Pérez y Cornejo deben sobreponerse a las mezquindades y a los rencores. Las elecciones ya fueron y también fue claro el pronunciamiento de la mayoría. El diálogo para un traspaso en orden debiese reconducirse rápidamente para no perder más tiempo. Son mandatarios y Mendoza no tiene por qué pagar sus cuitas personalísimas.
Foto: Prensa Cornejo
Francisco Pérez y Alfredo Cornejo, los dos gobernadores que tiene hoy la provincia, uno en el pleno ejercicio de sus funciones y el otro electo con la mayoría de los votos en elecciones limpias y democráticas, no pueden darse el lujo de moverse como se les cante o como les dicte su propia conciencia estrechamente ligada a rencores personales, venganzas particulares y promesas que vuelan entre ambos; eso de cobrarse lo que uno le hizo al otro en los últimos cuatro años de vida política mendocina.
No tienen ningún derecho a conducir un diálogo político entre ambos que fracase. Un diálogo que debiese existir por más diferencias que se profesen, porque sus movimientos, actitudes y decisiones quedaron atadas a un interés superior cuando fueron elegidos, como mandatarios, para administrar los bienes de todos y el interés general y común de todos, de los que los votaron y de los que no.
Repetir esto último, que suena a obviedad, junto al sentido común, es lo que precisamente ha estado ausente a la luz del resultado que tuvieron los primeros encuentros entre los delegados de uno y de otro, durante el último mes, para acordar los términos de un traspaso de gobierno ordenado y por sobre todas las cosas civilizado.
A un mes de aquel momento en que los electores mendocinos decidieron la conducción de los próximos cuatro años de la provincia, que ambos, Pérez y Cornejo, más sus representantes, sigan enroscados en las mezquindades y actitudes propias de fulleros que supieron mostrar en varios pasajes de la campaña electoral por la gobernación, demuestra que en alguna medida no estaban preparados para sortear los desafíos y presiones que supone representar el más alto cargo institucional de la provincia.
Se sabe que Pérez, a quien los mendocinos fuimos descubriendo a medida que avanzaba su gestión, sufrió sobresaltos y descompensaciones anímicas frente a los profundos entuertos con los que se fue encontrando y las trabas para poder desarrollar un plan de gobierno con el que había soñado una vez que se viera al frente del Ejecutivo.
Porque pocos pueden afirmar, a excepción de aquellos que todavía están inmersos y condicionados en su razonamiento por la adrenalina que se fue generando durante la campaña, además de los efectos de la profunda fragmentación política e ideológica que inundó el país como una nube tóxica, que Pérez no haya tenido en el proyecto primigenio de gobierno el objetivo de acertar en las medidas que tomaría al mando de todo. Supo, sin embargo y al paso del tiempo, de que no se trataba de soplar y hacer botellas.
Y muchas veces explotó y experimentó con ello, por añadidura, que la responsabilidad que le entregaron en manos los mendocinos y con la que lo honraron según dijo tantas veces, no se administraba con los recursos propios con los que contaba. De eso, está claro, la sociedad dio cuenta y así se expresó cuando le llegó el momento, el 21 de junio.
En el poder no hay espacios para berrinches, al menos públicos, ni derechos personalísimos a tomar represalias contra los rivales que lograron arrebatar el cetro por medios insospechados. Porque las consecuencias de personalizar la contienda política deriva en penurias e incertidumbres para todos que se pagan caro.
Cornejo, que llega con un poco más de rodaje político y operativo que el que tenía Pérez cuando asumió el gobierno, debiese estar atento al momento y no permitir que se derrumbe el proceso de transición. Porque no sólo puede que tome el control de un barco sin timón y por lo que imperiosamente deberá ponerse a trabajar para reconducirlo sin contar con los medios más idóneos y cercanos, sino que perderá tiempo precioso que necesitará para garantizar una gestión exitosa.