2 de octubre de 2026
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Paritarias 2016

Metas de inflación: un mensaje para los sindicatos

Los primeros llamados a comprender y aceptar esta estrategia son los trabajadores.

El ministro de Hacienda y Finanzas, Alfonso Prat-Gay, anunció la semana pasada una estrategia de metas decrecientes de inflación, empezando por una franja de 20 a 25 por ciento para 2016, para terminar con una inflación entre 3,5 y 6,5 % en 2019.

También en materia de déficit fiscal se establecieron metas decrecientes que intentan reducir el nivel actual situado en 7,1 % del PBI hasta dejarlo en 0,3 % del PBI en 2019.

La estrategia de metas de inflación se ha venido aplicando con éxito por decenas de países desde la década del noventa y lejos de la imagen de "ajuste salvaje" que anuncian los voceros del ultra kirchnerismo, las medidas apuntan a bajar la inflación, sin afectar los niveles de producción y empleo.

El procedimiento no es una innovación argentina, como fue la "convertibilidad", ya que las metas de inflación se han establecido en varios países industrializados, como son los casos de Nueva Zelandia (1989), Canadá (1991), Israel (1992), Reino Unido (1992), Australia (1993), Suecia (1993), Suiza (2000) y Noruega (2001) y en algunos países sudamericanos: Chile (1991), Perú (1994), Brasil (1999), Colombia (1999) y México (1999).

Sustituye a otras estrategias de estabilización de precios como son el ancla cambiaria -utilizada durante el gobierno de CFK- en la que el tipo de cambio es el ancla nominal y el ancla de agregados monetarios o meta monetaria, donde los agregados monetarios hacen de ancla nominal.

Naturalmente, una estrategia de este tipo va mucho más allá que el simple anuncio de unas metas numéricas de inflación.

Según los expertos, deben reunirse otros elementos, como son el compromiso institucional de mantener la estabilidad de precios como objetivo principal de la política monetaria; un fuerte compromiso del Banco Central de acompañar esa política para lo cual debe dejar de financiar el déficit fiscal y, como corolario, ofrecer la mayor transparencia en la aplicación de la política monetaria mediante la comunicación al público y a los mercados de los objetivos y decisiones de la autoridad monetaria.

Se considera que la estrategia de metas de inflación, a diferencia de otras que son más complejas, resulta fácil de entender por parte del público, lo que ayuda a anclar las expectativas inflacionarias.

Lógicamente, los primeros llamados a comprender y aceptar esta estrategia son los sindicatos de trabajadores, que deben colaborar aceptando que los aumentos de salarios se ajusten a la inflación prevista y no a la inflación pasada. En España, a partir de los Pactos del Moncloa (1977) las centrales sindicales (UGT y Comisiones Obreras) pactaron en años sucesivos unos denominados "acuerdos marcos" con el Gobierno y la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), estableciendo bandas salariales con el compromiso que los aumentos salariales en las negociaciones de los convenios colectivos no superarán las previsiones inflacionarias establecidas.

En la Argentina, donde subsiste un sindicalismo de confrontación, de miras más bien cortas, será difícil contar con esa colaboración. Pero si los dirigentes sindicales estuviesen bien asesorados, comprenderían que en el largo plazo, para estimular la inversión y generar empleo genuino, es fundamental acabar con el fenómeno inflacionario porque los más perjudicados por la inflación son siempre los trabajadores, dado que son los principales contribuyentes en la exacción provocada por el impuesto inflacionario. 

Desde las usinas kirchneristas, se argumenta que los esquemas de metas de inflación subordinan el crecimiento económico, la ocupación y la distribución del ingreso a un mero objetivo de estabilidad de precios, que solo beneficiaría a los sectores concentrados de la economía. Como niegan el impacto que tiene la monetización del déficit en el fenómeno inflacionario y lo atribuyen a la puja distributiva y a los comportamientos monopólicos o cartelizados de vastos sectores de la economía, afirman que estamos ante un plan de ajuste ortodoxo, al estilo de los que promovía el Fondo Monetario Internacional.

Lo cierto es que la estrategia anunciada por Prat-Gay pretende justamente el objetivo contrario. La propuesta de metas de inflación decreciente se ha venido empleando como método más efectivo para reducir la inflación sin afectar los niveles de producción y empleo.

De hecho, en la mayoría de los países en que se fijó esta política macroeconómica, se redujo la inflación sin afectar en forma considerable el empleo. En los casos en que se produjeron recesiones, fueron durante un corto plazo de tiempo y resultaron más que compensadas con los niveles de crecimiento posterior.

El problema principal de esta estrategia no es de diseño, sino de implementación. La clave de éxito reside en el cumplimiento estricto de las metas previstas y en la credibilidad que emane del propio gobierno. Cuanto antes se anclen las expectativas inflacionarias, menores serán las pérdidas asociadas a los procesos de desinflación.

Si el Gobierno se mantiene firme en la voluntad política de alcanzar las metas que le ha propuesto a la sociedad, estaremos más cerca del éxito que del fracaso. Fuente: DYN

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