragilidad del sistema
La contracara de las tasas pasivas negativas en Argentina ha sido, paradójicamente, la licuación de las deudas. Durante los periodos de alta inflación, los créditos de consumo con cuotas fijas se amortizan en términos reales de forma acelerada, lo que históricamente ha ocultado la incapacidad de pago de los tomadores y ha mantenido artificialmente baja la mora.
Los ciclos expansivos extendidos permiten a los deudores tomar nuevos compromisos financieros para cancelar los anteriores, en una rueda que parece no detenerse.
El quiebre de ese equilibrio se produce cuando el ciclo se detiene bruscamente. El endurecimiento de la política monetaria, que elevó drásticamente las tasas activas, sumado a una masa salarial estancada por la caída del empleo formal, la generación de nuevos créditos se paralizó.
Ese es el punto donde la morosidad aflora como un problema tangible y peligroso tanto para las familias como para las entidades bancarias y financieras.
Este viernes se conoció que, según un trabajo de la consultora 1816 en base a los datos del Banco Central, el 30% de las deudas tomadas con billeteras virtuales tienen al menos una mora de tres meses mientras que los bancos tradicionales la mora es la más alta desde 2004 superando el 11% de las carteras de crédito.
Tasas, inflación y reaparición del crédito subsidiado
Tras el severo ajuste monetario inicial, que el presidente prometió continuar sin descanso, se observa un retorno hacia un escenario de tasas de interés más bajas, llegando a ser negativas contra la inflación en los plazos más cortos.
Con una inflación que proyecta rondando el 3% mensual, los plazos fijos tradicionales, que hoy rinden en torno al 21% o 22% anualizado. Sin embargo, el ancla fundamental del modelo económico sigue descansando exclusivamente sobre el tipo de cambio.
Ante la necesidad política y económica de reactivar la actividad, comienzan a reaparecer herramientas tradicionales como las líneas de crédito subsidiadas o por debajo del costo de fondeo impulsadas por el Banco Nación, ofreciendo tasas del 25% para capital de trabajo y planes de consumo en cuotas sin interés.
Lecciones históricas y desafíos estructurales
La historia económica nacional es abundante en advertencias sobre la peligrosidad de los atajos. Los intentos pasados de forzar un ciclo de crédito antes de estabilizar las variables macroeconómicas (desde la recordada indexación por tasa de interés de la resolución 1050 durante el gobierno militar, hasta los préstamos dolarizados que implosionaron a la salida de la convertibilidad) han desembocado invariablemente en severas crisis.
Al existir un horizonte de ahorro extremadamente cortoplacista, el fondeo de los bancos también lo es, lo que imposibilita la creación de líneas de financiamiento sustentables a largo plazo.
La condición necesaria: estabilizar la economía
Es una verdad innegable que los países que ostentan un desarrollo crediticio profundo, con ratios que alcanzan hasta los cien puntos del producto interno bruto, gozan de un mayor bienestar y estabilidad económica.
Para que Argentina abandone su dependencia de los atajos y evite las recurrentes crisis de morosidad, el orden de las prioridades resulta innegociable: primero es imperativo doblegar la inflación y reconstruir la moneda; solo a partir de esa base será posible cimentar un ciclo de crédito genuino, expansivo y sostenible a largo plazo.