columna política

Anticuerpos naturales al colapso institucional

Por un instante, Mendoza amenazó con transformarse en un feudo caudillista, gobernado por capangas. Nada más lejos. Pese a los supuestos errores y equivocaciones y a las posibles avivadas, la provincia se mantuvo en sus cabales. Lo que no es poco. Sin que lo que se logró, como haya sido, nos salve de igual manera de los desatinos.

Que al borde de la locura, que al filo del precipicio, que frente al peor colapso institucional. La semana que termina, tras una turbulenta sesión de acuerdos del Senado en la que el Ejecutivo intentó designar a Miriam Gallardo en la Suprema Corte de Justicia, dejó las peores conjeturas ante la amenaza del oficialismo de dar por inválida la sesión tras perder la votación.

Pero en verdad, y a juicio de observar cómo se terminó resolviendo el caso, sin dudas el más sensible políticamente que le tocó vivir al gobierno de Francisco Pérez en lo que va de su gestión, ni la sangre llegó al río, ni Mendoza se suicidó. Lo que no deja de ser, todavía, una de las fortalezas institucionales de una provincia que viene siendo golpeada por todos lados. Y no precisamente por culpas ajenas, un tema archiconocido por los mendocinos.

Si hubo o no una equivocación de la senadora Carina Segovia al introducir las bolillas en el lugar que debía, tal como fue la explicación oficial y la versión que defiende el gobierno; o si en realidad el peronismo no logró los consensos internos para designar a Gallardo e intentó luego con la posible patraña de la equivocación o de la torpeza, como se quiera, tapar el papelón de la falta de conducción política en el partido gobernante, como haya sido, lo cierto es que la política de la provincia sacó a jugar los anticuerpos para evitar todo lo que, con tono dramático y apocalíptico, se pintó el día en que la concejala de Maipú y ex legisladora no logró ingresar al más alto tribunal de Justicia.

Todo se frenó a tiempo, producto de varias decisiones y también de las casualidades. Gallardo no podía llegar con el currículum que ostentaba a la Corte. No tenía los antecedentes necesarios ni la idoneidad requerida para tan alto cargo institucional de por vida. El oficialismo lo sabía de antemano, y quizás la propia ex senadora también. Sin embargo, el Ejecutivo no evaluó los riesgos debidamente al enviar ese pliego flojo de antecedentes. Más en un período de máxima sensibilidad política, en medio de una feroz campaña electoral, y cuando se produce quizás el mayor enfrentamiento con la oposición. Debió haberlo tenido en cuenta.

Pero a lo que sí se le prestó suma atención y celo, al momento de definir las postulaciones a la Corte con Gallardo, al Tribunal de Cuentas con Ricardo Petignano y a la Fiscalía de Estado con Fernando Simón, fue el criterio del equilibrio interno en un literal reparto equitativo entre azules, la Corriente e Integración (las tres fuerzas en las que se divide el peronismo), con la esperanza de que se superaran los evidentes enfrenamientos internos que ha padecido, el partido gobernante, a lo largo de toda la gestión de Pérez, pero mucho más acentuados desde que cerraron las listas de candidatos a la PASO.

Tampoco, el oficialismo, forzó para torcer una historia que le venía de nalgas. Pudo haber conducido al cuerpo, según algunas de las interpretaciones del reglamento, a una nueva votación con los senadores presentes. Pero antes de que la oposición quemara el recinto con sus válidas acusaciones de que se iba contra la historia, la intentona se frenó a tiempo. Con lo que, otra vez, y como haya sido, por errores, omisiones, acusaciones y amenazas varias, ideas alocadas, trasnochadas y extravagantes, Mendoza siguió en pie. Lo que no es un dato menor frente a tanto atropello institucional vigente en el país.

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