Las movilizaciones en Brasil en contra de Rousseff y los cuestionamientos mutuos que se hacen en nuestro país oficialismo y oposición en medio del proceso electoral, llevan a algunos intelectuales a asegurar que el sistema democrático está en peligro amenazado por quienes hoy no están en el poder. ¿Es realmente así? ¿la democracia real frente a la teórica, atenta contra sí misma? ¿cómo juega la suma del poder público y el individualismo absoluto en la administración del poder?
Las últimas manifestaciones populares registradas en las principales ciudades brasileñas en contra del gobierno de Dilma Rousseff junto con la crisis de carácter institucional que persiste en Venezuela, desataron en algunos círculos de intelectuales el debate sobre si en verdad está en peligro la democracia en esta parte del mundo.
Uno de los intelectuales, columnista de Radio Andina, insinuó, con tono provocador, y a raíz de las movilizaciones en Brasil, que los grupos de pensamiento y políticos dominantes que años atrás perdieron el poder sobre la base de elecciones libres y transparentes han encontrado, en el hastío de buena parte de la ciudadanía por la falta de respuestas a sus demandas, una puerta abierta para desestabilizar a los gobiernos en ejercicio y de esa manera poner en peligro el sistema democrático.
Aunque no lo dijo, Buchrucker planteó que el nuevo mecanismo, que él ve presente en Brasil, y que algunos años atrás lo visualizó en Bolivia, en Ecuador y también en Venezuela, según su óptica, puede llegar a ser una nueva manifestación de golpes institucionales contra las democracias como alternativa a los golpes militares, a sangre y fuego, que se sucedieron en los 80 y que tanto inquietaron en los violentos años 70 en la región.
Lejos de coincidir o no con el intelectual mendocino, su propuesta de debate abre una brecha riquísima para indagar en el estado de salud de la democracia en la Argentina justo en medio de un largo proceso electoral que ha dominado casi todo el año en curso. Y bien vale preguntarse, ya con algunos resultados de las elecciones primarias y definitivas en gran parte de las provincias argentinas, si el uso o abuso, quizás, del sistema democrático no ha devenido en malformaciones que si bien no llegan a atentar contra el sistema, como por otras razones sí plantea Buchrucker, cuando menos lo distorsionan y en algo lo desnaturalizan.
Mendoza tiene diferencias sustanciales con la forma de administrar y llevar adelante sus gobiernos respecto de varias provincias argentinas en donde la impunidad del poder es una constante y es ese fenómeno, tolerado por sus propias sociedades cruzado también por la indiferencia ante lo que aparece como abusos claros en la administración del Estado.
Algunos años atrás, el escritor francés Alain Rouquié en su libro del 2011 A la sombra de las dictaduras, describió a la democracia como una suerte de frágil milagro cultural de los pueblos amenazado casi en forma permanente por las tentaciones de quien está en el poder y por aquellos que lo detentan, unidos por una forma de actuar común a ambos extremos: el hacer cualquier cosa para conservar el poder y dispuesto a cualquier cosa para conseguirlo de parte del que no lo tiene.
En la Argentina parece estar pasando algo por el estilo con sólo observar el nivel de virulencia en el debate político que hoy se da en medio del proceso de selección de las nuevas autoridades, pero que también ha estado presente durante aquellos años en los que no ha habido fechas electorales. Y está claro que quien ha detentado el poder en los últimos años no reparó ni en las formas ni mucho menos en las consecuencias para sacarle provecho a la extraordinaria maquinaria del Estado, fusionando en una misma institución al gobierno con el propio Estado, o apropiándose del Estado de forma directa para no perder, precisamente, el poder.
Esta forma de administrar el gobierno ha llevado consigo el riesgo de desnaturalizar el sistema democrático, bajo el mecanismo de personalizar en exceso el uso del poder manteniendo a la vez una relación directa y sin mediaciones con el pueblo, como bien marca Rouquié en su libro de ensayo. El presidente, así entendido, se ha ubicado por arriba de las instituciones siendo absoluto en sus prácticas liberado de reglas si el pueblo así lo desea, dice el francés. Y como ejemplo de ello, ha citado los procesos democráticos de Bolivia, Venezuela, Ecuador y aunque no la cita, bien podría estar ubicada allí la Argentina.
La debilidad de los partidos es otra de las fuerzas que, identifica Rouquié, ponen bajo amenaza al sistema democrático en la región. El empoderamiento de la sociedad civil, sostiene en modo provocador, ha ido en detrimento de los pilares de la democracia, es decir lo partidos políticos, lo que ha devenido en la inestabilidad permanente en el ánimo de la misma sociedad. Algo de eso pudo haber sucedido en el 2001 en la Argentina y algo de eso puede estar sucediendo hoy en Brasil, con la salvedad de que en vez de hacer análisis político de la situación, los gobiernos que se apropiaron del Estado en una clara tendencia populista, en vez de auscultar en los problemas de fondo que ha tenido la democracia y sus propias gestiones para resolver las demandas estructurales del pueblo, prefieren hablar de campañas difamatorias y de una operación mediática descomunal conspirativa del actual orden impuesto.
El periodista Rogelio Demarchi rescató, del análisis del libro de Rouquié: La democracia de la calle es esencialmente defensiva, hace avanzar causas limitadas, circunstanciales. Puede hacer retroceder a un gobierno en un campo específico o desestabilizarlo, pero no podría remplazarlo. Y más adelante agrega el francés: América Latina padece la transformación global de las prácticas políticas inducidas por el individualismo, la mediatización y la omnipresencia de las técnicas de comunicación de masas. La democracia ya no vive en ninguna parte del mundo en la era de los notables o de los partidos con identidades fuertes y permanentes, hasta hereditarias. En adelante se somete a la opinión, por definición volátil, inconstante y poco informada. Los dirigentes padecen la tiranía de los sondeos. Se gobierna en el día a día, con el correr de la actualidad cotidiana y las emociones del momento. Hay que seducir a corto plazo.