Según sus datos, en Argentina, 6 de cada 10 chicos de 8 años ya tienen un celular propio. Además, un 23% utiliza el dispositivo de sus padres. Solo un 18% permanence realmente desconectado y no siempre por decisión deliberada de la familia.
Al llegar a la escuela secundaria, cerca del 90% ya cuenta con uno.
Esto ocurre pese a que muchos especialistas sugieren retrasar la entrega del primer teléfono hasta los 13 años de edad. En la práctica, los chicos suelen recibirlo entre los 9 y los 13 años (¿fue su regalo del Día del Niño?).
La evidencia disponible indicaría que recibir un teléfono a edades más tempranas puede asociarse con una mayor probabilidad de problemas vinculados con la salud mental, peor calidad del sueño y una mayor exposición a conductas de riesgo online.
Está claro que, entre el “todos tienen uno”, las comparaciones, las preocupaciones por quedar afuera y las presiones sociales, para muchas familias sostener ese límite puede ser realmente difícil.
Pero aún si ese límite se pierde, todavía quedan muchas otras barreras de cuidado.
Y acá vale hacer una distinción fundamental. Una cosa es tener un celular, otra es usarlo mucho y otra muy distinta es desarrollar un uso problemático.
Lo que sabemos con mayor certeza
La investigación sobre el uso de celulares y pantallas durante la infancia se viene consolidando fuertemente en los últimos años. Y aunque todavía quedan muchas preguntas abiertas, algunos hallazgos empiezan a repetirse con bastante claridad.
Lo primero, el impacto sobre el sueño. Está bien documentado que el uso de pantallas portátiles, como celulares o tablets, cerca del lugar y el momento de dormir se asocia con una menor duración y una peor calidad del sueño, además de una mayor somnolencia durante el día.
En parte sucede por la estimulación de la luz azul, en parte por la exitación propia de los estímulo del teléfono, y también por ese FOMO que te obliga a seguir conectado aún cuando es momento de dormir.
¿Se va dormir con música? ¿Juega videojuegos hasta que le agarra sueño? ¿El despertador del celular tiene que estar cerca de la cama?
No es solo cuestión de que pase muchas horas. También importa cuándo y dónde desconecta.
Segundo, el contenido, el modo de consumo y el contexto son claves. La relación entre tiempo de pantalla, desarrollo cognitivo y desempeño académico no es lineal ni uniforme. El impacto depende, por supuesto, de cuánto se usa, pero también (y mucho) de qué se hace, cuándo, con quién, para qué, a qué edad y qué actividades o vínculos están siendo desplazados.
No es lo mismo una videollamada con los abuelos que una hora de scroll infinito. No es lo mismo crear algo que mirar contenido pasivamente. No es lo mismo usar una tablet acompañado que quedar absorbido durante horas por una aplicación diseñada para retener nuestra atención.
Sin embargo, la evidencia sí muestra que los contenidos consumidos pasivamente o utilizados como “ruido de fondo” se asocian con peores resultados cognitivos, mientras que la exposición a contenidos inapropiados para la edad se relaciona con peores indicadores psicosociales.
Por el contrario, el uso compartido con un adulto se ha asociado con mejores resultados cognitivos. Es decir, mirar una pantalla no siempre significa lo mismo.
Esto cambia fuertemente en en niños muy pequeños (hasta los 3 o 4 años). Acá sí el tiempo adquiere una importancia especial.
La OMS recomienda ninguna pantalla sedentaria en menores de un año y en niños de un año, y un máximo de una hora.
Durante los primeros años de vida, la estimulación que producen las pantallas puede superar la capacidad del niño para procesar esos estímulos y, además, desplazar otras formas esenciales de exploración: tocar, moverse, mirar rostros, conversar, aburrirse, jugar. En estos casos, sí: menos es mejor.
Tercero, el celular de los adultos también forma parte del problema. El uso que hacemos los adultos de dispositivos tecnológicos en presencia de los niños se relaciona con peores indicadores cognitivos, emocionales, conductuales, de apego y conducta prosocial, además de un mayor tiempo de pantalla infantil.
Desde muy pequeños, los niños leen su entorno. Y también aprenden cuál es el valor social del celular observando cuánto tiempo, atención y mirada le dedicamos nosotros.
Muchas veces, el teléfono interfiere directamente en el vínculo entre niños y adultos: corta conversaciones, interrumpe el juego, fragmenta momentos de cuidado y desvía nuestra atención.
Este aspecto es uno de los más importante y más ignorados. A este fenómeno se lo conoce como “tecnoferencia”: la interferencia de la tecnología en las relaciones interpersonales.
En Estados Unidos, el 77,6% de los padres y el 68,7% de los niños utilizan dispositivos electrónicos durante las comidas.
Quizá el problema no sea solamente cuánto miran el celular nuestros hijos. Quizá también tengamos que preguntarnos cuánto lo miramos nosotros mientras ellos nos están mirando.
Criar con celulares: ¿Qué sabemos realmente sobre su impacto?
Contrario a las creencias populares, el tiempo total frente a una pantalla no es, por sí solo, un indicador de que exista un problema.
La evidencia actual no identifica al teléfono como una causa única de los problemas infantiles o adolescentes. Tampoco permite afirmar que toda pantalla sea perjudicial. Pero sí empieza a mostrar con claridad determinados patrones de uso que merecen nuestra atención.
Quizá la pregunta no sea solamente cuánto tiempo pasan nuestros niños con el teléfono, sino qué están haciendo allí, qué están dejando de hacer y qué necesitan de nosotros para aprender a entrar, navegar y comprender esa enorme ventana digital.
Acompañamiento, límites, regulación, conversaciones y una revisión sincera de nuestras propias prácticas adultas.
Hay mucho por hablar todavía… las próximas notas tendrán que seguir ahondando en este tema (muy pronto)