Había una vez un hombre que vivía en un lejano lugar, rodeado por las montañas más altas de la Cordillera de Los Andes y los ríos más caudalosos del oeste de un país llamado Argentina.
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Cuento: El Hombre que Tenía Miedo
El hombre había trabajado mucho a lo largo de su vida para tener una familia feliz y mantener su trabajo. No se dedicó a la labranza, si bien había nacido en un pueblo dedicado a lo rural. Tampoco se dedicó a ser banquero, ni peluquero; tampoco panadero y, menos aún, plomero o relojero.
El hombre trabajó para llegar a gobernar la provincia en la que vivía: y lo logró. Se convirtió en Gobernador, algo así como un pequeño rey que debía encargarse que los habitantes de su pequeño reino vivieran bien.
No era menor la tarea del hombre. Debía conseguir que la gente tuviese trabajo, para poder llevar el pan a su hogar; que hubiese carreteras sólidas y sin baches, para que los pueblos quedaran unidos (y no desunidos) entre sí; también tenía que velar por que niños y jóvenes fueran educados correctamente; que los hospitales tuviesen alcohol, gasas e hilo para suturar, para que los enfermos tuvieran la atención que requerían. Y así, el hombre iba construyendo un largo listado de cosas por hacer y, en la medida que conseguía los recursos para hacerlo, fue cumpliendo con cada uno de sus objetivos.
La gente de su reino no eran malas personas. No fue difícil para el Hombre-Que-Gobernaba-El-Reino-de-las-Montañas, como lo llamaban, trabajar para ser un poco más feliz y hacer feliz a su pueblo.
Pero el hombre tenía un problema. Era un rey miedoso.
La Gran Casa desde la cual gobernaba, un sólido edificio de 8 pisos que había visto pasar a muchos otros pequeños reyes, fue convertida en una fortaleza. Un gran castillo, austero claro, como todo lo que el hombre hacía pero castillo al fin.
La fortaleza no tenía un foso de cocodrilos, porque eso no era permitido en el reino ecologista. Pero el lugar, antes abierto a los vecinos del reino que paseaban por sus hermosos pasillos o iban y venían haciendo trámites, fue cerrándose paulatinamente.
No fue algo que ocurriese de la noche a la mañana. Primero se notó en las vallas que se colocaron rodeándola cuando había protestas de trabajadores. Las vallas eran cada vez más altas, más seguras, inviolables.
Luego se notó en el piso donde el hombre tenía su despacho: hizo que los maestros técnicos del reino programaran los ascensores del castillo para que ya no se detuviesen en su piso, como medida de seguridad. Y luego puso guardias en las escaleras por lo que quien necesitaba ir al cuarto piso, desde donde tomaba las decisiones, debía pedir permiso o, simplemente, no pasar por allí.
Pero el hombre seguía con miedo por lo que, por último, hizo poner una gran cortina de hierro en el ingreso al cuarto piso, construyendo, de ese modo otra pequeña fortaleza dentro del gran castillo.
No tendría su puente colgante, esos que ante la presencia de las hordas podían ser levantados y trabados. Pero sí una hermosa cortina metálica, con brillos de plata, para bajar en caso de necesidad y urgencia.
Y así el hombre se sintió, al fin, seguro. Si bien los ancianos del reino le lanzaron una advertencia con ribetes de maldición: el hombre no debía permitir nunca que esa cortina de hierro terminase aislándolo de los problemas del reino. Esa cortina no podría, jamás, convertirse en un muro entre las necesidades de la gente y él: si él se sentía ahora "contenido y seguro", el pueblo también tenía derecho a sentirse igual.
Por lo que el hombre agregó, al fin, una nueva tarea a su extenso listado de quehaceres.
Fin.-