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Teléfono móvil

Celulares en el aula: entre promesas y resultados

El debate entre permitir o prohibir los celulares en el aula, pasa por otro lado: el verdadero desafío está entre distinguir usos, construir acuerdos y sostener decisiones pedagógicas basadas en evidencia.

Por Damian Kesler

Cuando, hace casi una década, pensaba en incorporar máquinas inteligentes a las aulas, solo podía imaginar utopías de conexión, innovación educativa y rupturas con las formas tradicionales de pensar la educación.

Lo cierto es que los celulares no entraron por la puerta de la promesa pedagógica ni de la innovación. Se colaron como intrusos, de la mano de dinámicas que poco tenían que ver con la escuela. La pandemia de COVID-19 terminó de ubicarlos como piezas necesarias para que algo de lo escolar pudiera suceder.

Y, una vez adentro, se volvió muy difícil imaginar una escuela sin celulares. Hasta hace poco.

En el mundo, 114 sistemas educativos ya cuentan con algún tipo de restricción nacional. Según la UNESCO, pasamos del 24% en 2023 al 58% en marzo de 2026.

Una ola de prohibiciones y regulaciones empezó a transformar el panorama educativo. Pero no todas las regulaciones siguen una misma línea. La organización distingue entre la “prohibición total” y la “restricción” parcial con autorización docente, y muestra distintos modelos por país, con sus matices, convergencias y divergencias.

Mientras la incorporación de netbooks y tablets a la escuela sucedió en cuotas, con años de diálogo institucional, capacitación para docentes y directivos y acompañamiento de facilitadores pedagógicos tecnológicos, la quita de los celulares parece avanzar sin tanto esfuerzo ni conversación.

Y cuanto más liviano se vuelve el debate, más obligados estamos profesionalmente a tomarlo en serio.

Las grandes promesas

La regulación del uso de celulares en las escuelas se convirtió en un tema central en la agenda educativa tanto provincial como internacional. Sin embargo, no todos los debates se rigen en los mismos términos.

En muchos casos, la prohibición aparece como respuesta a un “no saber qué más hacer” por parte de docentes y directivos. En otros, se presenta como una forma de “promover pausas digitales”. También reaparecen promesas utópicas o nostalgias evangelizadoras que reivindican la escuela que alguna vez “supo ser”.

Más allá del motivo real, algunas instituciones ya reportan recreos más activos, con niños y niñas que vuelven a conversar, jugar al aire libre e interactuar cara a cara. También hablan de menos episodios de bullying, menos conflictos dentro del aula, menos desconcentración y un mayor enfoque pedagógico.

Pero la evidencia local y global más reciente no resulta tan contundente.

En nuestro país, y a la fecha, son 16 los sistemas educativos que cuentan con leyes o protocolos propios, sin una normativa nacional que ordene el camino.

El Informe de Argentinos por la Educación y el estudio del NBER reconocen que las restricciones reducen significativamente el tiempo de uso de los celulares. Sin embargo, no muestran, por sí solas, una mejora generalizada de los aprendizajes y obligan a matizar las otras grandes promesas.

La Defensoría de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes recuerda que el uso de dispositivos tecnológicos en la escuela debe orientarse fundamentalmente a fortalecer el aprendizaje, proteger la salud integral, mejorar la convivencia escolar y promover vínculos de calidad.

Sin simplificar… verdaderos desafíos

El debate actual sobre la regulación o prohibición de los celulares en el aula exige distinguir entre el uso personal y el uso pedagógico de los dispositivos. Queda en evidencia que “lo dañino” de su irrupción tuvo que ver más con una adopción orientada a lógicas y fines ajenos a las dinámicas e intereses escolares. Por eso, los modelos regulatorios deben distinguir la restricción para uso personal, de aquel orientado como recurso pedagógico planificado, accesible y supervisado.

También deben contemplarse los casos de estudiantes que, por motivos de salud, acceso, discapacidad o emergencia, requieren protocolos e implementaciones diferenciadas. Es cierto que el celular puede funcionar como una “herramienta que iguala”, pero no siempre es el dispositivo más idóneo para la tarea educativa. En todo caso, debería ser una solución temporal mientras no haya equipamiento adecuado.

Lo más importante es no cargar la regulación con promesas de soluciones mágicas o automáticas. Las restricciones pueden proteger el tiempo y la convivencia, pero sus efectos académicos dependen del contexto y del diseño institucional.

En definitiva, restringir los teléfonos reduce drásticamente las distracciones y el tiempo de pantalla dentro del aula. Pero la evidencia internacional también muestra que la prohibición, por sí sola, no mejora las notas.

En lugar de “esconder” las pantallas, el verdadero desafío es enseñar a usarlas con objetivos pedagógicos claros y desde una perspectiva que reconozca su lugar como herramienta humana clave para afrontar los desafíos actuales. La clave es lograr que los estudiantes dominen la tecnología y no al revés. Y la escuela ocupa un lugar central en esa tarea: difícilmente lo consiga si simplemente quita los celulares de la ecuación de manera dogmática.

Queda claro que si bien es importante manipular cables o manejarse de manera autónoma en las calles, no lo aprendemos a cualquier edad y mucho menos sin el cuidado, andamiaje y supervisión de nuestros adultos.

En resumen, seá clave no dejarse deslumbrar por las “promesas automáticas” ni por las soluciones mágicas: tampoco cuando vienen del prohibitismo. Hace falta cautela crítica, formación continua, decisiones basadas en evidencia y una implementación acompañada por una medición clara de impacto.

Sacar los celulares puede ser sencillo. Educar para usarlos mejor es la tarea verdaderamente difícil.

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