El ministro y precandidato a gobernador es genéticamente un no-político, pero sabe que eso no es desventaja fuera de un partido.
Yemel Fil
La despolitización de la democracia parece una contradicción, pero el descrédito de los hombres que han cursado sin solvencia por los cargos públicos decepcionando la fides depositada en ellos a través del voto, ha dado como resultado la aparición de los no políticos en lares pública.
Es que hay una sospecha expresada casi en forma aritmética: a mayor militancia menos independencia. Y eso estimula a una parte de la sociedad a favor del hallazgo de seres extraños a los partidos para encargarles la administración del Estado.
Hay allí un doble efecto. El surgimiento de personajes más propios de la vida común y el castigo a esa elite que ha sabido ostentar el poder con el mismo desparpajo con el que suele acomodarse sucesivamente en diferentes puestos gubernativos aun cuando reiteradamente han fracasado en sus diversas gestiones.
La reacción de los dirigentes conspicuos que han sabido hacer carrera en la política vernácula, obviamente, es el atrincheramiento y el desdén hacia el sorpresivo fantasma. Así, hasta los enemigos más férreos forman filas para atacar al agente exógeno que amenaza con conquistar el espacio que suelen repartirse en todos los comicios los mismos de siempre.
Pasó con Cleto Cobos, cuando Roberto Iglesias lo descubrió como golden boy caristmático de perfil no partidista. Tuvo la ventaja del que se vayan todos que surgía en la Plaza de Mayo y repicaba en cada cacerolazo nacional en tiempos de la Alianza.
Hoy el grito es parecido incluso en las marchas de silencio, cuando la percepción de un fin de ciclo estimula a la búsqueda de alternativas.
Pero al electorado podría describírselo como en una de las arias de Rigoletto: voluble como pluma al viento. Lo que no es culpa del elector sino de los que lo decepcionan permanentemente.
Sin embargo, hay quienes saben conquistarlo incluso en épocas de descontento. A ellos, los partidos políticos les temen, sí, pero generalmente, los aprovechan.
Un poco esto es lo que pasa con Matías Roby. Genéticamente un no-político. Tanto que ya no sólo blandieron en su contra ese arma de doble filo que es el asunto de la falta de militancia, sino también su pertenencia filiatoria.
Roby sabe que ello no es desventaja fuera de un partido; nunca fue de interés del ama de casa típica andar escudriñando acerca de los pensamientos y acciones políticas de los buenos candidatos a yerno.
Es viral en nuestra red electoral argentina últimamente, la percepción de que quienes menos pasado tienen en política más interesantes son.
Si hasta fueron más creíbles en su momento, y de allí sus sorpresivas victorias, personajes como el empresario Francisco De Narváez, el cómico Miguel Del Sel y tantos otros.
Lo que no resulta fácil de hallar es ese tipo común que mezcla solvencia técnica y convicciones. El péndulo en el que se mueven partidos como el Justicialismo, que trata de explicarlo en que son un Movimiento o la precariedad de sus uniones en la UCR, que adora tanto los pactos de gobernabilidad como el ejercicio de las internas, aumenta la sed cívica por hombres más preparados, firmes y predecibles.
Pero hay algo que es aún más tentador para los que promueven a Roby, y es que lo ven decidido. Celso Jaque vio la dubitación de César Biffi por haber sido arrastrado a la Concertación y, por el contrario, el malargüino estaba convencido de su objetivo a tal punto que lo transmitía. Así llegó a Gobernador.
En la interna peronista hoy pasa algo similar. A los demás, incluso a los que miden más puntos porcentuales de respaldo, buena imagen (o como quieran llamarle) que Roby, este les enrostra una fuerza de scrum político que no saben cómo contrarrestar al punto que los inmoviliza y, quizá, atemoriza.
No quieren enfrentarlo en las Paso, es notable, y hasta lo han confesado. Tal vez porque no saben si podrán cauterizar luego las heridas de este tipo de test match. Pero seguramente, entre otras razones, porque el médico parece imparable, como esos boxeadores que caen y se levantan tantas veces como sea necesario hasta cansar al que hace el desgaste.
Roby no cree que Paco lo entregue, y si lo hizo o lo hiciera, habrá que ver hasta qué punto es posible ver a su funcionario aceptando la transacción. Porque el ministro intuye que en el fondo, Pérez debe ser honrado por el amigo que lo conoce desde el Liceo. Y eso marcaría que Paco jamás pensó en llevarlo al gabinete sólo para gestionar un rato un área propia de su profesión.
No se trata sólo de la subsistencia del paquismo. Hay en el derrotero que transite Roby una serie de convicciones no confesas, tales como que a veces los dirigentes de partidos opuestos que nunca pueden ser aliados, se pueden repartir la torta y hasta acordar los tiempos de cada uno en el poder.
El ministro de Salud está en contra de tranzar. Baste pensar que ni siquiera acuerda bajarse a cambio del primer puesto a Diputado para el Paco. Ser uno de siete hermanos parece haberlo entrenado a Roby a que cada cual tiene atender su juego, por más afecto que los una.
Así como no le debe nada al Justicialismo, mucho menos al kirchnerismo, y esa también es una ventaja en época de declive del modelo, da la sensación de ser un personaje típico más bien del sector independiente que puede despotricar contra partidos y dirigentes sin tapujos. Y si a nada teme, puede aparecer con cualquier camiseta.
No está entre los pibes para la liberación, no figura en ninguna de las listas coloridas del justicialismo y es un profesional (su mejor tarjeta personal) que sigue trabajando y viviendo de lo que estudió.
Al sector peronista harto del estilo K, al independiente, al tipo común, Roby le muestra crudamente su bravo perfil que le permite no caer en la trampa del partidismo, su sólida preparación que lo aleja de los que viven de La Política y su corriente lenguaje que no sabe de posturas falsas.
En eso está, dispuesto a quedarse sin temor a tener que irse. Es un auténtico outsider de la política mendocina. En democracia hoy eso ya no es desventaja.