Mendocinos, bienvenidos a la era de la "revolución de lo sencillo"
Cornejo dio su segundo discurso en la Legislatura. Reafirmó su única convicción de ser el gobernador del orden, del sacrificio, de la transparencia, de la verdad, de la decencia y del coraje. No hay crecimiento económico y lo poco que hay, si es que hay, no se ve. Por eso, sus palabras siguen evitando hablar de los planes a futuro, de los sueños y de la Mendoza de las próximas generaciones.
Foto: Cristian Lozano
El gobernador sabe muy bien que la provincia no ha arrancado, como tampoco lo ha hecho el país. Y si en todo caso desde las estadísticas frías los funcionarios y técnicos observan una detención de la espiral descendente en la que está sumida la economía en general, no alcanza para ser percibida, algo así como un sismo que sólo han tomado los sismógrafos, pero que en la superficie nadie se ha enterado.
Dicho esto, Cornejo -que calcula meticulosamente por dónde le van a entrar los críticos a su gobierno, o los opositores en general tras sus dichos-, eludió hablar de lo que no controla para concentrarse en la "revolución de lo sencillo", como dijo, una suerte de trampa para no hacer mención directa al hartamente cuestionado recurso de la pesada herencia recibida que tienta tanto al oficialismo y a él mismo cuando tiene que responder sobre el parate general económico que sigue causando alta y marcada insatisfacción social.
Por allí, por la falta de velocidad del motor que tiene que recuperar el crecimiento y el desarrollo provincial, discurre el flanco débil de la gestión. La respuesta oficial, al igual que lo hiciera un año atrás cuando Cornejo se sentara por primera vez ante la Asamblea Legislativa, fue la recurrente mención a la responsabilidad del gobierno nacional que es quien controla los movimientos de la macro economía y el encargado de detener el proceso inflacionario, reimpulsar el consumo, reactivar las economías regionales, frenar la pobreza y crear empleos.
Como nada de eso está ocurriendo con la rapidez que se necesita y ante la cercanía de un proceso electoral en donde el asunto será uno de los temas que se tendrán en cuenta al momento del examen, Cornejo ha optado por hacerse fuerte en lo que las encuestas le dicen que va bien: en interpretar cabalmente el pensamiento del ciudadano medio que, en medio de las calamidades, presume que a todo el mundo le tiene que llegar el peso del esfuerzo del obligatorio despegue.
La "revolución de lo sencillo" es, entiende Cornejo, hacer desde el Estado que la cosas funcionen. Como todavía hay engranajes que lejos están de funcionar, seguirá machacando con que llegó a la administración de la provincia en nombre del orden; un orden carente de sueños que él mismo ha tildado de "grandilocuentes". Triste y penosa interpretación, la de asumir con resignación que la provincia que pensaba a largo plazo varias décadas atrás, hoy forma parte de una imagen fantasiosa e irrealizable. En el discurso del actual gobernador, realista, también hay que admitir, no hay lugar para sueños locos. Pues entonces, Cornejo será el jefe de Estado que llegó un día a despertar a una Mendoza que dormitaba en un mundo de ciencia ficción y que deberá ser otro, u otros, los encargados de planificar a largo plazo.
Cornejo, intentando aventar la sensación que con el paso del tiempo puede hacerse carne en los mendocinos, eso de que están frente a un conductor resignado por las circunstancias adversas, busca afanosamente que se lo recuerde como quien fue llamado a hacer el trabajo sucio que ninguno de los antecesores se animó. "Soy el representante de la gente", dijo sin más y sin dudas, como cuando Lennon sentenció que Los Beatles eran más populares que Cristo.
Orden, verdad, decencia, esfuerzo, transparencia y coraje han sido los términos más usados ante la Asamblea. Y con ello, la condena más absoluta hacia los espejismos, advirtió, que causó el populismo.
La provincia de la gestión de Cornejo; una gestión que se acerca al punto de inflexión que divide lo que recibió más el tiempo que tomó para ordenar aquel lastre, con lo que en verdad propone como propio, parece conformarse con lograr en algún momento la autonomía financiera. Pero es, en verdad, un objetivo propio de sobrevivencia política porque el estilo del gobernador le impide aceptar que desde afuera le manejen los tiempos y sus convicciones. Si Mendoza sigue dependiendo de la nación para asistencias financieras o, lo que es lo mismo, autorizaciones para endeudarse, su independencia se desmorona. Y el futuro político personal del gobernador, también.
El discurso, leído en una hora diez minutos, tenía hacia el final el golpe de efecto buscado. El momento y el recurso obligado para provocar reacciones. Como cuando anunció -quizás lo más trascendente de todo-, una modificación a la ley que regula la ejecución de la pena de los presos en Mendoza que tendrá, sin dudas, impacto nacional. Se trata de obligar a los reos a trabajar y estudiar mientras dure el encierro. Otra vez aquí la estrategia de hacer ver al gobierno, a su administración, del lado de la gente que se esfuerza en la vida cotidiana.
El combo anunciado le permitió, además, volver con uno de sus pensamientos favoritos: el castigo permanente a la corriente de pensamiento garantista que ha enfermado, desde su punto de vista, el sistema de seguridad social. "Esa Justicia garantista -dijo- que le dio a los presos más beneficios y lugar a cárceles de máxima ociosidad, que convirtió a los presos en ociosos, y el ocio es lo que genera la reincidencia".
Y fue así que, sin apuntar de forma directa a la pesada herencia, habló de la pesada herencia. Y hundió aún más el cuchillo en la grieta política autoerigiéndose en el representante del pueblo que no quiere más de aquello que por años alimentó el discurso político de Mendoza y el país: a falta de realizaciones, bien viene recordar el pasado con metáforas. El que quiera entender que entienda. Pero eso es lo que somos y lo que ofrecemos, nos quiso decir, diciendo, el gobernador.