Cuando tu pensión te la da la venta de plástico y cartón

Por Sección Fotografía

Unos 25.000 recicladores en Bogotá se ganan la vida vendiendo residuos. Mantienen a sus familias con lo que ganan a diario que, en jornadas buenas, rondan los 10 euros. Esto es un día con cuatro recuperadores ambientales de más de 60 años.

Fuente el país. Fotos: Santiago Mesa

Luis Alfonso Ballén (59) tiene el mapa más preciso de Bogotá tatuado en la memoria. Se conoce los comercios de todas las esquinas, los límites de cada barrio y los lugares "a los que es mejor no pasar". Pero son apenas un puñado de recuerdos de cuando podía ver. Hoy, la imagen que tiene de la calle en la que creció está aderezada por lo que le cuenta Marta Patricia Hilarión (61), su compañera y "su par de ojos".

"Acá hicieron obras y lo dejaron más bonito. ¿Si huele la lechonería nueva que abrieron? Pilas (cuidado) con este agujero que se me cae", repite Hilarión. La ciudad cambia a velocidades que solo quienes la caminan a diario asimilan. Ambos llevan más de 50 años recorriéndola con la mirada clavada en el suelo, especialmente en lo que para otros es basura. "Toda la vida. Llevamos toda la vida reciclando", dicen entre los cartones que separan con ahínco. "Pero la 'platica' siempre hace falta. ¿Y pa' qué (sic) se va a quedar uno solo en casa?", se pregunta.

Don Manuel Calderón Salazar tiene 84 años y un carrito de la compra con el que nunca entra a un supermercado. Desde hace nueve años, recoge lo que otros ya no necesitan y lo lleva a la bodega de aprovechamiento de residuos del barrio de El Rincón, al norte de Bogotá. Como él, 308 adultos mayores de 65 años se encargan de esta ardua tarea.

Desde 2016, la Corte Constitucional de Colombia reconoce a estos trabajadores como prestadores del servicio público de aseo y puso en marcha una campaña para formalizar el gremio. A ellos, los más de 17.000 inscritos desde entonces, les corresponde una tarifa de aprovechamiento, equivalente a 27 euros la tonelada. Esta bonificación la reparten las más de 560 organizaciones en todo el país.

Doña Ligia Villamarín Parra trabaja todos los martes, jueves y sábados desde que tiene 20 años. Hoy, 50 años después, sigue recorriendo el mismo barrio en el que empezó y cerca del asentamiento irregular en el que vivía de pequeña: Trinidad Galán. "Nos reubicaron en un 'lotecito' en Ciudad Bolívar, pero eso era demasiado peligroso. Lo vendimos y nos fuimos a otra invasión, pero quedaba tan cerca del río que un día creció y se nos inundó", cuenta mapeando mentalmente los balcones de quienes ya la conocen.

Los precios de los materiales los regula el mercado. Lo más cotizado es el cobre, que se paga a 17.000 pesos (cuatro euros) el kilo; por el aluminio se suele pagar entre 4.000 y 5.000 (un euro) los mil gramos; las botellas de plástico rondan los 1.200 (30 céntimos). Y de ahí para abajo. "Las de vidrio no vale la pena casi ni cargarlas. Por eso no dan nada", lamenta Villamarín.

Jadira Vivanco, coordinadora regional de Latitud R, una plataforma enfocada en fortalecer el reciclaje inclusivo, celebra la normativa nacional vigente: "Colombia es quien lleva la batuta en Latinoamérica. Tanto en la parte organizativa del gremio, como en la de políticas públicas. Aquí no se trata de voluntades políticas, sino de una norma de obligado cumplimiento. Estos recuperadores ambientales reciben la misma bonificación que se les da a los camiones de basura por trasladar los residuos a un relleno sanitario", narra por teléfono. En la imagen, Ballén carga una bolsa de materiales para separar.

Faltan dos días para que Villamarín cumpla 70 años. Antes de soplar las velas, piensa en alto: "Yo solo le pido a Dios un poquito más de vida para poderlos seguir manteniendo. Al menos unos años más". Su marido, paciente de osteoporosis, hace años que no trabaja. Uno de sus hijos, es ciego y "no hay forma de que lo contraten". "Y el otro...", suspira antes de que se le quiebre la voz, "el otro cogió la mala vida y solo se dedica al vicio".

Ninguno pierde la fe. Aunque todos han sufrido algún accidente laboral o no lleguen a final de mes, tienen la muletilla del agradecimiento anclada al final de cada frase. "Por lo menos, no pasamos hambre", dice uno. "Diosito me cuida. Él nos quita pero también nos da", suspiran. Un día bueno se traduce en unos 10 o 15 euros. "Pero lo normal", cuenta Calderón, "son 4.000 pesitos diarios". Menos de un euro. En la imagen, un símbolo de protección que pegó doña Villamarín a su zorrillo, hecho de madera con el sueldo de una semana.

Hilarión y Ballén se pelean a menudo. Cuando se les traba el carro, cuando él empuja demasiado fuerte y a ella se le trancan las manos. Cuando no alcanzan a cruzar corriendo de una vez el semáforo o cuando, como hoy, no llegan a 30.000 pesos, ocho euros. Les enfada la pobreza.

Trabajando si descanso para ganarse la pensión. Fotos: Santiago Mesa

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