El radicalismo se ve ante la oportunidad histórica de volver a gobernar el país a partir del 2015. En la misma situación se encuentra el peronismo no kirchnerista, ya sea con Daniel Scioli, con el tigrense Sergio Massa aunque pocos lo crean y hasta con el cordobés José Manuel de la Sota. El kirchnerismo puro, en tanto, conocedor de lo que traman sus opositores internos dentro de ese movimiento tan pragmático y heterogéneo, se prepara para resistir con Cristina a la cabeza, fidelizando al máximo sus adherentes y marcando con una línea cada vez más gruesa entre los que están adentro y los que están afuera; una estrategia electoral que ha sido un calco de su forma de gobernar al país, especialmente luego de la muerte de Néstor Kirchner, en octubre del 2010.
Quien se ve en la obligación de dar más explicaciones de lo que trama de cara al clave 2015 es, sin dudas, el radicalismo. Por su naturaleza culposa y porque dar un paso firme hacia el gobierno para suceder a Cristina supone que deberá buscar aliados para acceder y por eso es que algunos de sus líderes ya están preparando el terreno hablando de un gobierno de coalición para ordenar y tranquilizar al país para fines del año próximo.
Nunca como ahora, o quizás nunca tanto como ahora, la cúpula radical se ha vuelto entreverada en la molesta encrucijada de hacer de tripas corazón y buscar un soporte anti k que hoy se encuentra en las antípodas ideológicas que la tradición radical siempre resistió.
Esa alternativa no es otra que Mauricio Macri, el líder del Pro y en segundo lugar el kirchnerista desencantado Massa. La vocación de poder ha golpeado a las puertas del partido de Alem, Yrigoyen y Alfonsín y le ha llegado acompañada del costo que deberá pagar. El punto es saber y conocer de antemano si ese costo podrá sortearlo sin mayores complicaciones o si bien los terminará haciendo sucumbir siguiendo la lógica radical de que se quiebre, pero que no se doble.
A poco menos de un año de las primarias de agosto del 2015, los radicales observan que el espacio en el que se sienten cómodos, el Faunen, no sólo no crece ni se consolida todavía, sino que temen que termine hundiéndolos ante la oportunidad que ven muy cerca de volver al poder. Por eso es que ha surgido una profunda discusión en su seno entre aquellos que avalan más fotos como las que se sacó el jujeño Gerardo Morales junto a Massa lanzando una señal clara de que buscará de todas las formas posibles derrotar al feudalismo con el que, dice y denuncia, se ha venido gobernando su provincia. El mendocino Ernesto Sanz lo avala, porque entiende que el radicalismo tiene candidatos potables en casi una decena de provincias a tiro de ganar las elecciones en esos territorios. Sanz prefiere armar desde el territorio, desde abajo hacia arriba, garantizando el mayor poder provincial para lograr una fuerza poderosa opositora mirando con más gusto, que disgusto o resignación, una alternativa de gobierno para el 2019.
Alfredo Cornejo, en Mendoza, no ha ido tan lejos como Morales en Jujuy. Pero no debería extrañar que ante una posible implosión en el frente Unen dejándolo fuera de cualquier chance para gobernar el país en el 2015, corra tras un pacto con Macri para ampliar sus chances en la provincia. Cornejo hoy jura y perjura que un armado con el jefe del gobierno porteño son alocadas especulaciones periodísticas. Pero bien sabe, en la intimidad, que no dudaría avanzar en ese sentido si viera un resquicio por donde se le pudiese escapar la chance que cree tener tan cerca de sus manos.
Ahí andan los radicales, entonces, debatiéndose entre aquellos que dicen que es hora de destronar al kirchnerismo cueste lo que cueste, sin dar demasiadas explicaciones porque entienden que una mayoría abrumadora podría tolerar verlos con Massa o con Macri para cumplir ese objetivo.
Están aquellos, entonces, que dicen que deben prepararse para el 2019 porque ven un gobierno de transición tras la salida de Cristina y para ello sostienen que el poder debe construirse desde las intendencias y las gobernaciones especialmente; y por último los que se ven afuera de estos armados y sacan a relucir eso de que se quiebre, pero que no se doble.
Todos, sin embargo pese a las diferentes estrategias que defienden en la convulsionada discusión interna que se ha desatado, comparten una misma inquietud que se ha transformado en queja: la permanente obligación a dar explicaciones al momento de buscar aliados ante una sociedad que no les tolera ese tipo de alquimias por el simple hecho de ser radicales, mientras la misma sociedad puede deglutir sin mayores complicaciones que cuando eligió al peronismo para gobernar no les exigió a sus líderes alguna coherencia ideológica.
O será, en definitiva, que la coherencia de la que hace gala el peronismo y con la que suele florearse de tanto en tanto descansa en esos brazos tan amplios, tan amplios, que posee, como para abrazar a progresistas, liberales, conservadores, a la derecha y a la izquierda, a golpistas, totalitarios, populistas y autoritarios sin siquiera que se les sonroje la cara.
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