10 de abril de 2026
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Columna política

Esperanza e incertidumbre, los dos ingredientes de lo que viene

Mendoza deja atrás una gestión deficiente que se va con un peronismo desgastado obligado a recomponerse sin contar con brotes a salvo. Llega Cornejo con la oportunidad histórica de liderar un proceso en el que se hagan las cosas bien de entrada. Pero obligado a no dejar a nadie afuera, a buscar consensos y acuerdos y sin caer en error de gobernar desde el individualismo y la indiferencia, cuestiones que condenó ampliamente el resultado electoral que lo coloca en un lugar único.

Ni el más pesimista y agorero podía llegar a prever, cuatro años atrás, que el gobierno que empezaba Francisco Pérez en la provincia, de la mano del huracán Cristina, podía llegar a terminar de la manera en que terminó. En el 2011, en Pérez, en sus nuevos funcionarios por entonces y en la mayoría del peronismo oficialista y ganador que había logrado entronizar a otro hombre de sus filas en lo más alto de la magistratura provincial tras una muy polémica y controvertida gestión de Celso Jaque, todo era optimismo y clima de fiesta. El nuevo gobernador prometía “industrializar Mendoza” y una revolución de obras de infraestructura para recuperar tanto tiempo perdido.

Por aquella época, los análisis políticos daban cuenta de que el pueblo mendocino le había vuelto a abrir el crédito al peronismo para seguir gobernando, sin que se dejase de describir, con asombro claro está, que Jaque, el antecesor del joven y nuevo gobernador, dejaba el Ejecutivo tan solo con un 30 por ciento de imagen positiva. Pérez era, una vez más para el peronismo, una oportunidad invalorable cuando se creía que todo estaba perdido; o mejor dicho, que gracias a Cristina, al justicialismo se le había alargado la vida con ese plus. Un plus que, imaginaban y se prometían, no dejarían escapar, ni dejar de aprovechar.

Pero Pérez, cuatro años más tarde, deja el gobierno con sólo el 10 por ciento de imagen positiva, dato en el que coinciden todos los sondeos de satisfacción sobre la gestión y sobre la imagen del gobernador que se hicieron durante todo el último largo período electoral.

Nunca antes, desde que se recuperó la democracia definitivamente en el país y que se tenga memoria, un gobernador dejaría la gestión con tan magros valores de aceptación popular. Nunca. Ni Rodolfo “Rolo” Gabrielli en el 95, ni Roberto “El Mula” Iglesias en el 2003. El primero peronista quien así y todo dejaría en manos de otro peronista la provincia, Arturo Lafalla y el segundo, un radical que traspasaría los atributos del mando a otro radical, a su por entonces delfín Julio Cobos.

La alternancia institucional que ha operado en Mendoza como una marca indeleble que se ha ganando por las características de su sociedad, la que siempre ha decidido elevarle la vara a las administraciones que ha elegido para hacerse cargo del Estado, quizás no permita ver hoy con claridad meridiana el momento particular que algunos analistas observan. Quizás por mero dramatismo frente a la provincia que deja Pérez, sumida en el fracaso generalizado; o quizás porque se asume al nuevo gobernador, Alfredo Cornejo, como un exponente y producto de la política, altamente preparado y capacitado para hacerse cargo del desastre, es que se dice que si se lo proponen, el partido y el grupo de partidos que lograron depositarlo en la primera magistratura provincial, es probable que haya radicalismo en el gobierno por mucho tiempo.

La mirada tiene algo bastante de exageración en todo, pero en verdad al peronismo actual puede que le cueste varios años recuperarse porque la derrota electoral, en esta oportunidad y a diferencia de otros momentos, lo ha dejado sin mariscales en pie desde donde lanzar su futura recomposición. En todo caso todos sus mariscales han quedado directamente vinculados con la derrota y no se avizora, entre sus filas, a un grupo de dirigentes que en breve pueda volver a colocarlo como una alternativa sana, fuerte y creíble.

También es cierto que mucha de la suerte del peronismo que está a horas nomás de dejar el poder en la provincia tras ocho años de gestión no sólo dependerá de su capacidad para reinventarse, sino también de lo que haga Cornejo, el gobernador electo que asume el miércoles, luego del fin de semana largo.

El radicalismo mendocino se encuentra ante una oportunidad histórica de ser la punta de lanza de la recuperación de la provincia en varios sentidos, en especial desde el económico y desde el desarrollo humano que va de la mano del primero.

Cornejo llega con el crédito intacto, como corresponde a cualquiera en su lugar. Lo primero que tiene como desafío es reconstituir la credibilidad en el Estado. Eso significa volver a empoderar la figura del primer mandatario la que se fue desdibujando a lo largo de las últimas gestiones. Lo que no implica colocarse el traje de un gobernador omnipresente y necesario para resolver las más mínimas cuestiones de gestión.

Al igual de lo que ocurre en el escenario nacional en donde Mauricio Macri accede a la Presidencia desde el jueves con la obligación de imprimirle otro estilo y sello a la conducción política del país, lejos del individualismo extremo y por caso patológico del que hizo gala Cristina Fernández en el gobierno, Cornejo debe empoderar a su equipo para que las primeras soluciones a los problemas de Mendoza aparezcan de forma simple y rápidas, aún en medio de la compleja situación con la que asume.

Además de concentrarse desde el vamos nomás en las estrategias para que la provincia se haga de los fondos que necesita que garanticen los sueldos de los empleados públicos, el pago a los proveedores y las transferencias a los municipios, de forma paralela debe capitalizar el fuerte impulso y la energía del comienzo, sumado a las expectativas que naturalmente ha generado, para convocar a los sectores económicos y académicos, que desde hace años han teorizado sobre las causas del parate que en todo sentido sufre Mendoza, para que aporten y acerquen sus trabajos e investigaciones a un Ejecutivo dispuesto a escuchar a todos.

El nuevo orden que comienza a tomar cuerpo tiene que ver con repartir las cargas entre todos para sacar lo mejor de la inteligencia que produce Mendoza. Lo que no quiere decir repartir responsabilidades, pero la provincia no se puede dar el lujo de dejar de lado ideas, teorías y otras visiones extra políticas y públicas que no tuvieron lugar, ni se discutieron ni mucho menos se desarrollaron por el solo hecho de que quien las tenía que canalizar las asumía como amenazas que atentaban contra su propia autoridad. La necedad también se paga caro, mucho más cuando de administrar los bienes de todos se trata.

Cornejo llega, a su vez, con un celo particular por el uso de fondos públicos. Se sabe que esa puede que sea su marca y estilo personalísimo. Más que dejar al fin de su mandato construcciones de cemento con placas de bronce recordatorias, si logra enderezar el sinuoso y cuesta abajo camino de las cuentas fiscales, se habrá ganado una buena parte del reconocimiento social.

Claro que eso significa asumir de entrada decisiones duras y hasta dolorosas, entre ellas, claro está, una investigación a fondo que termine explicándole a los mendocinos los por qué se llegó a una situación tan vergonzosa y lamentable. En eso parecen estar trabajando algunos integrantes del nuevo equipo de gobierno.

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