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Generalmente, no le prestamos demasiada atención al paso del tiempo. Con este proyecto, se experimenta el tiempo como algo bien físico: 200 años es un tiempo que está fuera de nuestra escala. Salvo algunos árboles, nada de lo que está vivo ahora existirá dentro de dos siglos. En 200 años, va a morir toda la humanidad unas siete veces dice este verdadero capsulólogo. Como todas las cápsulas del tiempo, la cápsula del Bicentenario es un objeto esencialmente optimista. Dialoga con una generación que todavía no nació. Nos invita a ir hacia el futuro, concebido no como aquello inmodificable que viene hacia nosotros. No somos víctimas del futuro. Con nuestras decisiones y acciones, lo modificamos.
Sin contar la tumba de Tutankamón que permaneció intacta durante tres mil años, la primera cápsula del tiempo no fue una cápsula sino un sótano en el que el historiador Thornwell Jacobs, preocupado por la escalada del nacional-socialismo en Alemania en 1936, refugió aquello que, a su criterio, no podía desaparecer de la faz de la Tierra en lo que llamó la cripta de la civilización: una máquina de escribir, una copia del guión de Lo que el viento se llevó , microfilmes con obras literarias, un muñeco del Pato Donald, una cerveza y miles de objetos que aguardan en silencio volver a tomar contacto con la luz cuando las puertas de acero inoxidable del sótano de la Universidad de Oglethorpe, en Atlanta, Estados Unidos, se abran el 28 de mayo de 8113.
La iniciativa de este profesor agobiado excitó tanto la imaginación de su época que propició una suerte de contagio masivo. De repente, comenzaron a brotar cápsulas del tiempo por todos lados. La Tierra se volvió un arcón de la nostalgia: la compañía Westinghouse Electric, por ejemplo, diseñó dos cápsulas, una para la Feria Mundial de Nueva York de 1939 y otra para la de 1965. De forma cilíndrica, ambas fueron enterradas debajo del Parque de Flushing Meadows de Nueva York. Contiene abrelatas, una lámpara eléctrica, un reloj, una taza de Mickey Mouse, un bikini y mensajes de Thomas Mann y de Albert Einstein a ser leídos en el año 6939.
Entre los visitantes de la feria de 1939, había un chico de cuatro años llamado Carl Sagan que quedó tan conmovido por esta verdadera máquina del tiempo que años después, en 1977, impulsó la creación de la suya: dos discos de oro que condensan nuestra cultura y acompañan el vuelo de las sondas Voyager por el espacio en busca de compañía entre las estrellas.
A la Argentina, la fiebre tempo-capsular llegó en 1948 cuando fue enterrado en la Plaza de Mayo un cofre con un mensaje escrito a mano por Juan Domingo Perón para los jóvenes del año 2000. En 1957, sin embargo, la Revolución Libertadora lo destruyó. Recién hace trece años, la Legislatura porteña reinstaló una copia impresa en computadora.
Le siguieron las cápsulas del tiempo de la Exposición de Osaka, Japón, en 1970 a ser abierta dentro de 5.000 años, la Yahoo! Time Capsule 2020 y aquella diseñada por el arquitecto español Santiago Calatrava en 1999 a abrirse recién en el año 3000 en el Museo de Historia Natural de Estados Unidos, sin contar los decenas de miles de intentos particulares de sintetizar lo más característico del presente, realizar un inventario básico de la contemporaneidad y, sobre todo, de comunicarse con el futuro, una idea un cosquilleo que nació con los fórceps del capitalismo y de la ciencia moderna en el siglo XVIII. Aquel continente tan visitado por los escritores de ciencia ficción, jibarizado por los avances científicos y tecnológicos que nos dejan en un estado de perplejidad y asombro y a la vez un territorio impregnado de amenazas luego de décadas de guerras, genocidios, bombas atómicas, catástrofes naturales y calentamientos globales, no deja de ser reconquistado reinstalado por estos artefactos que permiten viajar al futuro sin moverse un centímetro.
En el anillo del edificio más extraterrestre de Buenos Aires, el Planetario, la cápsula del Bicentenario colectiva, libre y en la que laten deseos íntimos de inmortalidad, clonación y trascendencia de sus donantes aguarda. Hasta que el viernes 25 de mayo de 2210, al mediodía, si es que la Argentina y la Tierra aún existen, un hombre, una mujer, un robot o visitantes de un mundo lejano, como sugería la película Inteligencia artificial , abran este ajuar mortuorio de una cultura seguramente efímera y reciban el hola lanzado a través de los siglos, sin posibilidad alguna de responder el llamado.
De ocurrir, habrá sido la más lenta correspondencia. Y al mismo tiempo la más íntima.
