Las "Balas del General": el plato que tentó a San Martín en plena campaña
José de San Martín, quien padecía de problemas pulmonares, reuma y una úlcera de estómago, se aprestaba a una batalla cuando le ofrecieron este menú.
El Libertador había resuelto la alimentación de su ejército con el "charquicán cuyano", un preparado de posible origen quechua en base a charqui y ajíes secos molidos aliñada con grasa, que sólo requería agregarle agua. Y ese día, cuentan, no buscaba comida sino municiones.
La anécdota de Luisa G. de Murature, habitante de Buenos Aires, fue recopilada en su recetario "Cocina Ecléctica" por Juana Manuela Gorriti, tres años mayor que Merceditas, hija de San Martín y Remedios de Escalada, nacida el 23 de agosto de 1816, a poco de declarada la Independencia.
Siempre de prisa, el general quiso declinar el pedido de las tres jóvenes hijas de un hacendado de detenerse a comer: "¡Oh! bellas señoras mías, no son bocados los que he menester, sino balas", les dijo y una le respondió que las tendría en "una horita".
La joven corrió a la cocina, destapó las ollas donde se hacía el puchero, pescó un trozo de carne con dos tenedores, lo enfrió en agua y lo aplastó en el mortero. Después molió maní tostado, picó perejil y cebolla blanca, unió todo, puso pimienta, sal, comino, pasas moscatel, derritió mantequilla batida en un sartén y al primer hervor adicionó la mezcla, mientras enfriaba los huevos que había cocido.
Tras diez minutos de cocción retiró y enfrió el preparado, cortó los huevos al medio, reemplazó las yemas con esa pasta y unió las mitades, las pasó por un batido de huevos espesado con ralladura de pan y queso, los frió en mantequilla y los llevó a la mesa en una fuente de porcelana.
"¡Exquisitos proyectiles!", clamó el General, saboreando el primer bocado, "ellos me anuncian la victoria", dice el relato de Murature y ubica la escena "en la casa de una estancia en plena campaña, en una época de guerra civil, entre el más querido de los generales del mundo y tres graciosas jóvenes, hijas del dueño de aquel fundo".
Pese a sus achaques y a diferencia de su esposa, que murió antes de cumplir los 26, San Martín vivió hasta los 72 años cuando el promedio de vida era de unos 50.