Para la verdadera transición hay que esperar a octubre
Desde que el peronismo perdiera las recientes elecciones del 21 de junio en manos del frente opositor Cambia Mendoza, liderado por Alfredo Cornejo, no se hizo otra cosa que hablar de la transición, del extremadamente largo tiempo que separó al comicio, con un gobernador radical electo, con el traspaso de mando institucional previsto para el 10 de diciembre próximo.
Sin embargo, poco y nada de transición entendida como las reuniones entre aquellos que se van y los que vienen para ordenar las cuentas y la administración entre una gestión y otra, ha ocurrido en verdad.
Es que a no más de dos personas les interesa sacar partido de este tiempo, inédito, hasta diciembre: al gobernador en ejercicio, Francisco Pérez, porque entiende que sólo él velará por la salud de la gestión que deja y de todo lo que se hablará de la misma a partir que deje el gobierno; y al gobernador electo, Alfredo Cornejo, porque también entiende y asume que cuanto más provecho político pueda sacarle al momento, lo dejará en una mejor posición al asumir el control de la provincia, con la esperanza de ampliar el crédito que, de por sí, tendrá desde el 10 de diciembre.
En concreto, a nadie le interesa la transición, a excepción de ambos gobernadores y por motivos muy diferentes, aunque todos estemos hablando de lo que deja el gobierno de Pérez y de lo que dice el actual gobernador que deja, y de lo que dicen los radicales que deja como herencia la administración peronista.
Pérez, maltrecho y convaleciente por la operación de tibia y peroné, deambula en absoluta soledad este momento. Desde hace algunos días decidió dar su propia versión de la provincia que ha venido administrando y del estado de las cuentas públicas, por lejos lo más atractivo (y preocupante, se podría agregar), de todo lo que se dice que se discute. El resto de la dirigencia peronista, golpeada por la derrota, ni siquiera se ha puesto a analizar la coyuntura, ni lo que le espera a partir de diciembre.
A algunos no les ha caído la ficha, todavía, y eso lo verán desde el 10 de diciembre cuando vayan a buscar a alguien a una oficina y no lo encuentren, esbozó en la semana uno de los pocos que quedó en pie, el intendente de San Martín, Jorge Omar Giménez, el único que ensayó un mínimo de autocrítica en medio de la mentada transición.
La dirigencia peronista no ha dejado sólo, a propósito, a Pérez en su aventura tras la defensa de la gestión ante el embate de los radicales. Esos dirigentes, entre ellos los que perdieron dolorosamente incluso en los lugares en donde se creían fuertes, como aquellos que salvaron la ropa, han entendido que no vale la pena ponerse a discutir hoy con el radicalismo, especialmente con Cornejo, el estado y la salud de la provincia. Por ahora lo único que persiguen es evitar otra derrota en Mendoza en las elecciones nacionales del 9 de agosto y en las definitivas del 25 de octubre. No hay otra cosa más importante para todos ellos; también para Pérez, aunque el gobernador suma la doble preocupación de todo lo que se dice de su gestión.
El gobernador, sin embargo, no se rinde. Avanza y avanza detrás del apoyo legislativo, y de su propio partido, para que se retome la discusión del presupuesto y aprovechar ese estado deliberativo para pactar con los radicales una salida a lo que ya muchos suponen se trata de una crisis financiera de cierto volumen y envergadura. Pérez quiere que le aprueben un endeudamiento extra para cerrar las cuentas del año y la de toda su gestión a cambio de que se le dé a Cornejo un auxilio financiero para su primer año al frente de la provincia. Ante eso, recibe sólo negativas y lo extraño es que vienen tanto desde el peronismo como del radicalismo.
Cornejo a instruido a los suyos a que sigan ventilando el desastre administrativo que ha dejado Pérez, mientras deambula de agasajo en agasajo de aquí hasta que comience la verdadera discusión por el traspaso del mando. Los peronistas entienden que no es momento de meterse en esos asuntos también, que hoy sólo interesan al gobernador y a quien le endilgan mucho de la derrota electoral y su falta de autocrítica.
A Cornejo tampoco le preocupa hoy discutir el presupuesto hasta tanto escuche al gobernador, o quien él indique, hacer un reconocimiento del estado crítico de las cuentas. Que le digan a la provincia que hicieron mal las cosas, que gastaron más de lo que les ingresaba y que por poco se auto imputen el mote de irresponsables. Como eso no sucederá, al menos empuja a la actual administración a un blanqueo de la situación que sus delegados Enrique Vaquié y Martín Kerchner afirman haber encontrado en las primeras reuniones.
El resto del peronismo cree que no es momento de meterse en esos asuntos y desde hoy lo único importante, trascendente y verdaderamente prioritario es hacer una buena campaña para que el 9 de agosto Daniel Scioli y la lista de legisladores nacionales saque más votos que las del frente Cambiemos (la versión nacional de Cambia Mendoza). Y después de ese domingo de agosto, seguirán enfrascados en la campaña hasta el 25 de octubre, el día D de las elecciones generales, en donde Scioli se medirá con Mauricio Macri en un mano a mano, según las encuestas de hoy, por lo que más importa: la Presidencia.
El peronismo ya perdió la provincia y no puede darse el lujo de volver a perder la nacional en Mendoza. Porque ahí sí que a muchos de ellos les espera el ocaso político absoluto.
La transición, y la autocrítica a fondo del peronismo, hay que esperarlas para luego de la elección de octubre. En noviembre Cornejo ya tendrá definido su gabinete, o al menos perfilado. Los nombres que elija el nuevo gobernador se deberán sentar en los mismos despachos de sus equivalentes del gobierno que se va. Ya no habrá más tiempo, ni especulaciones que detengan el proceso que, en verdad, debió comenzar a fondo por estos días, pero que ha sido postergado por el proceso eleccionario nacional.