15 de abril de 2026
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editorial del día

Por qué se marcha hoy

Hace exactamente un mes que el país vive en un estado de conmoción como hacía mucho que no se percibía. Un estado de conmoción que se funde, para empeorar aún más la situación, en incertidumbre, angustia, sospechas, desesperanza y, por sobre todo, envuelto en la sensación de una falta de credibilidad casi absoluta en lo que el Estado, por medio de las instituciones que le dan sustento, pueda aportar para salir de particular momento.

La más que dudosa muerte del fiscal Alberto Nisman, hecho que sucedió 30 días atrás, no ha dejado de ser la prioridad para una sociedad harta de las manipulaciones políticas de la que ha sido víctima.

Desde que el modelo de gobierno tan particular que el kirchnerismo logró hacer cuajar en el país comenzó a dar señales claras e indicios más que contundentes de agotamiento en todo sentido; y no sólo en el económico que suele ser, casi siempre, la primera causa de fastidio social que experimenta la Argentina cuando las cosas no van o no salen como se espera y cuando, muy especialmente, se tiene la certeza de que todo lo que se hace desde el Estado, cuando menos equivoca el rumbo y peor aún cuando los yerros dan paso a la testarudez, el empecinamiento y la prepotencia oficial apoyada en mandatos populares legítimos de un tiempo a esta parte, pero ajena, por sobre todo, a una realidad que avanza como un tsunami sobre lo impuesto desde la administración de Cristina Kirchner.

Hoy, buena parte del país vuelve a las calles, en silencio, exigiendo que se escuche lo que ocurre, pero que cínicamente no parece ser visto por aquellos a quienes está dirigido el sentido del mensaje de la movilización que surge por un pedido de justicia, por el esclarecimiento de una muerte de alto impacto y quizás, por lo más importante, por el respeto institucional hacia aquellos que hace ya tiempo no piensan igual, no sienten igual y no están mirando lo que una casta de la administración oficial piensa, siente y mira frente al desarrollo de los acontecimientos.

La división entre argentinos que creó el estilo de gobierno de los Kirchner, lamentablemente ha conducido a muchos, apoyados en declaraciones disparatadas y hasta patéticas de algunos funcionarios, a que la marcha del silencio de hoy es la evidencia de un golpe de Estado en ciernes.

Se vuelve a hablar de desestabilización, de destituyentes miembros de un poder judicial que comenzaron a sacar a la superficie, con mayor énfasis, un sistema oculto que avanzaba hacia la sojuzgación de un poder republicano por parte del Ejecutivo. De un Ejecutivo que filosófica e ideológicamente avanzó con la intención de eliminar y exterminar las voces disidentes al proyecto.

Es decir que no sólo muchos argentinos marchan hoy por el esclarecimiento de la muerte del fiscal que denunció a la presidenta de la nación y algunos de sus ministros y amanuenses; también lo hacen porque pretenden que se cumpla con las leyes que rigen el sistema democrático que le debiera dar garantías a todos aquellos que dudan que las respuestas institucionales serán, como debiesen, contundentes, seguras y confiables.

Pero cuando desde el Gobierno que, hay que decirlo, tiene todo el derecho a defender el buen nombre y honor de sus principales espadas y figuras, sólo se insiste en descalificar, amedrentar y hasta atemorizar a quienes los denuncian y cuestionan, el mensaje es unívoco: se usará todo el peso de la administración del Estado en su propio beneficio y no respetando, por supuesto, el sentido republicano de la organización institucional del país.

La salida de las personas comunes y silvestres a las calles de las principales ciudades del país, en silencio, pese a la provocación oficial, es una prueba más del hastío, del miedo y la preocupación general que existe en cada rincón del país. Pero también debe entenderse como hastío de la prepotencia, miedo a que algunos trasnochados puedan acudir a golpes auto infligidos para mostrarse como víctimas desde el poder y preocupación porque la locura de quienes no reconocen el particular momento en que se vive, reaccionen de la peor manera y de forma irresponsable.


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