La convención radical fue una expresión más de la profunda y amplia fragmentación que se apoderó de la Argentina en los últimos años: dos posiciones, dos visiones, dos modos y formas de analizar la realidad y encontrar los cómo entrarle a un hegemonismo político que logró echar raíces gracias a un supuesto discurso progresista en la superficie, fuertemente populista, altamente confrontativo y provocador que ganó hastíos por su prepotencia, sin intentar siquiera aventurarse a los consensos para convencer y persuadir, como debiese suceder en el sistema republicano.
Estos, si se quiere, des-atributos fueron los que calaron hondo en esa mayorías hoy desperdigadas que reclaman un cambio rotundo de lo que está establecido e impuesto, más que exigencias ideológicas. Porque la democracia se consolidó, porque reconquistó derechos, pero también falló en el respeto a la pluralidad y en la diversidad de criterios y de opiniones. Precisamente al proyecto le faltó pluralidad y diversidad, dos pilares del relato y del discurso oficial que, sin embargo, en el debate político real han estado ausentes por mucho tiempo. Como otros conceptos de la República, entre ellos el federalismo con todas sus letras y el respeto a las minorías.
Los radicales, que decidieron por amplia mayoría dejar las cuestiones de doctrina de lado para buscar el poder al lado de Macri y de Carrió, dos férreos exponentes anti K, estuvieron al borde del quiebre en la madrugada del domingo. Porque todavía algunos no aceptan, dentro de ese partido de la oposición, el clave momento en el que se encuentra el país. Sólo han analizado los enigmas de la coyuntura desde la lógica partidaria, y no desde las demandas del país. Son momentos que no todos pueden leer con claridad inmersos en las debilidades de un partido que desde fines de los noventa, cuando llegó al poder junto al Frepaso, no ha cosechado más que desavenencias enfrascado en durísimas polémicas internas, que lo alejaron de lo que pasaba en realidad. Tanto que todos desde afuera visualizaron sus enfermedades que ellos ignoraron y muchos hasta se aprovecharon conduciéndolo al borde de su desaparición.
La coalición opositora, para darle batalla al oficialismo, necesita de arraigo territorial. Lo que no tiene hoy el PRO conducido por el presidenciable con más posibilidades de derrotar a la entente oficialista, Mauricio Macri, según las encuestas, claro está. Estará en manos de Sanz, el sanrafaelino que viene de triunfar en Entre Ríos, sobreponerse al tiempo perdido en su partido y lograr arrebatarle al porteño ese lugar de privilegio en la PASO nacionales del 9 de agosto.
Pero Sanz y quienes lo siguieron en la Convención, logró enderezar y clarificar el frente opositor. Se verá con qué suerte y si en verdad su estrategia ha sido la acertada. Pero está claro que le darán a una importante porción de argentinos una alternativa competitiva, ajena hoy a la cuestión de índole puramente dogmática, una trampa tendida por un oficialismo que además de manejar la agenda a su antojo y de haber aplazado y censurado los espacios de discusión estratégica, también ha sido inteligente al momento de presentarle a todos que lo que está en juego tiene que ver con eso de las izquierdas y las derechas, de la preservación de derechos ganados o no, del acecho persistente sobre las instituciones de las corporaciones económicas, en fin, una serie de discursos para la tribuna de épocas antidiluvianas que, aunque no se crea, todavía se compra.