Lástima, por Argentina, ver cómo se descascara y se autodestruye la oposición al kirchnerismo en la Argentina. La bomba atómica que lanzó Lilita Carrió al corazón del Frente Amplio Unen, ha dinamitado las esperanzas de millones de argentinos que quieren otra cosa a lo que está establecido, al estilo y también a muchas de las medidas instauradas desde siete años atrás. Y de aquellos conscientes, razonables y responsables argentinos que aún comulgando en gran parte con los preceptos del oficialismo que gobierna la Argentina desde el 2003, y la provincia desde el 2007, quieren, pretenden y exigen que exista una contraparte que mejore las propuestas, las formas y los modos del modelo que apoyan.
Carrió no sólo se fue del frente que nació un poco más de medio año atrás. Sacó a relucir buena parte de la intolerancia que inunda la política argentina, la que abunda y florece por todos los poros. Porque no se puede triturar a integrantes de la fuerza a la que se pertenece cuando pocos meses atrás se los elegía para diagramar un proyecto político común que pretende ser serio.
Carrió no dejó títere sin cabeza y sus dichos y su accionar se transformó rápidamente en el elixir que inesperadamente le cayó de arriba a un oficialismo que hace agua por todos lados. Y esa es la tragedia argentina. Porque la decrepitud de la oposición que no controla las veleidades de sus capitostes empuja hacia el abismo a quienes quieren creer en las bondades de un sistema democrático republicano que si bien no da garantías absolutas, es el único sistema probado por donde deben circular los debates de ideas sobre el presente y el futuro del país.
Carrió pretendía que sus ahora ex socios del frente se aliaran con Macri para derrotar al oficialismo. Eso, que para algunos de los integrantes del frente como ciertos radicales, el socialismo y la conjunción de partidos de izquierda minoritarios que le daban sustento era y es traicionar los principios fundacionales de la propuesta política, hoy se demuestra que esa misma coalición de voluntades hasta ayer estaba inundada de contradicciones a la luz de los dichos de Carrió.
Carrió trató a Massa de narcotraficante, a Cobos de traidor y de estar manchado con el dinero del tráfico de efedrina que supuestamente financió la campaña electoral del 2007 de Cristina y Cobos con vos, a Pino Solanas de no ser nada y de no tener un solo voto, al radical Nito Artaza de ser funcional a De Vido, a Binner de hacerse el mosquita muerta con el narcotráfico en Santa Fe y a los diputados radicales de Buenos Aires de recibir dinero de Scioli, el candidato del oficialismo para el 2015.
No hay vuelta atrás ante tales dichos. No hay ninguna posibilidad de construir sobre la base de la difamación constante. Así como Carrió quizás haya tenido razón en describir lo que vio como irregular tras la decisión del frente de no buscar alianzas ni con Macri ni con Massa, los efectos de sus denuncias han servido para fortalecer a un oficialismo que ha hecho mucho como para caer derrotado en las elecciones por haber subestimado al pueblo argentino y por creer que el poder que se le delegó a fuerza de votos le ha significado hacer y deshacer a su antojo.
Esa es la tragedia argentina. La imposibilidad constante de no encontrar vías de escape que no sean la de la explosión demoledora, cuando lo que marca e indica el sentido común es ir buscando las alternativas que corrijan todo lo malo que se viene haciendo, pero con la sensación de crecer y de avanzar y no la de retroceder a cero en todo.
Si hay algo positivo que se pueda rescatar del portazo de Lilita a un frente que ha significado una esperanza para millones de argentinos, es la distancia de tiempo que existe hasta las elecciones, casi un año. Un tiempo suficiente para que las alternativas puedan recuperarse sobre la base de la confianza, la transparencia, la honestidad y la responsabilidad.