Tras su instauración en 1983, cada 5 de septiembre se conmemora el Día Internacional de la Mujer Indígena en homenaje a la histórica lucha de Bartolina Sisa, guerrera aymara que combatió la dominación colonial española. Su historia, que tuvo lugar en el siglo XVIII -cuando Argentina aún no recibía este nombre- sigue latente en la lucha de las mujeres indígenas contemporáneas que denuncian la violencia ejercida desde el gobierno y las instituciones, hasta de la sociedad.
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Voces indígenas en Mendoza: la lucha por los derechos de las mujeres originarias
En esta fecha, se conmemora la lucha de Bartolina Sisa, guerrera aymara que ofrendó la vida por su pueblo.
A Eugenia Figueroa, feminista comunitaria y activista territorial mendocina, le gustaría que esta efeméride pueda verse con profundidad en las escuelas y universidades públicas. “Bartolina Sisa fue una guerrera indígena que ofrendó, prácticamente, su vida para combatir la dominación colonial. Es muy importante porque conocemos a quienes liberaron la patria que son, primero, varones blancos y, después, mujeres blancas. Las mujeres indígenas están invisibilizadas”, argumenta.
Asimismo, la también estudiante de la licenciatura de Comunicación Social en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNCuyo, puntualizó que en la educación superior “hay una visión muy eurocéntrica de la enseñanza”.
En este marco, conocer -y reconocer- a estas referentes no solo genera mucho honor y orgullo, explica, sino que también son una vía de representación para mujeres, infancias y adolescencias indígenas. Pero, ¿qué implica reconocer la lucha de las poblaciones ancestrales en un contexto signado por discursos de odio, negacionismo e invisibilización?
Eugenia Figueroa: “Dos veces por semana me preguntan de dónde soy”
Eugenia cuestiona el sistema capitalista y patriarcal desde los 8 años. En Instagram se la puede encontrar como @soymujercolla y cuenta con casi 41 mil seguidores. En sus redes sociales, la mendocina comparte información sobre la lucha del pueblo indígena y denuncia las formas de violencia presentes tanto a nivel local como nacional.
“El proceso de mi identidad como joven ha sido fortalecida también desde el territorio. Me crié en parte, en Caspalá, pero nací en Maipú. Hice el primer año y jardín completo ahí, que es una comunidad indígena que está ubicada en la provincia de Jujuy, donde es originaria la comunidad colla Queyunp”, relata en diálogo con Sitio Andino.
Sus padres, oriundos de esa provincia del norte argentino, se mudaron a Mendoza y, en esta tierra, comenzaron a dedicarse a la agricultura. “Esa es la relación que tiene el pueblo colla con la Pachamama, con quien tiene una vinculación directa porque posee la sabiduría de saber plantar, cultivar, y sobre los ciclos de la tierra. A diferencia de otros pueblos que son recolectores, hay diferentes cosmovisiones”, comenta.
De chica, Eugenia supo que era diferente a los demás porque así se lo hacían sentir. Incluso hoy, recibe comentarios racistas que, de tan internalizados, para muchos ya dejaron de serlo. “Creo que dos veces por mes me preguntan de dónde soy porque tengo rulos. Según los cánones mendocinos yo no soy mendocina. Existe una extranjerización en la provincia”, cuenta. Esto fue el factor determinante para que la joven se reconociera feminista comunitaria y antirracial.
Qué es el feminismo comunitario
Según explica la militante, el feminismo comunitario no nace del ámbito académico, sino de las realidades territoriales de las mujeres indígenas. “Tiene que ver con una forma de ponerle palabras a las categorías que consumimos y que están relacionadas al feminismo europeo”, siendo este el primer acercamiento al movimiento que vemos en Argentina, resalta.
De esta forma, el feminismo comunitario se entiende como respuesta política a una nueva organización de vida. Según precisa Figueroa, está relacionado a la denuncia del extractivismo, del racismo estructural, y al saqueo de los territorios.
“El feminismo comunitario es una respuesta política al proyecto de vida que queremos como mujeres indígenas o disidencias indígenas en este contexto adverso, tanto en el país como el capitalismo, que cada vez es más feroz e individualista”.
El rol de las mujeres en las comunidades indígenas y sus reclamos
En Argentina y en Abya Yala -nombre indígena de América-, la lucha de las mujeres indígenas está relacionada, en primer lugar, con la lucha por los territorios y su preservación.
Este reclamo territorial, ligado intrínsecamente a la identidad de los pueblos originarios, no solo se trata de una cosmovisión o práctica comunitaria, sino que también existe una puja por la espiritualidad de los pueblos en la que las mujeres están a la cabeza, señala la maipucina. Y sostiene: “Son las primeras que defienden los territorios, la biodiversidad de Abya Yala y de Argentina; y también son las primeras que se encuentran en peligro de vida por esta acción”.
“Siempre hablamos del territorio como espacio político donde uno genera vida, donde se genera espiritualidad y donde se sostiene” esta forma de existencia, añade. Es desde este sentido comunitario del que se disputa no solo la lucha por la igualdad de género, la jerarquía o el espacio político, sino la defensa de la vida.
“Las mujeres indígenas y de la disidencia son las primeras que encaran esa lucha y la protagonizan”, afirma.
En una entrevista que brindó a Página 12, Eugenia cuestiona el feminismo blanco por “pensar que solo nos atraviesa la opresión de género (...) cuando en realidad, las mujeres indígenas están luchando por vivir”. En rigor, la estudiante amplió a este medio que dicho grupo sufre primero por su etnia y, luego, por su condición de mujer.
“A las mujeres indígenas no las matan por ser mujer, las matan por ser colla, por ser guaraní, por su procedencia étnica o racial, antes que por ser mujer. Entonces va de la mano el complemento de nuestra identidad a la hora de defender los territorios de las grandes empresas extractivistas que ven una vulneración en ello”, explica.
Racismo en la provincia: “El que crea que Mendoza no es racista está equivocado”
“Mendoza es una provincia conservadora, una provincia racista. El que crea que no lo es está equivocado”, señala Eugenia, no desde el enojo, sino desde la experiencia de transitar una vida disidente y racializada en la provincia cuyana.
Y continúa: “Desde la mirada del argentino blanco, criollo, se suele decir ‘acá recibimos a todos', pero después hay toda una visión negacionista”. En este sentido, precisa que Mendoza ha tenido hechos “muy concretos de racismo institucional y sistémico, que fue cuando la legislatura aprobó proyectos deslegitimando la preexistencia del pueblo mapuche”. Para la activista, esto no solo representa un ataque a dicho pueblo, sino a todas las comunidades indígenas que preexisten en el territorio provincial, como los huarpes y collas.
“Además, transitamos un contexto difícil porque se acaba de aprobar el RIGI en la provincia y esto pone en tensión a aquellas comunidades que están ubicadas en el sur con las inversiones o empresas que buscan instalarse en territorio mapuche”, señala.
Asimismo, los gobiernos de derecha no pueden llegar a garantizar los derechos establecidos en la Constitución, como los convenios internacionales a los que adhiere Argentina como el 169 de la OIT sobre Pueblos Indígenas y Tribales en Países Independientes”. Evidencia de ello es el cierre del INADI, organismo que luchaba contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo, y el nombramiento de un hombre “blanco, pro-Israel” y negacionista al frente del INAI (Instituto Nacional de Asuntos Indígenas).
Racismo y antirracismo, las diferencias
Se cree que para estar en contra del racismo basta con no serlo. Sin embargo, para diferentes autores y activistas esto no suele ser suficiente, sino que se debe tomar una postura más activa frente a las desigualdades que sufren las personas afectadas.
“Hay que aclarar que el racismo no es una cuestión de izquierda o de derecha (...) teniendo en cuenta que, hoy, tenemos una estructura estatal que genera odio racial, el antirracismo es una respuesta política para combatir lo que un gobierno nacional no solamente está ejecutando desde lo discursivo y desde lo institucional, sino también como una práctica individual”, expone Figueroa.
Y sigue: “Justamente, tomar esta postura como práctica individual y colectiva es una respuesta para poder erradicar el racismo y cambiar esas prácticas en los ámbitos donde estamos ubicados. Es poder tener una perspectiva mucho más amplia de la identidad de las personas y desde qué lugar se puede generar cambios y transformaciones”.
“El antirracismo genera cambios y paradigmas de vida diferentes a la cultura hegemónica impuesta o que predomina hoy en el país”, Eugenia Figueroa.
Talleres para (des)aprender
El punto de partida para adoptar estos cambios es a través de la información y educación. Por ello, Eugenia dicta diferentes talleres en donde aborda el feminismo comunitario y el racismo: “En la provincia tenemos medios de comunicación indígenas. Yo, personalmente, tengo una cuenta en Instagram (@soymujerolla) donde comunico todo lo que está sucediendo con las comunidades a nivel nacional, provincial y todas las actividades que se hacen”.
“Creo que esta responsabilidad [de educar] termina quedando en los activistas, pero también en la responsabilidad política de los individuos de la sociedad que tienen la posibilidad de transformar o erradicar esta práctica de odio racial y de acompañar las luchas”, concluye.
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