Ingresando en zona roja: cuando el mínimo error se paga caro
A quince días de la elección más importante del año, y del ciclo que arrancó en el 2003 a esta parte, los candidatos analizan el posible comportamiento del elector de Mendoza y evalúan cómo incidirá, en él, la crisis en la que termina envuelto su gobierno. El objetivo de las campañas: apuntar todo a quienes, todavía, no están involucrados políticamente.
La campaña está entrando en su etapa final, en la que no da margen de error a los candidatos y en la que todos los movimientos se miden al milímetro para evitar caer en papelones y destruir lo poco o mucho que en este largo año de sobredosis electoral se ha conseguido.
Nos acercamos al momento en el que los candidatos toman con lupa las encuestas, aún aquellos que han dicho que no las necesitaron, ni que tampoco las necesitan para decidir estrategias. Y se vienen días en los que aquellos ciudadanos que se encuentren en ese intrigante, seductor y apetecible 30 por ciento del universo, que no vende ni rifa su voto a lo que dé lugar, serán objeto del bombardeo de la campaña para sumarlos a su favor en las urnas.
En Mendoza el horno no está para bollos. Muy especialmente para el oficialismo. Mendoza siempre ha tenido sus particularidades, pero ahora los mendocinos se sumergirán en una contienda electoral en donde el único objeto de deseo, para los partidos y sus candidatos, es la presidencia. Ahora más que nunca. Y lo atractivo del caso es resolver el enigma que encierra el comportamiento de los mendocinos en las urnas cuando llegue al momento de la elección sumergida en un ánimo desapacible como consecuencia del desajuste financiero en el que se vive, con sueldos de estatales impagos y cuando se percibe que se está conducido por un gobierno al que le han soltado la mano desde distintos ámbitos.
Se supone, como surge de manera casi obvia, que los candidatos de la oposición intentarán capitalizar la coyuntura. Pero también es cierto que la provincia, en cuanto a su peso específico, no es ni demasiado grande como para transformarse en un imán irresistible, ni demasiado chica como para dejarla pasar. Lo que también es cierto, por otro lado, es que la lucha electoral del 25 se libra voto por voto porque de pequeños porcentajes, o a favor o en contra, dependerá una segunda vuelta electoral prevista para noviembre.
Cuánto le suma al mascarón de proa del oficialismo nacional, Daniel Scioli, volver a Mendoza un puñado de días antes de la elección es uno de los grandes temas que el comando de campaña del bonaerense estudia por estas horas. Más cuando le han acercado algunos datos finos de ciertos sondeos que les demuestran que los mendocinos han separado la elección nacional del clima tortuoso en el que se ha vivido en la provincia y que Scioli pudo haber mejorado su intención de voto en un proceso progresivo que se fue evidenciando desde aquellas lejanas PASO provinciales del 19 de abril.
Los peronistas mendocinos, en cambio, tienen otros problemas a los de sus pares nacionales: se preguntan cómo hacer para que Scioli sea el salvoconducto que les pueda resolver sus problemas particulares en muchos casos y hacer un poco más apacible la reestructuración partidaria que debería comenzar a darse pasadas las elecciones presidenciales.
El punto es que muchos tienen ese objetivo sin observar el resto del escenario. No todos son conscientes, en el universo de dirigentes del peronismo mendocino, del daño que pueden infringirle a la campaña del candidato nacional si persisten, casi obsesivamente, en la idea de colgarse del mascarón para salvarse cuando uno de los peligros latentes es que la madera ceda, y una vez quebrada, los lleve a todos al agua, y sin salvavidas. Todo un dilema de sesudos y ajedrecísticos movimientos a los que se les debe prestar suma atención por eso de la cercanía de la contienda electoral.
La semana, en tanto, cierra envuelta en la discusión del pedido de auditoría a las cuentas públicas que hiciera la vicegobernadora electa Laura Montero, mientras Cornejo toma un curso de urbanismo en Barcelona, acompañado por algunos de los intendentes electos de Cambia Mendoza. Las suspicacias de la solicitud que Montero le hiciera a la Auditoría General de la Nación (AGN), trayendo incluso a Mendoza a su titular Leandro Despouy, se multiplican por cientos. Pero hay dos visiones, contrapuestas, que alimentan las mentes conspirativas. Una de ellas apunta a que Montero se cortó sola con la movida, sin contar con todo el aval de Cornejo. Los que se inclinan por esto apuntan a que la vice intentó copar el centro de la escena ganando algo del control absoluto que ha mostrado Cornejo en toda la transición y exteriorizando las sutiles o no tanto diferencias que han tenido entre ambos.
La otra teoría, quizás la más cercana a la realidad, refuerza la idea que el autor de la maniobra política de implicar a la AGN en el estado de las cuenta públicas fue del propio Cornejo y que la apuró más todavía cuando en viaje hacia Barcelona se enteró que el gobierno de Pérez había tomado parte de la coparticipación que se cobrará en diciembre para pagar una porción de los sueldos de los empleados públicos.
Como sea, la posible intervención de la AGN en el descontrol financiero provincial puede que no tenga futuro, por las mismas trabas, constitucionales algunas de ellas, para inmiscuirse en cómo se administraron las cuentas.
Así van transcurriendo los días hacia el traspaso de mando. A los palos con las águilas y con un Cornejo hundiendo el dedo en la llaga del desastre. Sin piedad, golpeando en el piso a un gobierno inerte y ya sin defensa alguna. Caído y sin reacción por errores propios, claro está. Para que cuando llegue el 9 de diciembre, el flamante gobernador se incorpore sobre los escombros y en una imagen medida al milímetro anuncie la etapa de la reconstrucción. Todo lo que venga luego, aunque doloroso, será visto con admiración y paciente entrega hacia el nuevo líder. No está mal.