15 de abril de 2026
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El ex procurador Nicolás Becerra, en la marcha de los fiscales

Becerra supo enfrentarse a dos presidentes que pidieron dictámenes favorables para algunas de sus decisiones y, además, sanciones a fiscales federales, como se lo ordenó el por entonces presidente Carlos Menem.

El silencio de la marcha de ayer que atronó en todo el país, debería marcar un antes y un después de lo que le queda al gobierno de Cristina Fernández. Un punto de inflexión que tendría que hacer reflexionar a la administración de gobierno en el sentido de replantearse un cambio de actitud frente a esa porción del país que hoy, sin cortapisas le reclama vivamente. Una porción del país que, si se quiere, se muestra hoy mayoritaria y con el poder de fuego suficiente como para salir a las calles a manifestarse sin que existan estructuras prebendarias detrás que las impulsen u obliguen a llamar la atención o quizás, a marcarle la cancha a un gobierno que, como a dicho Cristina, no sucederá con ella.

Pero una cosa no cambia la otra. La contundencia de lo que se vio este miércoles en el país es muy poco probable que guíe a la presidenta a liderar ese pedido de claridad, de transparencia y del fin de la impunidad de los hechos viciados y sospechados que surgen desde las instituciones del Estado. Y en esos hechos se inscribe la muerte de un fiscal de la nación que denunció a la presidenta, un poco más de un mes atrás y que activó una de las conmociones más fuertes que haya tenido el pueblo argentino desde 1983 a esta parte.

El Poder Judicial y el hoy desprestigiado Ministerio Público Fiscal, el que lidera la controvertida jurista Alejandra Gils Carbó, también deben tomar nota de lo que sucedió ayer, con un pueblo que salió a las calles inducido y lanzado por la tragedia en la que se transformó la muerte de un hombre de la Justicia, el fiscal Alberto Nisman. Y la señal hacia esos dos poderes ha sido clara, porque entre otras cosas se escuchó fuerte, en esas marchas del silencio de todo el país, que los jueces y fiscales deben dejar de especular y de jugar a las escondidas con el deber que les impone, a ambos poderes, la propia Constitución.

Ayer, los fiscales convocantes de la movilización, contaron entre sus filas, en Buenos Aires, a una figura que, por lo que representó en su momento, de ninguna manera debe ser soslayada. En una discreta cuarta línea de quienes marchaban al frente, se visualizó al mendocino Nicolás Becerra. Becerra, quien fuera procurador general de la nación entre 1997 y el 2004, había adelantado el último fin de semana a un grupo de sus más cercanos amigos y conocidos, que marcharía junto a los fiscales. Y así lo hizo.

Becerra, que como jefe de los fiscales tuvo altibajos, controversias, muchas críticas y claroscuros, también supo enfrentarse a dos presidentes que pidieron dictámenes favorables para algunas de sus decisiones y, además, sanciones a fiscales federales, como se lo ordenó el por entonces presidente Carlos Menem, por investigar y denunciar a sus ministros en fuertes causas de corrupción, como fue el caso de la venta de armas ilegales a Croacia y Perú, en pleno menemato.

En 1998, en medio de la causa por la escandalosa venta de armas a Croacia y Perú, cuando Perú se encontraba en litigio con Ecuador, y Argentina resultaba ser la garante de un plan de paz entre los dos países, el fiscal Carlos Stornelli denunció a medio gabinete provocando la inmediata reacción de un presidente acosado por la corrupción desde varios frentes. Menem le pidió a Becerra que frenara la denuncia del fiscal y que lo apartara del caso. El pedido se entendió más como una orden que otra cosa, contraviniendo las normas que le dan al procurador independencia del Poder Ejecutivo. Becerra resistió el embate y en una resolución corta y concreta, se desestimó el reclamo del presidente: “Señalo enfáticamente que garantizaré al fiscal Stornelli la continuidad en el pleno y eficiente cumplimiento de las tareas propias de su investidura”, escribió el mendocino Becerra bancando la parada de uno de sus fiscales.

Becerra supo ganarse el reconocimiento de buena parte de los fiscales y ayer lo contaron en apoyo a su marcha. Maximiliano Rusconi, que fue coordinador de la Unidad Fiscal para la investigación de Delitos Tributarios y Contrabando, cuando le pidieron desde un medio especializado en temas de la justicia su opinión por el rol de los procuradores desde que esa figura fuera creada por la Constitución de 1994, dijo que su papel resultó “trascendente” y agregó: “Fue la primera vez que que un Ministerio Público se comprometió con la sociedad civil organizada, se trató –agregó Rusconi de Becerra– del procurador que abrió el sistema judicial en épocas normativamente cerradas para los juicios de la verdad y se impulsó una nueva forma de entender el rol del ministerio”, en materia de descentralización territorial y federalismo. También tuvo detractores. Desde la Asociación por los Derechos Civiles, su director ejecutivo dijo de Becerra que “no tuvo ningún tipo de protagonismo institucional a pesar de su autonomía funcional y financiera”.

Becerra, como procurador, también tuvo dictámenes fuertes y de tremenda importancia, como cuando se pronunció por la invalidez de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, por la imprescriptibilidad de los delitos considerados hoy de lesa humanidad como el robo de bebés de desaparecidos y a favor de los ahorristas afectados por el corralito.

El mendocino, al frente de la procuración, fue quien nombró a Nisman en el equipo de especialistas que debían investigar la voladura de la Amia, a fines de los 90. Y cuando Kirchner llegó al poder, en el 2003, asegura que fue él quien se presentó al presidente para poner en sus manos la renuncia.

Cuando su salida de la procuración era un hecho consumado, Becerra visitó a Kirchner en la Casa Rosada. En un encuentro a solas, antes de su salida en febrero del 2004, Becerra le regaló a Kirchner el libro “La silla del águila”, del mexicano Carlos Fuentes.

La anécdota da cuenta que ese libro había sido un regalo del ex presidente español Felipe González a Becerra y que, como particularidad, varios párrafos de la trascedente novela política del mexicano, estaban subrayadas de puño y letra por González. Kirchner le agradeció el gesto a quien dejaría de ser el procurador y al momento de despedir a su visita, ya tenía en mente la convocatoria del jurista Esteban Righi para ocupar su lugar, quien asumiría en el 2004 y se iría renunciando en el 2012. La procuración, tras la salida de Righi, nunca más sería la misma. La historia es conocida. Cristina impulsaría al archi cuestionado Reposo para ese cargo quien no llegó, siquiera, a pasar el filtro del Senado. Hoy, el Ministerio Público Fiscal, está conducido por Gils Carbó, con más sombras que claridad.


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