El periodismo argentino sucumbió porque cayó en la trampa: aparecieron los enfrentamientos en la redacciones, entre periodistas, presos de una especie de mandato superior que los obligó a estar de un lado o de otro.
Las diversas cuestiones políticas de los últimos años; la fortísima puja por el poder real, que no es sólo el político desde ya y el enfrentamiento entre los argentinos por el modelo de país que se instaló en la Argentina desde el 2003 a esta parte, no sólo fragmentaron a la sociedad, dividiéndola entre blancos y negros, entre nosotros y ellos, entre kirchneristas y antikirchneristas, sino que también demolieron buena parte de lo que queda del periodismo.
Esos cruces de opiniones, que se dieron y se siguen dando en todos los frentes, llegaron hasta lo más profundo de la sociedad partiendo en dos a familias enteras, a grupos de amigos y terminaron con parejas que se creían fuertemente consolidadas y que nada ni nadie podría separarlos. Hasta que llegó el debate en el que muchos se vieron en la obligación de tomar una de las banderas y defenderlas ciegamente, dejando de lado, quizás, el criterio propio y no dando lugar a proyectos quizás, mucho más ricos que lo que se nos ofreció como menú.
Y el periodismo argentino sucumbió porque cayó en la trampa del clima de guerra que se echó a correr. Y entre los periodistas surgió la sospecha, y aparecieron los enfrentamientos en la redacciones, entre periodistas, presos de una especie de mandato superior que los obligó a estar de un lado o de otro y, por consiguiente, a describir la realidad según el interés político con el que se comenzó a comulgar. Muchos se creyeron Walsh y decodificaron, erróneamente, que desde el 2003 en adelante el país se encaminó hacia una guerra sin cuartel contra los fantasmas del pasado. Lo que se tornó en casi una irrespetuosidad suprema hacia uno de los periodistas argentinos que dio la vida por un ideal cuando las papas quemaban de verdad y cuando el país se encaminaba, como se encaminó, hacia el abismo totalitario, asesino y criminal de los dictadores de los 80.
Tras la recuperación de la democracia el país cambió. Claro que lo hizo con sufrimiento y dolor, allí están las asonadas militares durante el gobierno de Alfonsín y las aventuras alocadas de aquellos inconscientes que pretendieron tomar el cuartel de La Tablada, por caso. Quién puede imaginar, en su sano juicio, que la Democracia hoy, tras aquellos años y momentos tensos, está en peligro en la Argentina. Lo que no significa, de ninguna manera, que la Democracia trajo consigo todas las soluciones a lo males argentinos. Allí está la pobreza, la desigualdad, la falta de oportunidades y la ausencia del desarrollo en la mayoría de los pueblos argentinos que los sigue confinando a penar de forma permanente y a depender de un Estado mesiánico que si no distribuye los fondos con que cuenta bajo la forma de dádivas o subsidios, se mueren.
El periodismo se dividió en unos y otros. Y ha dejado de cumplir con su función. Que no es sólo la de informar y contar los hechos que suceden en la actualidad. Sería ingenuo pensar en eso exclusivamente. Como mucho menos en adosarle el rótulo de la objetividad que en su momento distribuyó en todo el mundo la escuela inglesa cuando estableció como sentencia divina eso de que los hechos son inalterables y la opinión libre. Hace ya tiempo que se comprobó que los hechos son descritos según como se ven y no todos los ven del mismo modo. Pero lo que de ninguna manera el periodista debe traicionar es la honradez y el respeto para quien es el depositario de su trabajo.
El periodismo militante es quien ha herido de muerte al periodismo argentino. Periodismo militante oficialista y periodismo militante opositor. Los dos en el mismo nivel. Todo lo que se cuenta viene contaminado y ha obligado a los lectores, oyentes y televidentes, a realizar un esfuerzo mayor para descifrar lo se le presenta. En vez de cultivar la actitud crítica, se condujo a la sociedad que consume los medios de comunicación a ejercitarse en eso de separar la paja del trigo sin conocer, siquiera, cuál es uno y cuál es otro.
Ayer, en un medio opositor al gobierno se escuchó durante varios minutos comentarios deleznables en torno a la noticia del embarazo de la hija de la presidenta, Florencia Kirchner. Como ya no hay hechos o sucesos que no queden por ser defenestrados, los periodistas y locutores de un programa de radio se divirtieron con el nuevo futuro nieto o nieta de la presidenta. Se escucharon comentarios del tono pobre criatura, cómo va a llevar esos apellidos, en referencia a Kirchner y Vaca Narvaja; o por ejemplo: ¿la llamarán Lázara o Lázaro?.
En el periodismo, cada uno debería construir su propia credibilidad. Es un atributo personal, íntimo que se va edificando hora tras hora a lo largo de la carrera activa. El problema es que aquellos militantes del periodismo, de un lado o del otro, o militontos, si se quiere, condujeron a todo el oficio hacia el barranco de las miserias. Causaron un daño que llevará años desandar.
Un maestro de periodistas, el español Miguel Ángel Bastenier, suele afirmar, cuando se debate sobre el oficio: Decir que el periodista se debe a sus lectores no significa preguntarles qué quieren leer. Se puede servir al lector llevándole la contraria; estamos obligados a pensar lo que decimos, pero no a decir lo que pensamos. Eso sería dar ventajas y una sentencia de manual para muchos de nosotros: Carnet de partido y carnet de prensa en la misma persona, son fuertemente contraindicados. Y para el cierre, la genial frase de la joven y talentosa periodista española Ana Pastor: El día que no deje que la verdad me sorprenda monto una mercería...pero desde luego dejando el periodismo...