El papa Francisco lo hizo. Él, y su fe y convencimiento absoluto, junto a la excelsa tarea de su canciller Pietro Parolin, lograron romper con un ostracismo casi tan oscuro como el de toda la Guerra Fría entre yanquis y marxistas, entre Estados Unidos y la Cuba de los hermanos Castro, alcanzando un acuerdo que más que histórico, que en verdad lo es en toda su dimensión, tendrá alcances inimaginables en la historia futura de la geopolítica mundial a partir de ahora.
Barack Obama y Raúl Castro, con pocos minutos de diferencia ayer por la tarde, uno en los Estados Unidos y otro en la isla caribeña, sorprendieron al anunciar al mundo que después de más de medio siglo ambas naciones alcanzaban un acuerdo para restablecer las relaciones diplomáticas entre ambas luego del triunfo de la Revolución Cubana de fines de los años 50.
El pacto se comenzó a cumplir cuando Cuba anunció la liberación de un contratista norteamericano Alan Gross y que Estados Unidos hiciera lo propio con tres espías cubanos que habían sido detenidos en 1998.
Obama, Castro y por supuesto el Vaticano, bajo la conducción del papa argentino, supieron mantener en el secreto más absoluto las negociaciones que terminaron en el principio de acuerdo anunciado el miércoles. Pero en verdad, todo se hizo bajo la garantía de Bergoglio, quien tras aquella reunión de más de una hora que mantuvo con el mandatario norteamericano, en el Vaticano en marzo pasado, trabajó ardorosamente para que su mediación garantizara el histórico acuerdo.
El papa Francisco, el argentino más importante de toda la historia del país, ratificó la garantía de confianza que han depositado en él los principales líderes y las naciones más influyentes del mundo y se ha transformado en el político no sólo más poderoso, sino además transparente de la humanidad del momento cimentado todo en su personalidad humilde y sin otra especulación que la de lograr la paz entre los pueblos de todas las culturas y creencias religiosas, su máxima aspiración del papado que asumió un poco más de un año atrás.
Pero el papa no sólo ha tenido que ver en el acercamiento entre las dos naciones antagónicas por tantos años. El anunciado cierre de Guantánamo y hasta la reforma migratoria en los Estados Unidos que lleva adelante el presidente Obama, han sido asuntos en los que ha intervenido Bergoglio por pedido de la nación norteamericana, en el conflicto entre judíos y palestinos, en Siria y hasta en aquella reunión que encabezó Putin, el presidente ruso, con los principales líderes mundiales en la que para la ocasión el papa enviara una carta al mandatario anfitrión advirtiendo sobre la necesidad de acercar posiciones en las relaciones internacionales.
Todos han necesitado del papa. Obama, tras su última derrota electoral acudió a él para fortalecer su posición que venía muy debilitada y los hermanos Castro, que aceptaron someterse a una mediación pensando que sería la única manera de que se elimine el embargo y bloqueo comercial que se impuso sobre la isla por más de medio siglo.
En el día de su cumpleaños 78, el papa argentino no sólo ha sido reconocido en el mundo entero por su estilo de conducción, por su apertura amplia y sin especulaciones con intenciones de intervenir en todos los conflictos mundiales que vienen como herencia de un siglo XX estruendoso en todo sentido, sino porque además es dueño de un estilo tan particular que ha maravillado y seducido de manera absoluta.