Con el Gobernador se ha ido también la esperanza de Mendoza de conseguir un trato respetuoso de parte del centralismo presidencial.
Marcelo Piaser
Las provincias petroleras de la Ofephi tienen un problema: la nación sigue adelante con su nuevo plan de reordenamiento de la política petrolera sin tenerlas en cuenta; la nación las ningunea, como se entiende en la jerga de la calle. Pero Mendoza tiene dos problemas: el ninguneo de la nación, como parte de las provincias que integran la sociedad de estados provinciales petroleros por un lado y el fastidio de la nación hacia el gobernador Francisco Pérez, un mandatario que tomó partido tempranamente por uno de los eventuales candidatos en la lucha política que se avecina dentro del oficialismo para la sucesión de Cristina Fernández, en el 2015.
Y la elección de Pérez por el bonaerense Daniel Scioli en esa contienda de grueso calibre no ha sido del gusto de la presidenta, la mujer que todavía cuenta con la sartén por el mango, situación de privilegio que la hará valer más que nunca, a un año y medio de que deje la Rosada.
En medio de los vahos narcotizantes que nos dejó el fútbol, Pérez se habría enterado por los medios que el jefe absoluto de YPF, Miguel Galuccio, no tendría en cuenta a las provincias en la presentación del plan petrolero que hizo ante las principales compañías petroleras que explotan y exploran en la Argentina. Al resto de los gobernadores les ocurrió lo mismo. No fueron invitados a esa presentación con lo que la nación volvió a marcarles la cancha en un tema tan sensible como el energético: YPF y la nación conducida por Cristina están dispuestos a dejar de lado a las provincias en la negociación con las empresas si las provincias no se avienen a aceptar las condiciones que se imponen desde YPF, entre ellas la eliminación del acarreo que las provincias les pretenden cobrar a las petroleras que exploten el territorio y a la influencia que quieren tener sus gobernadores en el armado de las concesiones que se avecinan en el nuevo esquema que cambió de plano con la aparición en escena de Vaca Muerta en territorio neuquino.
En la batalla por el petróleo, Pérez parece estar librado a la suerte de lo que el resto de gobernadores pueda conseguir para mejorar la situación de la provincia. Allí su peso ha caído y con él, por ende, el de Mendoza.
Sus idas y vueltas en el tema, primero enfrentando a la Nación y a YPF al no permitir cambiar los pliegos en beneficio de la petrolera estatal como así lo presionaron para que lo hiciera en el último llamado a licitación de ocho áreas en el sur y luego su posición intermedia o cuasi neutral al despegarse del proyecto duro de nueva ley petrolera que impulsa la combativa Neuquén de Jorge Sapag para defenderse del embate nacional, han hecho de Pérez un gobernador de conductas confusas para un kirchnerismo que no admite ambagues ni medias tintas.
Es cierto que Pérez ha sufrido el maltrato de Cristina. Aún cuando se mostró al mundo como un soldado del proyecto nac&pop, allá por los comienzos de su gestión a fines del 2011. Pero la falta de gestos amables de Cristina hacia Mendoza condujeron a Pérez, en el tiempo, a buscar su propio lugar dentro del mundo peronista para ganar en visibilidad. Quiso transformarse en el gobernador coordinador de una suerte de liga de gobernadores peronistas que apoyarían a Cristina con cierto grado de visión crítica, creyendo que desde esa agrupación de fuerzas políticas, la de los gobernadores de la nueva guardia, a esta altura del partido ya estaría definido sin medias tintas el sucesor de la presidenta para el 2015. No sólo Pérez no fue ese coordinador que anhelaba, sino que tampoco surgió de allí un candidato de la confianza de la presidenta y muchos de los anotados se fueron diluyendo bajo la cruel indiferencia de la jefa de Estado.
Luego, Pérez, llevado de la mano de su vice Carlos Ciurca, se mostró muy jugado con Scioli, el bonaerense que le disputará al kirchnerismo puro la candidatura del oficialismo el año que viene. Y esa elección, valiente y audaz, le ha traído al gobernador más de un dolor de cabeza. Con lo que, ni desde adentro jugando con el kirchnerismo, ni mucho menos desde afuera del más rancio movimiento que se dice garante del modelo para los próximos años, Pérez ha podido lograr visibilidad y un trato más decoroso.
Con Pérez se ha ido también la esperanza de Mendoza de conseguir un trato respetuoso de parte del centralismo presidencial. Pérez pueda que tenga de alguna manera garantizado su futuro político si toda camina sin demasiados sobresaltos. Pueda que sea candidato a diputado nacional en el 2015 si la birome de la Casa Rosada así lo acepta, o bien un lugar aceptable al abrigo de un Scioli que pueda imponerse ante las ofertas de la oposición.
El problema lo tiene la provincia, ya no sólo porque las decisiones políticas asumidas por su gobernador no han sido quizás las más convenientes; o bien porque a Mendoza se la creyó equivocadamente la más ricas de las provincias pobres o la más pobres de las provincias ricas, navegando en el medio en un país que siempre se jugó a los extremos en todo o casi todo.
Como fuese, en todas aquellas discusiones en donde esté en juego el futuro de las economías regionales y el del patrimonio no renovable, como es el petrolero, Mendoza quedará a expensas de lo que puedan conseguir aquellos estados en los que esté alineada.
Con lo que ya parece no haber demasiado tiempo como para que la dirigencia mendocina se deje de entretener en discusiones internas de baja estofa que no mueven la aguja a nadie, ni aportan soluciones a los problemas de fondo. Y dejar de esperar soluciones mágicas o de asumir la actitud de que el tiempo acomodará el futuro provincial esperanzados en que los que tengan en sus manos el destino del país, le reservarán a la provincia el lugar que creemos los mendocinos debe tener.