En algún momento, y casi siempre esto ocurre más temprano de lo que los políticos quisieran, la política vuelve a hacerse presente en nuestras vidas, trayéndonos problemas como la inflación, la inseguridad, el desmejoramiento educativo y cosas por el estilo. Es decir, empezamos a advertir síntomas de enfermedades, que sólo se curan con política.
Este año tendremos un nutrido calendario que nos llevará a las urnas pronto. El 22 de febrero veremos cómo los sancarlinos y los habitantes de la Capital de nuestra provincia tendrán sus primarias abiertas y luego, el 15 de mayo volverán a las urnas para renovar sus autoridades municipales. Luego iremos el resto de los mendocinos, en abril y en junio a encontrar nuestros nuevos intendentes, concejales, legisladores provinciales y gobernador. Y después, en agosto y en octubre, todos los argentinos acudiremos nuevamente a elegir diputados, senadores y presidente.
Coincidentemente, dos días antes de que comience este proceso, se estrenará en Estados Unidos "Relatos Salvajes", la película de Damián Szifron, que se ha convertido rápidamente en la película más taquillera de la historia del cine argentino al menos desde que existen registros confiables en la industria (1997) alcanzando los 3,5 millones de espectadores sólo en Argentina. La película se inspira en la serie televisiva "Cuentos asombrosos", creada y producida por Steven Spielberg.
En su línea argumental, la película encadena seis historias en las que la violencia, la injusticia, la desigualdad, la venganza y la mentira se muestran de manera realista y hasta con rasgos de cierta crueldad y por supuesto, exageradamente. Es que no es otra cosa más que una penosa caricatura de lo que hoy somos como sociedad.
Las anécdotas que involucran estos seis párrafos cinematográficos seducen con un poder casi irresistible al público argentino, porque es imposible no identificarse al menos con una de las anécdotas contadas. Todos hemos pasado alguna vez por situaciones parecidas, aunque desde luego, ninguno de nosotros ha reaccionado con la desproporción que se plantea en el guión.
Pero es una metáfora muy ajustada de nuestra realidad. Esa actualidad que tanto nos molesta y que a veces nos hace reflexionar y concluir que necesitamos cambiarla, de manera imperiosa.
La pregunta que queda sin respuesta es quién y de qué modo podrá hacerla cambiar.
Buena parte de las innobles actitudes que se ejercen en la película, cualquiera de nosotros las adjudicaría, de manera genérica a la política, pero la película, y quizás allí radica la contundencia de su mensaje, no muestra a ningún político protagonizando esas situaciones. Todos los personajes son anónimos, hombres y mujeres comunes. Unos más ordinarios que otros o mejor acomodados en la escala social, pero igualmente desconocidos e indeterminados por la fantasía del relato. Fantasía que, como siempre ocurre, es muchas veces superada por la realidad.
Apenas, en el segmento protagonizado por Ricardo Darín, aparece la política muy tangencialmente y expresada como una burocracia insensible y aparatosa que le hace vivir una verdadera pesadilla al ingeniero en explosivos que encarna el gran actor.
La película muestra una sociedad enferma, que necesita remedios. Grandes remedios, para corregir males profundamente enraizados. Como ya dijimos, suena como una advertencia. Esas terribles situaciones que se ven en el relato, se volverán peores si no hacemos algo al respecto.
Está claro que desde lo individual, ninguno de nosotros por sí solo podrá torcer determinantemente el rumbo de las cosas y volver está realidad, con ribetes de fantasía que hoy vivimos, a aquella que en otras épocas se mostraba más normal, sin tanto desborde y locura en la anchura más horizontal del tejido social.
A quien se atreva a conjeturar al respecto, sin dudas lo asaltará una sensación perturbadora, porque advertirá fácilmente, que una de las pocas herramientas idóneas para conseguir ese cambio, sino la única, es la política.
Pero, ¿cómo podremos hacerlo, si la inmensa mayoría de nuestra sociedad ve con desagrado a la política y a la vez se advierten estos niveles de degradación social tan preocupantes?
Es un dilema de una dimensión sobrecogedora, pero a la vez apasionante, porque afecta facetas tan profundas de nuestro desarrollo comunitario, que obliga a estar muy atentos a los detalles.
Nuestros políticos hoy advierten claramente que la sociedad está esperando respuestas claras y contundentes para estos males que la aquejan y quien sea capaz de ofrecerlas, arrasará en las urnas, o por lo menos, correrá con ventaja.
Al mismo tiempo, se sabe también que esas respuestas no llegarán de la mano de discursos vacíos y entelequias indescifrables escondidas en discursos grandilocuentes, sino que vendrán envueltas en un lenguaje simple, que muestre coherencia con las acciones de quien enuncia esos mensajes y sobre todo que se manifiesten con simpleza, contundencia en la expresión, firmeza en el carácter y si es posible, algún resultado empírico que ayude a creer.
Por eso, quienes pueden exhibir gestiones que tengan estas virtudes de las que hablamos, corren con ventaja, pero también aquellos que proponen alternativas deseables, si pueden expresarlas con un lenguaje claro y creíble, pueden aspirar a algo.
A pesar de esa sensación que nos hace creer que estamos frente a un problema que no tiene solución, también todos sabemos que tenemos algo que hacer en este proceso largo y complejo de conseguir los remedios que necesitamos para curar las enfermedades que aquejan a nuestra sociedad. La historia nos ha mostrado ya lo suficiente como para entender que la política no es el único remedio, pero sin dudas, es el mejor.
Quizás nos falte entender que la política la hacemos todos, no solamente los candidatos o los partidos.
El éxito de la película de Szifrón no está en la exageración de sus rasgos, sino en el viso de veracidad que tienen cada uno de esos seis relatos. No hay políticos en los roles protagónicos de los personajes, sólo hombres y mujeres comunes.
Ciudadanos
No hay a quién echarle la culpa de los despropósitos que ocurren en esos relatos. Sus protagonistas son los responsables de sus propias desventuras. Hay allí un maravilloso mensaje para nosotros, en este año tan político.
Si nos volvemos protagonistas y responsables de nuestras propias vidas y actuamos cumpliendo un viejo slogan que tenía la Cámara de Comercio que decía Cada uno en lo suyo, defendiendo lo nuestro, quizás empecemos a ver las cosas de otra manera y enfocados en mejorar el proceso, consigamos resultados diferentes.